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Nuestro presidente es adicto a la TV - va a sacar lo peor de él y nunca aprenderá lo mejor de ella

Alec Baldwin haciendo el papel del Presidente Donald Trump en "Saturday Night Live".

Alec Baldwin haciendo el papel del Presidente Donald Trump en "Saturday Night Live". Will Heath, NBC

Melissa McCarthy actuando como el Secretario de Prensa Sean Spicer en "Saturday Night Live".

Melissa McCarthy actuando como el Secretario de Prensa Sean Spicer en "Saturday Night Live".

Se dice que lo que más le gusta al presidente Donald Trump es la televisión - más que el dinero, la familia o las bienes raíces, y ciertamente más que la política.

La evidencia siempre estuvo ahí. Una cámara presente es lo único que pareciera verdaderamente animarlo, ya que acarrea con ella la promesa de un alto rating (o fácil de inflar). Un programa de televisión es lo único que ha ofrecido a Trump un éxito indiscutible e inequívoco, por un corto período de tiempo. Cuando la cámara no está presente es fanático de ver televisión, tal como sus compatriotas americanos quienes también son adictos a ver programas de noticias mañana, tarde y noche.

Ha habido reportes (normalmente de fuentes anónimas) de que algunos de los miembros del personal de Trump quisieran que dejara de ver tanta televisión. Pero ¿por qué parar? La promesa de una televisión verdaderamente interactiva se ha cumplido para al menos un americano: él. Las noticias de canales por cable reportan cada una de sus palabras, mientras él responde con sus peores comentarios, muchas veces en tan pocos minutos que pareciera perturbadoramente coordinado.

Triste. Tal como lo mostró John Oliver de HBO con un video durante el regresó de su programa de sátira política "Last Week Tonight”, Trump es tan adicto a las noticias por cable que en la cabina del Air Force One ahora resuenan diariamente los comerciales baratos, incluyendo el jingle de la compañía de pisos Empire ("Eight-hundred, five-eight-eight…”). Oliver bromeó diciendo que nuestro presidente es como un septuagenario que ha colapsado y muere solo en una casa con la televisión prendida, y su vecino tarda días en notar que algo anda mal.

Oliver concluye que la única manera de hacer llegar argumentos reales al presidente es pautar en un canal de cable un comercial de sondas durante las horas de noticias que muestre un vaquero folklórico que explique de manera subliminal conceptos importantes como la tríada nuclear. El anuncio de Oliver comenzó a mostrarse el lunes en la mañana en Washington D.C. a través de Fox, CNN, MSNBC. Quizás, solo quizás, Trump lo nota.

Mientras tanto el movimiento de resistencia a Trump ha visto como esa burla televisada podría ser efectiva en la creación de pequeñas rupturas que eventualmente pueden causar un colapso. La parodia que se requiere en este caso no es la crítica inteligente, irónica y basada en hechos heredada del “Daily Show de Jon Stewart” y que aún practican de manera dedicada Samantha Bee en TBS, Seth Meyers en NBC, Stephen Colbert en CBS y Oliver (quien el sábado dedicó 24 minutos a un segmento que hablaba de la preservación del concepto de “hechos” (facts))

Más bien es la simple y antigua manera de burla que muestra una Casa Blanca desesperada, fuera de control, comprometida, débil desde el comienzo y graciosamente inepta.

Esto fue expuesto por nada más y nada menos que Melissa McCarthy, la comediante que "Saturday Night Live” de NBC reclutó para imitar al Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, en el episodio del 4 de febrero y nuevamente la semana pasada.

Los segmentos fueron tan efectivos - empezando por la imitación del estilo belicoso y combativo de Spicer hasta la manera ingeniosa y subliminal como utilizaron a una mujer para retratar a los hombres que rodean y asesoran al Presidente - que generaron una ola de emoción en la izquierda: ¿Realmente puede ser tan fácil como utilizar la forma más básica de humor satírico y transmitirlo en televisión? ¿La revancha electoral podría ser una avalancha de chistes tan sencillos y poco sofisticados en lugar de la contraposición inteligente y coherente de hechos y datos?

Tal vez. Los americanos críticos y adictos a la televisión esperaron con anticipación el episodio de SNL del 11 de febrero, dirigido por décimo séptima vez por el actor Alec Baldwin, quien consiguió un rejuvenecimiento de su carrera como imitador de Trump desde la campaña electoral: ¿Podría ser que este episodio fuera igual de devastador o completamente aniquilador?

El episodio terminó siendo deficiente, lo que no fue sorpresa ya que el programa es un caso de estudio de cómo mantener la demanda durante décadas, causando que sus seguidores exijan más que lo que ven. Lorne Michaels, quien tiene actualmente más control en el mundo de la televisión que 90 minutos de los sábados en la noche, sabiamente evitó tomar peticiones de su audiencia porque las masas tienden a sugerir las premisas y chistes más fáciles y menos originales.

Aún así, viendo la respuesta del público en internet, SNL publicó un video corto y melancólico en el que Leslie Jones, parte del elenco, planteaba la idea de que ella y no Baldwin debía hacer el rol de Trump. Sus compañeros cuestionaban su intención mientras Jones estaba sentada colocándose maquillaje anaranjado, pensando si podría tener sentido: ¿Podría ser que una mujer negra haciendo de Trump podría ser efectivo? ¿El insulto más grave para él, por así decirlo?

Esto asumiendo que Trump todavía ve SNL. Él puede decir que no, pero sinceramente ¿quién le cree?. Cuesta creer que se podría resistir a ver algo sobre él o incluso adjudicarse el impresionante aumento de ratings. SNL tiene ahora la temporada más vista en 22 años, de acuerdo a la revista Variety.

No se puede olvidar que muchos televidentes culpan a SNL por algunas de las situaciones cruciales que llevaron a Trump a muchas de sus victorias al permitirlo dirigir el programa mientras era un candidato en la contienda electoral. Los tiempos de burlas efectivas vinieron y se fueron mientras SNL y el resto de las comedias perdían el tiempo con Trump.

Todos los presidentes han visto bastante televisión. Uno puede recordar el conjunto de televisores que tenía LBJ en la Oficina Oval para ver las noticias de última hora de los distintos canales, o los Reagans viendo televisión de noche mientas cenaban. Incluso los Obamas se aseguraron de poder ver las escenas de "Game of Thrones” antes de que se estrenaran.

Mientras nos seguimos preguntando qué ve Trump en televisión y cómo moldea sus decisiones, cabe destacar que es mucho lo que no ve - o al menos nadie ha reportado acerca de programas interesante en su lista de DVR.

Si las fuentes internas son confiables, lo que ve es noticias todo el tiempo. Quizás todavía ve "The Celebrity Apprentice” en NBC, el show que lo acredita como productor ejecutivo aún cuando ha conseguido la manera de desdeñar su cargo actual.

En otras palabras, se está perdiendo de muchas cosas - alguna de la mejor televisión que se ha hecho, mucha de ella rica en metáforas y storytelling educativo acerca del poder y sus consecuencias morales.

Aún cuando pareciera que Trump no tiene la capacidad de concentración, me hubiese gustado que se uniera a los pocos americanos que fuimos atrapados por "The Young Pope” de HBO, una serie de 10 episodios que acaba de concluir. Se trata acerca del nuevo Papa Pius XIII (Jude Law), quien es inquebrantable en sus creencias conservadoras y no se preocupa por considerar el ala liberal de la iglesia. Detesta a la prensa, no viaja, está consumido por una especie de narcisismo divino y sermonea constantemente a sus subordinados.

Aún así, no solo la agenda de Pius se impone sobra la de los Cardenales si no que finalmente convence al resto de nosotros que él tiene la verdad en sus manos. En 10 horas pasamos de un agitador odiado a un mensajero convincente.

De esta manera la televisión siempre ha tenido algo que decirnos, incluso cuando eres el Presidente, y el mismo podría parecer más humano si eligiera públicamente unos pocos programas de televisión bien hechos y nos dijera qué piensa acerca de ellos. El primer paso es aprender a cambiar el canal y romper con los malos hábitos.