De braceros a propietarios de tierras
El Tiempo Latino Redacción | 2/28/2012, 3:46 p.m.
Vámonos al campo. Hace unos veinte años un reducido grupo de braceros mexicanos llegaron a Colonial Beach en el estado de Virginia, a unas 60 millas de Washington. Los guiaba Javier Medina, un experimentado hombre de campo que, en calidad de contratista, ya había recorrido numerosas tierras de su natal Jalisco y en estados como California, Florida y Nueva Jersey. En ese entonces, principios de los ochentas, se le ofreció un contrato para darle vida a los campos de Colonial Beach, y fue así como llegó a este destino veraniego, cuyas playas son vecinas de un fértil mundo de tierras de cultivo, ricas en frutas y vegetales.
Tanto Javier como su grupo de pioneros campesinos, pensaron que se trataba, como siempre, de un trabajo temporal. No fue así. Se fueron asentando, poco a poco, y de la inicial docena de familias de braceros brotaron, como sucede con los productos de la tierra, decenas de familias residentes, y ya siendo residentes, con hijos e hijas nacidos en Colonial Beach, empezaron a adquirir sus propias casas, y luego sus propias tierras.
En esta serie que iniciamos hoy —firmada y fotografiada por Alfonso Aguilar— y que continuará en las próximas dos semanas, le llevaremos a los campos de Colonial Beach para que escuche lo que los mismos campesinos dicen de su trabajo en el campo y de su vida diaria, y cómo es que de humildes braceros se convirtieron en dueños de sus tierras, como las que disfrutan (en la foto) Sol Angel Medina, Lolis Medina (en sus brazos, Selina Flores), Vicky Flores, y Perla del Mar y Enrique Flores (al frente), hijos e hijas de padres campesinos.
En este popular destino veraniego, situado en el cuello norte de Virginia, varias familias de origen mexicano producen una gran variedad de vegetales y frutas, desde sandías, melones, berenjenas, verdolagas, tomates y chiles, hasta exóticas hierbas aromáticas y flores como la llamada "Cordón de obispo".
COLONIAL BEACH, VA.— Con un manojo de flores rojizas que tienen la textura del terciopelo y una ristra de rábanos aún terrosos, Gerardo Flores recordaba que en esos mismos campos empezó a trabajar veinte años atrás, y que en ese ya remoto entonces sólo había dieciocho campesinos, todos ellos, como él mismo, mexicanos. O quizá eran veinte, duda, y esos dieciocho o veinte ahora son unos 500, pero ya no son braceros: son agricultores residentes con gran control de las tierras que trabajan.
En una parcela vecina, recargado en una camioneta descubierta, su tío Javier Medina contemplaba el largo y ancho de las tierras que pisó por primera vez en calidad de bracero y que ahora, muchos años después, pisaba y miraba en su condición de propietario. Auscultaba sus tierras en silencio, apenas haciendo alguna breve referencia a la efectividad del sistema de riego con delgadas mangueras que como víboras se perdían soterradas entre los surcos.
No muy lejos de ambos sus respectivas esposas Verónica Ochoa y Julia Medina enseñaban a sus hijos e hijas a distinguir los melones y sandías ya maduros de los tiernos o dañados por las lluvias. A los más pequeñitos, de 4 o 5 años, les pedían no cargar más de un melón a la vez y con más vigor y rigor les decían que no trataran de cargar las sandías porque éstas eran tan grandes como ellos y muy pesadas. Además el terreno estaba lodoso, salpicado de charcos que dificultaban el andar. Pero una niñita de nombre Perla del Mar, de brazos tiernitos y delgados como las mangueras de riego, no se intimidó ante una preciosa sandía que daba toda la impresión de pesar más que ella, y a pesar de los ruegos de su madre, dijo que sí podía cargar la enorme fruta, verde y perfectamente redonda.









