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Juventud, compromiso y experiencia detrás de LULAC

Sindy Benavides dirige la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos
DIRECTORA. Sindy Benavides, durante la convención nacional de LULAC.

DIRECTORA. Sindy Benavides, durante la convención nacional de LULAC.

“Cuando una persona desea realmente algo, todo el universo conspira para ayudarle a realizar su sueño”, escribe Paulo Coelho. Eso lo sabe Sindy Benavides, porque él es su escritor de cabecera al que siempre vuelve para mejorar el español. También porque su madre, Walter Tejada y hasta el senador de Virginia y candidato a la vicepresidencia, Tim Kaine, parecen confabulados para que esta joven mujer sea lo que ahora es, directora ejecutiva de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC, por sus siglas en inglés).

Benavides se estremece hasta las lágrimas cuando piensa en esos dardos verbales que salen desde la Casa Blanca y caen directo en la dignidad de los latinos. Sin embargo, sus ojos, que también son el espejo de una raza curtida en la resistencia, brillan y sonríen porque, como fiel devota, cree que “Dios aprieta pero no ahorca” y que prevalecerán los logros del movimiento de los derechos civiles y el respeto a las minorías.

Sus sueños de llegar lejos, a los 22 años, estuvieron a punto de irse al traste cuando Norma, su madre, irrumpió una madrugada en la tienda de campaña a recordarle al entonces candidato a gobernador, Kaine, que su hija “era una Benavides” y que como tal quería saber qué es lo que su pequeña hacía tantas noches fuera de casa.

Sindy quería que en ese momento la tragase la tierra, pero el político le explicó a esta mamá iracunda que en tiempos de campaña el día tiene más de 24 horas. Ella entendió, pero le hizo prometer que si ganaba emplearía a su niña en su administración. Así fue, a sus 23 años estaba en el gabinete en la gobernación.

INFANCIA. La directora de LULAC de pequeña sobre el regazo de su madre, Norma, cuando vivían en Los Ángeles.

Cortesía

INFANCIA. La directora de LULAC de pequeña sobre el regazo de su madre, Norma, cuando vivían en Los Ángeles.

La madre de Sindy había llegado a Los Ángeles en 1984 a reencontrarse con su esposo David cuando la actual directora de LULAC tenía solo un año y su hermano David Jr. tenía dos. De los primeros recuerdos de Sindy en Los Ángeles, acompañando a su madre a recoger latas de soda en las calles, a los años de colegiala repartidos entre los estudios y la limpieza de casas y oficinas, mucha agua ha pasado bajo el molino: se graduó de TC Williams High School, en Alexandria, como la mejor estudiante y con una beca se fue a estudiar humanidades modernas a la Universidad Estatal de Virginia. Su maestría en ciencias políticas la obtuvo en American University.

“La niña de los árboles” la llamaron desde que fue la elegida para darle la bienvenida a su escuela al presidente Bill Clinton. Acababa de ocurrir la masacre de Columbine y a la pequeña se le ocurrió impresionar al mandatario traduciendo lo que su abuelita Zoila América decía: “árbol viejo nunca endereza, hay que enderezarlo cuando está pequeño”. Sus compañeros no entendieron por qué trajo a colación los arbustos y esa experiencia quedó para siempre en el territorio de lo anecdótico.

Benavides (35 años), a quien la revista Forbes el pasado mayo la escogió entre las cinco latinas con mayor capacidad de movilización para las elecciones de noviembre, es una orgullosísima “catracha”, como coloquialmente les dicen a los hondureños, y está contando los días para convertirse en ciudadana americana sobresaliente. La ironía del destino la ha llevado a trabajar en las campañas locales, estatales y nacionales y a empujar la mayor participación de los latinos. Sin embargo, por su condición de residente aún no puede votar.

Una estratega clave

LÍDER. Sindy Benavides, directora ejecutiva de LULAC junto al ex vicepresidente de EE.UU., Joe Biden.

Cortesía LULAC

LÍDER. Sindy Benavides, directora ejecutiva de LULAC junto al ex vicepresidente de EE.UU., Joe Biden.

El país vio hace 10 años a un hombre afroamericano hacer historia. Barack Obama era elegido presidente y atrás de ese triunfo hubo un ejército de estrategas de campaña, Benavides fue uno de esos brazos ejecutores. El gobernador Kaine fue elegido director del Comité Nacional Demócrata, él quería el voto latino y su pupila era la indicada para conseguirlo. ¿Cómo no iba a contar con ella si desde el 2007 le tenía “prohibido” renunciar? La enfermedad golpeó la puerta de la casa de Benavides y ella decidió que lo primero era la recuperación de su hermano menor Nelson. El gobernador le ordenó: “toma tu computadora y vete a trabajar desde el hospital”. Así lo hizo por varios meses.

“Sindy es como la directora de una orquesta en casa y en su trabajo. Siempre destaca pero quiere que el resto brille. La conocí durante una campaña, era una jovencita lista, inteligente, visionaria, muy madura para su edad”, dijo Leni González, una líder latina de Virginia, refiriéndose a la chica que borró la palabra imposible en su diccionario.

Brent Wilkes, quien fue director ejecutivo de LULAC, hace cinco años consultó a González si sabía de alguien para dirigir un programa de movilización y acción cívica. Ella le respondió: “en media hora te traigo a la candidata perfecta”. Se trataba de Benavides.

Esposa y madre

LULAC. Durante la última convención de LULAC, el astronauta José Hernández (izq.), Sindy Benavides (cen.), y su esposo Carlos Suber (der.).

Cortesía LULAC

LULAC. Durante la última convención de LULAC, el astronauta José Hernández (izq.), Sindy Benavides (cen.), y su esposo Carlos Suber (der.).

Estar casada con Carlos Suber y ser madre de Víctor (3) y América (1) no ha sido un freno para seguir reclamando espacios y oportunidades para los latinos. Si no hay otra opción, el niño corretea por los pasillos de las oficinas de LULAC y la niña tiene un corral lleno de juguetes. También se suman a las marchas, porque desde ya deben saber que las personas son tan importantes como las acciones. “Por algo Dios me puso aquí y a esta hora, tenemos que trabajar por los que no tienen voz”, aseveró Benavides.

Como dice González, “en estos momentos que estamos tan golpeados, necesitamos jóvenes con la fortaleza de Sindy para que con su pensamiento disciplinado marquen un nuevo camino”. Para eso se sacrificaron su padre David, del perito contable hondureño, que vino a Estados Unidos a trabajar en fábricas y a limpiar autos; y su madre Norma, la enfermera que reemplazó el estetoscopio y el tensiómetro por trapeadores y toallas de limpieza. Ahora su hija Sindy y sus tres hermanos, contribuyen a construir un nuevo país.