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Cardenal Wuerl: El desafío del racismo hoy


“Todos estamos llamados a reconocer hoy que el racismo continúa manifestándose de muchas maneras”

Su Eminencia Cardenal Donald Wuerl | Arzobispo de Washington | 11/1/2017, 12:53 p.m.
Cardenal Wuerl: El desafío del racismo hoy
Donald Cardinal Wuerl, Arzobispo de Washington | Cortesía

El racismo se define como un pecado porque ofende a Dios al negar la bondad de la creación. Es un pecado contra nuestro prójimo, particularmente cuando se manifiesta en apoyo de las estructuras sistémicas de pecado en los ámbitos social, económico y político. También es un pecado que atenta contra la unidad del Cuerpo de Cristo, porque socava la solidaridad por cuenta de las faltas personales de prejuicio, discriminación y violencia.

Trágicamente, la deshonra del racismo se ha manifestado a lo largo de la historia humana y ha afectado aparentemente a cada continente, pues la migración y el comercio, la exploración y la expansión colonial crearon entornos que propiciaron el prejuicio, la denigración, la marginación, la discriminación y la opresión, ya fuera contra los pueblos indígenas o los recién llegados.

La historia de nuestro propio país ha sido testigo de la explotación y la opresión de los pueblos indígenas, asiáticos, latinos, japoneses-estadounidenses y otros, e incluso personas procedentes de diversas partes de Europa. Pero en nuestra patria, la evidencia más profunda y extensa del racismo radica en siglos de pecados como los de trata de personas, esclavización, segregación y los efectos persistentes que han experimentado hombres, mujeres y niños afroamericanos.

Todos estamos llamados a reconocer hoy que el racismo continúa manifestándose de muchas maneras. Puede ser en el plano personal, institucional o social. A menudo el racismo se aprende de los demás o nace de la ignorancia al no interactuar con personas que pertenecen a una cultura o procedencia étnica diferente. Esta experiencia histórica se ha visto agravada por la indignación selectiva expresada frente a ciertas formas de discriminación y el apoyo silencioso a otras expresiones de discriminación por parte de algunas fuerzas políticas, algunas entidades religiosas y eclesiásticas, y algunos medios de comunicación. Aquello que debería ser una bendición, –la diversidad de nuestros orígenes, experiencias y culturas– se convierte en un obstáculo para la unidad y una pesada carga para algunos. El dolor que esta situación causa en la vida de las personas es muy real.

Mientras luchamos por eliminar las actitudes que fomentan el racismo y las acciones que lo expresan, debemos mostrar en qué forma son enriquecedoras las diferencias que encontramos en el color de la piel, el origen nacional o la diversidad cultural. Las diferencias significan pluralidad, no ser mejor o peor. La igualdad entre todos los hombres y mujeres no significa que todos deban verse, hablar y pensar de la misma manera y actuar en forma idéntica. La igualdad no significa uniformidad. Más bien, cada persona debe ser vista en su singularidad como un reflejo de la gloria de Dios y como un miembro pleno y completo de la familia humana.

Entre los cristianos, la exigencia de la unidad es aún mayor porque está arraigada en la gracia, por lo cual el racismo merece una repulsa mucho mayor. Todo el que es bautizado en Cristo Jesús es llamado a llevar una vida nueva en el Señor. El bautismo nos une con el Señor Resucitado y por medio de él con cada persona que sacramentalmente ha muerto y resucitado a una nueva vida en Cristo. Esta unidad, sacramental y real nos reúne en un nivel superior que trasciende lo puramente físico, y esa unidad que todos compartimos a través de la realidad natural de la creación, nos conduce a un nivel superior: el ámbito de la gracia.