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Baltimore es una ciudad definida por cuerpos sin vida


Hasta el pasado viernes, 124 personas habían sido asesinadas, llevando la tasa de homicidios de Baltimore a 20.2 por cada 100.000 habitantes, una de las más altas país.

Peter Hermann, Theresa Vargas | The Washington Post | 5/18/2017, 10:59 a.m.
Baltimore es una ciudad definida por cuerpos sin vida
Un hombre camina pasando una tienda de ropa a lo largo de West Baltimore Street, en Baltimore. | Salwan Georges/The Washington Post

BALTIMORE - Nadie vio al bebé.

Estaba sentada en un coche de tonos dorados con ventanas de color negro mientras su padre de 26 años yacía en el suelo, muriendo.

Todos los ojos estaban sobre él, otro cuerpo caído en una ciudad cada vez más definida por ellos.

En partes de Baltimore, las luces estroboscópicas de los coches de la policía es tanto una parte del paisaje como las casas con tablones de madera en las ventanas (borded up). Pero el ritmo de los homicidios de este año ha sido impresionante ya que la ciudad lucha por recuperarse de los disturbios de 2015. Hasta el pasado viernes, 124 personas habían sido asesinadas, incluyendo cinco en un día reciente, convirtiendo la tasa de homicidios de Baltimore en una de las más altas país. Es más del triple de la tasa de Washington y más alta que las tasas de homicidios en Nueva Orleans y Chicago, dos lugares que se han convertido en símbolos nacionales de la violencia armada.

Each murder in Baltimore leaves a mark on those who witness it and those who investigate it. But few have been as haunting as the scene that played out on March 27 in front of a West Baltimore carryout that, in contrast to its cheerful name, Rainbow, has metal bars over its windows.

Cada asesinato en Baltimore deja una marca en aquellos que lo testifican y en aquellos que lo investigan. Pero pocos han sido tan inquietantes como la escena que se desarrolló el 27 de marzo frente a un West Baltimore carryout que, en contraste con su alegre nombre, Rainbow, tiene barras de metal sobre sus ventanas.

El propietario de un negocio del área condujo alrededor momentos después de la balacera. Él frenó su coche lo suficiente para notar el descoloramiento del corte de pelo del hombre herido y que llevaba jeans caros. Los desconocidos miraban a la víctima, Ernest Solomon, desde el otro lado de la cinta policial, algunos gritando palabras de apoyo.

Los oficiales, también, se centraron en Solomon, pasando por su coche, que estaba rodeado de cascos de bala.

Había transcurrido más de una hora desde que le dispararon y lo llevaron al hospital y nadie había abierto el coche cerrado. Era una pieza clave de la evidencia, y los oficiales sabían que cuanto menos lo tocaban mejor. Siguiendo el protocolo, planeaban remolcarlo hasta un terreno policial y luego lo llevarían a un laboratorio de crimen donde un técnico capacitado para encontrar huellas dactilares aguardaba una orden de registro firmada por un juez. Podría tomar horas, o incluso un día.

Entonces llegó un débil grito.

“¿Escuchaste eso?”, preguntó el detective de homicidios Lee Brandt a otro detective y luego gritó a un oficial que trajera las llaves que habían sido recuperadas antes de los bolsillos de Solomon.

Allí, dentro del coche, encontró a la hija de 10 meses de Solomon atada a su asiento de automóvil, usando un onesie de rayas rosadas y blancas debajo de una sudadera negra. Brandt la sacó y la sostuvo, mientras otros oficiales miraban, con la boca abierta. El momento fue capturado por un fotógrafo de Baltimore Sun en una imagen que rápidamente se extendió a través de las redes sociales y que Brandt mantiene cerca como un recordatorio.