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Las lecciones que aprendí de mi hija adoptiva latina


Patricia Maccorquodale | Especial a The Washington Post | 5/6/2017, 10:24 a.m.
Las lecciones que aprendí de mi hija adoptiva latina

Era el receso de primavera en Washington y nos dirigíamos al Museo de Historia Americana. Estaba esperando ver las zapatillas rojas de Dorothy y le pregunté a mi hija qué quería ver.

“La barra de almuerzo en los que los negros hacían su sentada (protesta)”, dijo. “Mamá, si no fuera por ellos no podríamos cenar juntas”. Tenía 10 años y entendía lo que el color significaba en América de una manera en la que yo, su madre de cabello rubio y ojos azules, no entendía.

Aprendí muchas lecciones acerca del racismo al haber criado una hija adoptiva latina. Todo comenzó cuando las personas me paraban mientras empujaba el carro de compras y me preguntaban: “¿Se parece a su padre?”. Me empezó a molestar la repetición de esta escena a la que comenzaba respondiendo: “No sé quien es el padre”, lo que cambiaba sus miradas de incertidumbre a unas de indignación moral.

La lección más importante que me enseñó fue acerca de mi propio racismo inconsciente. Recuerdo un día cuando ella estaba corriendo y gritando de alegría y escuché a mi misma reclamarle: “Estás actuando como una India salvaje”. Horrorizada por mis propias palabras, me volví mas consciente acerca de mi lenguaje, especialmente con las metáforas, comparaciones y simbolismos acerca del color.

Pero no podía saber cómo era vivir bajo su piel. No sabía como tener la conversación racista acerca de cómo caminar, manejar o actuar en público. Los padres hispanos compartían historias acerca de cómo sus hijos tienen que confrontar comentarios denigrantes e insultos acerca de latinos, y me encontraba confundida. No podía confortarlos y mucho menos preparar a mi hija para de lo que debía esperar.

Así que expuse a mi hija a la mayor cantidad posible de personas distintas, para que pudiera escuchar sus historias, leer acerca de sus vidas, acerca de cómo marchaban por causas y luchaban por sus derechos. Estudiamos historia juntas y viajamos a otros países. Y lo más importante, escuché las historias de mi hija, le afirmé mis sentimientos y le di amor incondicional.

Podría pasarle a mi hija el privilegio de mi educación y mi clase social, pero no podría protegerla de los comentarios y actos racistas. Nuestro entorno era de blancos profesionales, de clase media alta - en su mayoría profesores universitarios, científicos, ingenieros y educadores. Sus compañeros de clase eran predominantemente blancos. Pero debido a que Tucson era alrededor de 40 por ciento hispano, asumían que ella era mexicana, con ese estereotipo de estúpidos, perezosos, problemáticos y con desventajas económicas.

Mi privilegio era una espada de doble filo ya que muchas veces lo que le traía sufrimiento era la manera en que sus experiencias eran anuladas. La llamaban mentirosa cuando hablaba de viajar a Europa con su familia. Su confianza en si misma se veía erosionada cuando sus compañeros no confiaban en sus conocimientos y experiencias diciéndole que “no sabía de lo que hablaba”. En el curso de estudios sociales de cuarto grado, su clase estaba haciendo un trabajo de Egipto. Nuestra hija estaba muy interesada en momias y nos dijo: “¿Pueden creer que soy la única estudiantes de la clase que ha visto una momia?. Habíamos visitado el Museo Británico regularmente cuando vivíamos en Londres y habíamos ido al Louvre de París. Mas adelante llegó a la casa llorando luego de decirle a sus compañeros de clase acerca de momias de gatos, cómo eran las momias y algunos detalles del proceso de momificación; no le creyeron.