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Se fue aquel hombre de La Habana. ¿Qué viene ahora?


Comentario sobre la muerte de Fidel Castro

Alberto Avendaño | 12/1/2016, 5:44 p.m.
Se fue aquel hombre de La Habana. ¿Qué viene ahora?

Caricatura de GOGUE sobre la visita de Obama a Cuba en marzo de 2016.

GOGUE

Caricatura de GOGUE sobre la visita de Obama a Cuba en marzo de 2016.

“Los revolucionarios no se jubilan nunca”. Le escuché decir esto a Fidel Castro, aquel otoño de hace 25 años, en el Palacio de la Revolución, en La Habana. Palacio y Revolución en la misma frase me pareció entonces una contradicción más de las muchas que respiré en Cuba. Un pequeño grupo de periodistas habíamos logrado una conversación con El Comandante. La isla se encontraba entonces navegando las procelosas aguas de un nuevo orden mundial sin subsidios soviéticos y cortejando, como siempre, al capital europeo. En las calles me ofrecieron habanos de contrabando y, cuando los rechacé alegando mi estatus de periodista extranjero cubriendo a Fidel, me abrazaron al grito de “¡Compañero!”. Era fácil observar el precio del sexo: una pastilla de jabón, una comida frugal o una visita a tiendas solo para turistas. Conversé con cubanos comprometidos con el regimen “hasta el final”, con quienes vivían de las remesas que llegaban de Miami o de España, y con quienes me respondían sin temor pero entre líneas. El activista y opositor Elisardo Sánchez acudía al hotel Habana Libre, en el que me alojaba, y se situaba a media distancia de los periodistas. Una barrera invisible de policías de paisano se apostaba en la barra del bar o en los pasillos del hotel. Nunca hablé con Sánchez. Pero en el Palacio, le pregunté a El Comandante qué pensaba de su oposición política y con quién se sentaría a negociar una transición para su país. El líder mundial más conocido por su incontinencia verbal liquidó la cuestión con una respuesta concisa, más cercana al gringo Hemingway que al habanero Carpentier. “La oposición política en Cuba no existe, la única oposición son los Estados Unidos de América”, dijo.

En aquellos días, la salud de El Comandante era un secreto de Estado. En Miami llevaban décadas anunciando su muerte. Mientras, El Comandante sobrevivía a un presidente estadounidense tras otro desde que en octubre de 1960 , Dwight D. Eisenhower, iniciara el embargo a la isla. El bloqueo sería impuesto formalmente el 7 de febrero de 1961 con John F. Kennedy.

Pocos años después de mi visita a La Habana, y en una conversación con el ex coronel Beruvides en Miami, escuché que sectores del exilio calculaban en medio millón los muertos que generaría la transición cubana a la democracia.

La revancha, me dijeron, era inevitable. Washington, Europa y El Vaticano podrían impedir el baño de sangre, pensé. Pero Washington ha sido lento y torpe, dedicándose a jugar al politiqueo fácil —embargos que nunca funcionan, pero son útiles para recolectar votos— abandonando la vision hemisférica.

Hoy, quienes perdieron el tren de la historia preparan el Castrismo sin Castro. Se quedarán en el andén de nuevo. Los llamados “gusanos” siguen mandando dinero a la isla, desde el exilio. Muchos se han metamorfoseado en bellas mariposas. Es el poder del tiempo. Hoy, la muerte sacó al dictador del laberinto del que no supo sacar a su país en más de 50 años. Castro coquetea ahora con la eternidad. Porque los revolucionarios ni se jubilan, ni se mueren.