Opinion
El nuevo año y el tecnoestrés Muy personal
Por Jorge Ramos
Cada fin y principio de año me prometo lo mismo: bajarle al estrés, vivir más tranquilo, darme más tiempo. Pero hasta el momento no lo he logrado. Es decir, vivo tecnoestresado.
No es un diagnóstico médico, pero si tienes que llevar tu teléfono celular a todos lados o lo dejas prendido en la mesita de noche, sufres de tecnoestrés, como yo. Si durante los fines de semana revisas los correos electrónicos de tu oficina, eres un tecnoestresado. Si marcas el número 9 antes de hacer una llamada telefónica y luego te das cuenta de que estás en tu casa, no en la oficina, padeces de tecnoestrés. Si traes el teléfono pegado a la oreja, como una especie de extraterrestre, no te puedes sacudir el estrés causado por los últimos inventos.
Hay más señales. Si estás de vacaciones y quieres revisar tus mensajes de la oficina, eres el prototipo del tecnoestresado. Si no puedes calcular el 15 por ciento de propina en el restaurante sin tu Palm Pilot estás tecnoestresado. Si caminas enviando y recibiendo e-mails en tu i-phone, eres la imagen perfecta de un tecnoestresado. Y si lo primero que haces cuando aterrizas de un vuelo es prender tu teléfono celular, incluso antes de que abran la puerta del avión, no tienes remedio: estás hundido en el tecnoestrés.
Se suponía que la tecnología nos iba a hacer más libres. Pero nos ha vuelto esclavos.
Durante años fui muy feliz sin teléfono celular, fax, bíper (o localizador), Internet, computadora y contestadora de mensajes. Si alguien me quería encontrar, tenía que llamarme durante el día al trabajo, en la noche a la casa o escribirme una carta. Punto. Si no contestaba a mis amigos y familiares les quedaba claro que estaba viajando o que, sencillamente, no me daba la gana contestar.
Pero el virus de la tecnología me infectó poco a poco y ahora estoy totalmente contaminado. Todo comenzó de una manera muy ingenua: escribiéndole e-mails a mi hija. Y como dicen los militares al hablar de la guerra, tras conectarme a la Internet y comprar un celular, sufrí terribles “efectos colaterales”.
Aunque a lo largo de los años he cambiado de número varias veces, siempre me localiza gente con quien no tengo deseos de hablar y vendedores que no tienen deseos de callarse. Mis oídos están tecnoestresados.
Y mi correo electrónico termina cada día como un gigantesco cementerio: mato más mensajes de los que contesto. A pesar de que borro sin abrir todos los mensajes cuyo origen desconozco, hay empresas creadas con el propósito explícito de hacerme comprar seguros, viajes, calendarios y viagra. Incluso cuando reporto esta basura electrónica a mi proveedor de servicios de Internet, el “spam” (o basura electrónica) sigue llegando.
Una periodista argentina me confesó, en voz baja, que su trabajo consiste en responder a los 300 correos electrónicos que recibe diariamente.
Tengo más arrugas, más canas y más ojeras que cuando no tenía celular, dos teléfonos con tres líneas cada uno, un fax, tres computadoras, un directorio electrónico, dos contestadoras telefónicas, dos direcciones de Internet, una página Web y decenas de códigos y claves.
Soy localizable 1.440 minutos al día, 366 días al año (incluye años bisiestos) y me bombardean más por la Internet que a los seguidores de Osama bin Laden en las zonas tribales entre Pakistán y Afganistán. Es decir, vivo mucho más tecnoestresado que cuando tenía una existencia al margen de la tecnología.
Mi vida ha empeorado significativamente desde que empecé a armarme de aparatitos. Mi amigo Bill, en cambio, vive apaciblemente en la ciudad de Nueva York. El es el único neoyorquino que conozco que no tiene celular, fax, ni carro. Es mi agente literario y para localizarlo hay que hablarle por teléfono en la mañana (sólo de lunes a viernes) o enviarle una carta. Su única concesión tecnológica ha sido un correo (electrónico) que, sospecho, sólo revisa su asistente por pura curiosidad. El es uno de los pocos seres humanos que conozco que, voluntariamente, se ha resistido a vivir tecnoestresado. Su mirada, les aseguro, proyecta una tranquilidad que no tiene la mía.
A veces, me dan ganas de seguir el ejemplo de Bill y meter todas las maquinitas que tengo en una tina llena de agua o destruirlas, una por una, a martillazos. Pero no tengo tiempo; me urge terminar de escribir para enviar este artículo por la Internet.