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Cardenal Wuerl: El desafío del racismo hoy


“Todos estamos llamados a reconocer hoy que el racismo continúa manifestándose de muchas maneras”

Su Eminencia Cardenal Donald Wuerl | Arzobispo de Washington | 11/1/2017, 12:53 p.m.
Cardenal Wuerl: El desafío del racismo hoy
Donald Cardinal Wuerl, Arzobispo de Washington | Cortesía

Para abordar el racismo, debemos reconocer dos realidades: que este mal existe en una variedad de formas, algunas más sutiles y otras más obvias; y que hay algo que podemos hacer al respecto, incluso si nos damos cuenta de que nuestras afirmaciones y acciones no vayan a dar como resultado una solución inmediata a un problema que se prolonga por generaciones. Sin embargo, debemos enfrentar este problema con la convicción de que, de alguna manera personal, todos podemos contribuir a resolverlo.

¿Por dónde empezar? Antes de dirigir nuestra atención a algunas formas de actuar, debemos reafirmar que aquello que estamos haciendo es no sólo necesario, sino que es bueno porque Dios así lo quiere.

Las divisiones que nos aquejan hoy en día, que se basan en el color de la piel o el origen étnico de una persona, obviamente no forman parte del plan de Dios. En el primer capítulo del libro del Génesis leemos al comienzo de la historia de la humanidad: “Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27).

Esta enseñanza se aplica a nuestros días con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica, que afirma: “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien... y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar” (pár. 357).

Este es el punto de partida para nuestra reflexión. La raza humana está enraizada en el acto bondadoso y creativo de Dios, que nos creó y quiso que fuéramos una familia, –todos hijos de Dios– hechos a la imagen y semejanza de Dios. No hay base alguna para sostener que algunos están hechos más a la imagen de Dios que otros.

La intolerancia de otras personas, en cualquiera de sus formas, por motivos de raza, religión u origen nacional es, en última instancia, una negación de la dignidad humana. Nadie es mejor que otra persona por el color de su piel o el lugar de su nacimiento. Lo que nos hace iguales ante Dios y lo que nos debe hacer iguales en dignidad el uno frente al otro es que todos somos hermanos y hermanas, porque todos somos hijos del mismo Dios bondadoso que nos creó.

El racismo niega la igualdad y la dignidad básicas de todas las personas ante Dios y entre sí. Es por esta razón que los obispos de los Estados Unidos, en la carta pastoral de noviembre de 1979 sobre el racismo, Hermanos y Hermanas para Nosotros, afirman claramente: “El racismo es un pecado”. Es un pecado porque “divide a la familia humana, oculta la imagen de Dios entre miembros específicos de esa familia y viola la dignidad humana fundamental de aquellos que están llamados a ser hijos del mismo Padre”. La carta continúa recordándonos que “el racismo es el pecado que dice que algunos seres humanos son intrínsecamente superiores y otros esencialmente inferiores por cuenta de su raza”.