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El Comandante convalece en su laberinto

Recordando el Castrismo
Esta fotografía difundida por Cubadebate en su portal de internet el lunes 22 de octubre muestra al líder cubano Fidel Castro en La Habana, Cuba, el domingo 21.

Esta fotografía difundida por Cubadebate en su portal de internet el lunes 22 de octubre muestra al líder cubano Fidel Castro en La Habana, Cuba, el domingo 21.

“Los revolucionarios no se jubilan nunca”. Le escuché decir esto a Fidel Castro, aquel otoño de hace 23 años, en el Palacio de la Revolución, en La Habana. Palacio y Revolución en la misma frase me pareció entonces una contradicción más de las muchas que respiré en Cuba. Un pequeño grupo de periodistas habíamos logrado una conversación con El Comandante. La isla se encontraba entonces navegando las procelosas aguas de un nuevo orden mundial sin subsidios soviéticos y cortejando, como siempre, al capital europeo. En las calles me ofrecieron habanos de contrabando y, cuando los rechacé alegando mi estatus de periodista extranjero cubriendo a Fidel, me abrazaron al grito de “¡Compañero!”. Era fácil observar el precio del sexo: una pastilla de jabón, una comida frugal o una visita a tiendas solo para turistas. Conversé con cubanos comprometidos con el regimen “hasta el final”, con quienes vivían de las remesas que llegaban de Miami o de España, y con quienes me respondían sin temor pero entre líneas. El activista y opositor Elisardo Sánchez acudía al hotel Habana Libre, en el que me alojaba, y se situaba a media distancia de los periodistas. Una barrera invisible de policías de paisano se apostaba en la barra del bar o en los pasillos del hotel. Nunca hablé con Sánchez. Pero en el Palacio, le pregunté a El Comandante qué pensaba de su oposición política y con quién se sentaría a negociar una transición para su país. El líder mundial más conocido por su incontinencia verbal liquidó la cuestión con una respuesta concisa, más cercana al gringo Hemingway que al habanero Carpentier. “La oposición política en Cuba no existe, la única oposición son los Estados Unidos de América”, dijo, guardó silencio y dispersó la mirada en busca de otra pregunta.

En aquellos días, como hoy, la salud de El Comandante era un secreto de Estado. En Miami llevan décadas anunciando su muerte. Mientras, El Comandante sobrevive a un presidente estadounidense tras otro desde que en octubre de 1960 el presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower iniciara el embargo a la isla. El bloqueo sería impuesto formalmente el 7 de febrero de 1961 bajo a presidencia de John F. Kennedy.

Pocos años después de mi visita a La Habana, y en una conversación con el ex coronel Beruvides en Miami, escuché que sectores del exilio calculaban en medio millón los muertos que generaría la transición cubana a la democracia. La revancha, me dijeron, era inevitable. Washington, Europa y El Vaticano podrían impedir el baño de sangre, pensé. Pero Washington ha sido lento y torpe, dedicándose a jugar al politiqueo fácil —embargos que nunca funcionan, pero son útiles para recolectar votos— abandonando la vision hemisférica. Y ahora hay otro interlocutor en el tema cubano: China. Y el camino se llena de piedras y lentitud.

Hoy, quienes perdieron el tren de la historia preparan el Castrismo sin Castro. Se quedarán en el andén de nuevo. Los llamados “gusanos” siguen mandando dinero a la isla, desde el exilio y la diáspora. Muchos se han metamorfoseado en bellas mariposas. Es el poder del tiempo. Hoy, el dictador convalece en el laberinto del que no ha sabido sacar a su país en más de 50 años. El 13 de agosto cumplirá 88 años y coqueteará con la eternidad. Porque los revolucionarios ni se jubilan, ni se mueren.