ir al contenido

Bienvenidos a territorio Trump

La ciudad ha cambiado. Johnstown tenía los peores atascos de la región. Mientras las fábricas del acero sacaban su cargamento, las camionetas se amontonaban durante horas por sus estrechas calles a los pies de los montes Apalaches, en la que fue una de las zonas más prósperas  de Pensilvania.

Anthony Sherron, de 85 años, echa de menos aquellos atascos,  los “buenos tiempos”, cuando los jóvenes podían encontrar un trabajo bien pagado en la industria del carbón y el acero en el condado de Cambria, donde se ubica la urbe, a unos 500 kilómetros al oeste de Nueva York.

“Todos los chicos que han conseguido una educación se han ido. Mi hijo, mi hija, no viven en Pensilvania porque no hay trabajo en Pensilvania”, dice Sherron. “Todo se ha derrumbado”, opina el anciano. Se queja de que “en las escuelas ya no enseñan” y “los políticos no paran de mentir”.

Sherron  bajó por primera vez a una mina de carbón en 1948, con 18 años, trabajó duro y cree que sus nietos merecen “el mismo país” en el que él creció. Luce una gorra, una camiseta blanca y una chapa con el lema de campaña del candidato presidencial republicano, Donald Trump: “Hagamos Estados Unidos grande de nuevo”.

“Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón”, dice Sherron mientras se tambalea sobre su bastón.

El millonario de Nueva York se llevó su premio en votos de los empobrecidos habitantes del “cinturón de óxido” del medio oeste de Estados Unidos: desde Delaware a Wisconsin pasando por Pensilvania y Ohio.

“Su acero va a volver, su energía será protegida. Habrá una situación completamente diferente, ya no seremos considerados gente tonta, seremos los genios, créanme”, prometió Trump unas semanas antes de las elecciones a los habitantes de Johnstown. “¡Voy a poner a los mineros a trabajar de nuevo!”, clamó.

En cada mitin, Trump rememoraba los buenos tiempos, identificaba al enemigo que los destruyó y explicaba cómo vencerlo. Demonizó al presidente, Barack Obama, y echó la culpa del desempleo a su plan de energía limpia. “Juntos vamos a destrozar a los políticos corruptos y vamos a dar lo justo a los olvidados”, prometió Trump.

La nostalgia se mezcla con la niebla en Johnstown, que ahora parece una ciudad fantasma. Como una bola de nieve, la pérdida de trabajos en el acero y el carbón ha arrollado al resto de la economía local, ha provocado el cierre de restaurantes de comida rápida, gasolineras y tiendas de compraventa de coches.

Marc Krisfott tiene 37 años y es una de las personas que teme sufrir los daños colaterales del declive de la industria del carbón. “Las regulaciones están asfixiando a todo el mundo, nuestros trabajos se están yendo de Estados Unidos”, garantiza Krisfott, que apoya sin reservas una de las propuestas estrella de Trump: sancionar a las empresas que huyen del país para abaratar costes e instalarse en otros países, como México y China.

“Donald Trump es increíble, él no es parte de la casta política de ninguna manera. Él se representa a sí mismo, ha conseguido su propio dinero y creo de veras que va a hacer que todo sea genial de nuevo por aquí”, afirma Krisfott.

El declive de la industria va más allá de los cristales rotos o los tablones que tapan las puertas de las fábricas. La desintegración penetra  en la vida social de las comunidades mineras de Johnstown y del condado de Greene, donde el número de minas se ha reducido de 12 a 5.

Dave Serok, un líder del sindicato de mineros de ese condado, trabajó durante 12 años en la mina Esmeralda y forjó una fuerte amistad con algunos de los 230 mineros que, como él, fueron despedidos el pasado noviembre cuando Alpha Natural Resources, la empresa propietaria del yacimiento, se declaró en bancarrota.

Las visitas a casa del vecino se redujeron debido, en parte, a la reducción de ingresos. Contando las horas extra, Dave Serok ganaba más de $100.000 al año, un salario que le permitió a él y a sus compañeros comprar una buena casa y hasta invertir en la construcción de un campo de béisbol para los chicos. Sin embargo, ahora gana $30.000 al año en CareerLink, un centro de formación en donde ayuda a otros mineros a conseguir empleo. “El impacto en mi vida ha sido horrible”, reconoce Serok. “Tercera generación de mineros”, se define, mientras muestra orgulloso el lema del tatuaje en su antebrazo derecho: “Vive libre o muere”.

Dejar la mina supone dejar atrás una parte de la identidad. “Cuando eres un verdadero minero está en la sangre. Cuando bajo al pozo siento que ese es mi mundo”, cuenta Tanya James, una mujer que comenzó a trabajar en el carbón junto a su madre en 1979. Rubia y menuda, James fue una pionera de su tiempo, tuvo que romper todo tipo de barreras y, en parte, por eso votó a Hillary Clinton. “Creo que Donald Trump es una pistola cargada de gatillo fácil”, resume la minera.

Pero la nostalgia le dio un triunfo entre sus votantes, mayoritariamente blancos, obreros y con un nivel bajo de estudios. El desempleo a nivel nacional es del 5%, pero en los condados de Greene y Cambria, donde se ubica Johnstown, sube hasta el 8%. Hasta el líder del condado de Greene, Blair Zimmerman, es ex minero y se lamenta: “Esto debería haberse previsto hace 50 años, pero todo el mundo estaba feliz haciendo mucho dinero y nadie se preocupó en modernizar la industria”, dice Zimmerman en su oficina en Waynesburg.

Últimas Noticias

El Super Bowl LX con acento latino

El Super Bowl LX con acento latino

El Super Bowl LX 2026 marca un antes y un después para la comunidad latina. Bad Bunny lidera el medio tiempo en español y jugadores latinos brillan en la cancha, mientras el DMV celebra con watch parties.

Miembros Público
{{!-- ADHESION AD CONTAINER --}}
{{!-- VIDEO SLIDER AD CONTAINER --}}