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Ellos han sobrevivido horrores que nadie sabe: Los adolescentes indocumentados no merecen ser satanizados


Normalmente, escuchamos acerca de inmigrantes jóvenes cuando son acusados de cometer crímenes horribles. De otra manera, sus luchas, sus deseos y sus miedos son casi siempre invisibles.

Petula Dvorak | The Washington Post | 3/31/2017, 10:42 a.m.
Ellos han sobrevivido horrores que nadie sabe: Los adolescentes indocumentados no merecen ser satanizados
Los adolescentes indocumentados en Northwestern High School en Hyattsville, Maryland, participan en un ejercicio de construcción de confianza. "En un país con un creciente déficit de compasión, mucha gente se resiente de estos niños, demonizándolos junto con otros inmigrantes indocumentados", escribe Dvorak. | Petula Dvorak | The Washington Post

Sus sueños ─convertirse en un abogado, en un diseñador de interiores, en un marinero de la Armada ─son bastante parecidos a los sueños que otros niños tienen en la Escuela Secundaria de Maryland.

Son sus pesadillas ─ver a sus familiares asesinados, pagando a coyotes, siendo violados en la frontera, pasando semanas en el centro de detención, estando indigentes en un nuevo país─ lo que los hace tan diferentes.

“Ellos han sobrevivido horrores que nadie conoce”, dijo Alicia Wilson, Directora Ejecutiva de La Clínica Del Pueblo, la cual se encuentra trabajando con la Escuela Secundaria de Northwestern para ayudar a estos adolescentes.

La Escuela de Hyattsville ha absorbido docenas de estos estudiantes ─parte de una ola de más 150 mil jóvenes que han cruzado la frontera de los Estados Unidos los últimos tres años, huyendo de la violencia en Centroamérica.

Normalmente, escuchamos acerca de inmigrantes jóvenes cuando son acusados de cometer crímenes horribles ─tal como los dos estudiantes indocumentados acusados de violar a una ex compañera de estudios de 14 años en un baño de la Escuela Secundaria de Rockville. O cuando se convierten en víctimas de crímenes horribles─ como Damaris Reyes Rivas, de 15 años de edad, cuya madre la quería proteger del MS-13 de El Salvador, pero la perdió a la misma banda en Maryland.

De otra manera, sus luchas, sus deseos y sus miedos son casi siempre invisibles.

En un país con un déficit creciente de compasión, muchas personas resienten a estos niños, satanizándolos junto a otros inmigrantes indocumentados. Pero me gustaría que esas personas pudieran pasar el tiempo que yo pasé con ellos. Son graciosos, vulnerables, trabajadores e impresionantemente resistentes.

En Northwestern, escuché como alrededor de dos docenas de adolescentes se reunieron en un remolque detrás de la escuela para hablar con consejeros de salud mental que se dedican a ayudarlos. No todos desean compartir por lo que han pasado.

“Yo diría que 90 por ciento de ellos son víctimas de algún tipo de abuso”, dijo Angie Castro, la consejera que trata de sacar a los jóvenes de sus caparazones con actividades para construir su confianza.

Algunos de los adolescentes se están escondiendo de bandas. Al menos una escapó de un miembro de la familia que la violaba. Muchos de ellos han visto a muertos o han estado detenidos en un cuarto helado que llaman la “caja de hielo” en un centro de detención de la frontera.

Pasan semanas en centros de detención mientras esperan por que sus representantes ─normalmente familiares que no han visto en años─ los reclamen. A algunos de ellos ni siquiera les importó.

“Tienen buena comida”, me dijo uno de los adolescentes.

“Pude dormir”, dijo otro.

“Es interesante”, dijo Castro cuando los jóvenes salieron a su receso para comer pizza. “La mayoría de ellos nos dicen que el tiempo en los centros de detención ─para muchos de ellos la primera vez que hicieron tres comidas al día, pudieron dormir toda la noches sin ser atacados─ fue la primera vez en sus vidas que se sintieron queridos”.