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El desafío de erradicar la violencia

Esteban Feliz/AP
VICTORIA. Alvaro Colom gana las elecciones el domingo 4, en segunda vuelta. Su primer llamado fue a la reconciliación nacional.
El nuevo gobierno de Guatemala enfrenta duras tareas: sanear el sistema político y frenar al crimen

El Tiempo Latino
Redacción

El mapa político de Latinoamérica sigue ganando fichas del lado izquierdo.

La victoria del socialdemócrata Alvaro Colom en las elecciones presidenciales que se realizaron este domingo 4 en Guatemala no sólo supone un éxito más para la izquierda en la región sino un triunfo inédito en un país que tradicionalmente fue gobernado por la derecha.

Pero, sobre todo, un no rotundo de los guatemaltecos —a los que el clima de terror que se generó en la campaña no les quitó las ganas de ir a votar— a modelos políticos que generaron violencia en vez de erradicarla.

Candidato por tercera vez consecutiva, en esta ocasión al frente de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), este ingeniero industrial de 56 años será el primer gobernante de izquierda, y el séptimo desde que Guatemala recuperó la democracia en 1985 tras una sucesión de dictaduras militares que se inició en 1954.

Los guatemaltecos optaron por Colom y su propuesta política de desarrollo social para frenar la violencia y la pobreza, frente a la “mano dura” que ofrecía su rival, el ex general derechista Otto Pérez Molina, a quien todos los pronósticos auguraban una victoria.

Guatemala se ha unido así a los países latinoamericanos que durante los últimos años han optado por gobernantes identificados en diferente grado con la izquierda, y de los que únicamente se exceptúan México, Honduras, El Salvador, Colombia y Paraguay.

Los mismos ídolos de Colom definen su tendencia y sus afinidades: se ha declarado admirador de Ignacio “Lula” Da Silva, presidente de Brasil; José Luis Rodríguez Zapatero, jefe del Gobierno de España; y de Michelle Bachelet, presidenta de Chile.

La incógnita que se abre ahora es hasta qué punto y en qué dirección está dispuesto el próximo mandatario guatemalteco a ejercer lo que anuncia su cartel político y qué alianzas o amistades regionales va a forjar.

Los primeros gobernantes que lo felicitaron, según dijo el propio Colom, fueron los de Nicaragua, Daniel Ortega, y de Panamá, Martín Torrijos, representantes, precisamente, de dos maneras muy diferentes de gobernar desde la izquierda en Latinoamérica.

Pero antes de mirar para afuera, Colom deberá tener una profunda mirada interna. Le espera un país en el que, en promedio, se cometen 17 asesinatos por día con casi absoluta impunidad —son muy pocas las causas que se resuelven—, y en donde el narcotráfico se ha infiltrado hasta dominar diferentes ámbitos de la administración pública.

Durante la campaña se contabilizaron más de 100 acciones violentas, entre amenazas, intimidaciones y 25 asesinatos de dirigentes políticos y activistas.

Desde el 23 de octubre, se efectuaron 1.300 denuncias en materia de Derechos Humanos, “con quejas contra distintos actos de intimidación y limitantes a los derechos de información y expresión. Los señalamientos fueron contra distintas organizaciones políticas, aunque mayoritariamente contra el partido de gobierno”.

También Colom deberá enfrentar una realidad social crítica: el 50 por ciento de la población vive en condiciones de pobreza y, de ese número, el 15 por ciento sobrevive en la extrema pobreza.

Esos índices se nutren principalmente de la población indígena, que constituye el 42 por ciento de los 13,3 millones de guatemaltecos, con la que Colom ha contraído una deuda.

Esta comunidad lo apoyó, quitándole votos a su líder natural, la premio Nobel de la Paz y también indígena, Rigoberta Menchu, quien apenas alcanzó un poco más del 3 por ciento en la primera vuelta de este proceso electoral.

Colom ha ganado, según los datos ofrecidos por el Tribunal Supremo Electoral (TSE), gracias a la votación que obtuvo fuera de la capital, donde venció Pérez Molina y donde se concentra la población llamada en Guatemala “ladina”, por no ser indígena.

El triunfo del socialdemócrata significó, por otra parte, un fracaso de las encuestas, que casi unánimemente pronosticaron una victoria de su rival.

El ahora presidente electo había ganado las elecciones del pasado 9 de septiembre, en las que, además de presidente y vicepresidente, entre 14 candidaturas, se elegía a los miembros del Parlamento y a todos los alcaldes del país. No alcanzó para llegar a ser electo.

Pero su victoria en la segunda ronda fue arrasadora: 1,3 millones de votos. Con un Parlamento poderoso, pero sin mayoría, su primer llamado fue a la reconciliación nacional.



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