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Las armas, la locura y la muerte

En memoria de las víctimas del Navy Yard en DC
Dolor el día del tiroteo en el Navy Yard de DC.

Dolor el día del tiroteo en el Navy Yard de DC.

La Segunda Enmienda a la Constitución de Estados Unidos es parte de la llamada Carta de Derechos aprobada el 15 de diciembre de 1791. En síntesis, da el derecho a la posesión de armas.

Esto es, en traducción, lo que dice la enmienda aprobada por el Congreso: “Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido”.

A finales del siglo XVIII, la necesidad de tener una ciudadanía armada entre los nuevos estadounidenses podía responder a la necesidad de defenderse de un potencial gobierno no democrático, a repeler invasiones, a facilitar un derecho natural de defensa propia, a participar en la aplicación de la ley, a mantener el derecho individual, a defenderse en un sistema recién nacido y con una solidez todavía a prueba. ¿Quién sabe?

Hagamos “fast-forward” hasta el siglo XX: Entre 1966 y 2013 —solamente contando los sucesos más terribles— han muerto 193 personas víctimas de aquéllos que tuvieron acceso a armas de fuego para ejecutar su macabra “misión”. El denominador común a todos estos verdugos: algún tipo de problema o enfermedad mental, algún tipo de desequilibrio emocional. La trágica constante: ni supervisores, ni autoridades, ni la comunidad en la que vivían consiguieron reaccionar a tiempo para prevenir que las señales que estos individuos enviaban se materializaran en la muerte de sus semejantes.

Lo que pasó en el Navy Yard de Washington, DC, el lunes 16 de septiembre de 2013 no puede ser otra estadística. El control de quién posee y porta armas en este país debe ser más estricto. No se trata de limitar libertades o de ir contra la cultura o la historia de Estados Unidos. Se trata de proteger mejor a nuestros conciudadanos. Y que no nos restrieguen enmiendas del siglo XVIII por la cara. Nada tiene que ver la historia o la cultura de un gran país como éste, con el sentido común y el control legítimo de una sociedad democrática sobre el acceso a armas de fuego que pueden cobrar la vida de nuestros amigos o familiares.