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Editorial: Las palabras no se las lleva el viento


Ana Julia Jatar | 11/2/2018, 2:30 p.m.
Editorial: Las palabras no se las lleva el viento
EDITORIAL. Las palabras no se las lleva el viento | Fernando Pinilla

La semana pasada, la violencia se adueñó de los Estados Unidos. Dos hombres fueron apresados por llevar a cabo crímenes de odio: César Sayoc por el envío de sobres bomba a críticos de la Administración Trump y Robert Bowers por el asesinato de 11 judíos en la sinagoga Tree of Life de Pittsburg. Las alarmas no se hicieron esperar: ¿Tiene responsabilidad el discurso inflamatorio del presidente Donald Trump contra los inmigrantes en las acciones de estos hombres? Ambos son admiradores del movimiento Supremacía Blanca, el cual considera a Estados Unidos un país de blancos y a la raza caucásica superior a otras etnias. Es difícil constatar la línea directa de causalidad entre el verbo presidencial y estas acciones, pero sí podemos decir sin temor a equivocarnos, que las palabras son armas muy poderosas cuyo impacto se multiplica con el poder que detenta quien las expresa. Así como el verbo de Winston Churchill inspiró la defensa de los valores democráticos en la segunda guerra mundial y nos condujo a la victoria sobre el totalitarismo Nazi, el discurso de odio y división generado por el presidente Trump ha comenzado a cobrar sus víctimas. Las palabras no se las lleva el viento y son armas efectivas al servicio del bien o el mal. Desde esta tribuna queremos pedirle al primer mandatario que use sus palabras con cuidado, pues ya existe en nuestra comunidad el temor de ser víctimas de actos similares.

Esto nos lleva a otro evento importante de la semana: el triunfo del llamado “Trump Tropical” Jair Bolsonaro para la presidencia de Brasil. Calificado y conocido por todos como “ultraderechista” recibió cerca del 55,5 % de los votos este domingo frente al 44,5 % alcanzado por el socialista Fernando Haddad. Estrella de las redes sociales, Bolsonaro ha hecho comentarios abiertamente homofóbicos, misóginos y en general, de todo tipo de intolerancias que de convertirse en hechos, representarían claras violaciones a los derechos humanos. Con su elección, Suramérica queda inclinada a hacia la derecha por el peso y la influencia de Brasil en la región. El llamado Gigante del Sur representa la mitad en población, territorio y en Producto Interno Bruto (PIB).

Ahora bien, el significado del triunfo de la derecha en América del Sur no tiene nada que ver con la supremacía blanca, anti inmigrantes, homofóbica, misógina e intolerante del Norte, es más bien el producto del hartazgo de un pueblo con un socialismo hipócrita que robó, benefició a los ricos y se olvidó de respetar la dignidad de los más pobres. La izquierda latinoamericana no está siendo castigada por las élites sino por los marginados. Y es que la mezcla explosiva de políticas paternalistas con corrupción llevó a una cadena de fracasos cuyo final fue el dramático deterioro en la calidad de vida de clases más bajas, donde son plaga el desempleo y el crimen organizado.

“Fuera el Partido de los Trabajadores” gritaban con emoción quienes votaron por Bolsonaro. Esta victoria hay que verla más como un referéndum a la izquierda y a su representante histórico, el líder laboral y expresidente hoy encarcelado por corrupción, Luis Ignacio “Lula” da Silva. Allá en Brasil el odio no es racial, es ideológico: se hartaron de la izquierda corrupta y mafiosa como lo están en Nicaragua y Venezuela.

“No podíamos seguir flirteando con comunismo, populismo y extremismo de izquierda, todos sabíamos hacia donde iba Brasil” dijo Bolsonaro, quizás refiriéndose a Venezuela.

Esperamos que el presidente de Brasil le dé una lección a su homólogo del Norte y use el poder de sus palabras para el beneficio de la dignidad, los valores y los derechos de todos los Brasileros.