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Caicedo: "El humor es altamente radioactivo"


Je Suis Charlie

Alberto Avendaño-ETL | 1/15/2015, 2:55 p.m.
Caicedo: "El humor es altamente radioactivo"
El caricaturista Armando Caicedo se autoretrata delante de un terrorista | Caicedo

—Yo respeto todas las creencias, y, en especial, respeto a aquellos dirigentes religiosos que disfrutan de buen humor. Es el caso del Papa Francisco, que posee una risa contagiosa. Pero me asalta una sensación agónica —entre culillo y pánico— cuando un clérigo fanático, para mostrar el valor de sus dogmas, amenaza al resto del mundo con su mal humor. Considero que existiría mayor tolerancia religiosa, si, por ejemplo, en la Biblia, en el Corán y en el Talmud apareciera uno que otro chiste judío (que son tan, pero tan graciosos) o si uno de los cuatro evangelistas hubiese sido caricaturista.

—Pregunta de reportero: ¿Para qué sirve esto del humor editorial?

—El humor editorial es tan sano como la comida orgánica, con una ventaja adicional: alimenta el espíritu, sin peligro de engordar. Además, invita al lector a sonreír y lo obliga a pensar y a reflexionar. Claro que tiene sus riesgos. Si existiera un “manual técnico sobre humor”, éste empezaría con la Advertencia: “Precaución: El Humor Editorial es altamente RADIOACTIVO (debe manipularse con responsabilidad)”

—Pongámonos didácticos: ¿Qué características debe poseer una caricatura editorial?

­­—Veo cuatro gordas: La caricatura debe ser oportuna, clara, absurda y corta.

1. Oportuna, porque la caricatura es como el pescado: por fuera del refrigerador, su vida es muy corta. 2. Clara, porque el lector hace una cortísima parada en la ventana y si no entendió, se larga… sin siquiera despedirse. 3. Absurda, porque ése es el principio del humor. Nuestros primos hermanos, los gorilas y los chimpancés, improvisan un rictus de sonrisa en sus labios, cuando de manera sorpresiva se enfrentan a situaciones absurdas o incomprensibles. 4. Corta. Eso es lo más difícil. Winston Churchill le escribió a un amigo.... “Por favor discúlpeme por escribir una carta de cinco páginas, pero es que no tuve tiempo de escribir una carta más corta”.

—Eres caricaturista, pero en realidad te encantaría escribir los editoriales, ¿cierto?

—Sí, jefecito. La diferencia entre un buen editorialista y un buen caricaturista es que el editorialista no sabe dibujar.

—¿Los caricaturistas critican a todo el mundo, pero cómo reciben las críticas?

—Prefiero que hablen mal de mí, a que me castiguen con la indiferencia. El problema crítico es cuando alguien se siente agredido por el caricaturista, y entonces utiliza una ametralladora de calibre respetable, para silenciarlo... Ahí es donde se enfrenta uno, a un dilema moral, porque pareciera que el método más efectivo para que hablen bien de uno, es morirse.

—Por razones políticas, por razones religiosas, por aquello de la “decencia”... ¿El caricaturista debe autocensurarse?

— No. No puede existir un caricaturista “políticamente correcto”. Es como si una “bailarina de tubo”, ejerce su oficio, pero sólo mueve los ojos. El humor es por naturaleza, irreverente, cínico, mordaz, caustico e ingenuo. La autocensura solo produce… (aquí el entrevistado bostezó)... aburrimiento...

—Para un caricaturista, ¿qué es la verdadera libertad?

­—Libertad es poder ejercer este oficio tan riesgoso, sin tener que pedirle licencia al gobierno. Después de la espeluznante tragedia de “Charlie Hebdo”, la verdadera libertad consiste en estar vivo y poderse morir de la risa.

Avendaño es Director Ejecutivo de El Tiempo Latino, la publicación hispana de The Washington Post.