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Tiger Woods se reconcilia con su mejor juego

El del Masters fue uno de esos títulos que se celebra con mayor emoción que el resto
CELEBRACIÓN. Se puso la tradicional chaqueta verde de campeón

CELEBRACIÓN. Se puso la tradicional chaqueta verde de campeón

A los campeones no se les puede dar por vencidos. No importa cuánto tiempo haya pasado desde su último éxito, simplemente no se puede les puede apartar de buenas a primeras. El miedo al fracaso, ese silencioso enemigo que suele rondar a cada figura y que los más grandes son capaces de espantar con grandes resultados, solo fortaleció a Tiger Woods en Augusta, donde el 14 de abril concretó una victoria histórica en el Masters, para sellar su quinto título en el Grand Slam más importante del golf y su Major número 15 de por vida en el profesional.

Fue uno de esos títulos que se celebra con mayor emoción que el resto. Fanáticos, comentaristas, incluso rivales aplaudieron a esa leyenda viviente a quien su propio físico desplazó un buen rato, sumergiéndolo en un mar de lesiones que pusieron en duda su continuidad en la disciplina, pero que jamás fu mayor a su hambre de gloria. Woods no le debe nada al golf. No tiene nada que demostrar. Pero cuando no existe otro norte que ganar, tarde o temprano el trofeo de campeón estará en las manos del referente.

Toda una vida

Tiger no obtenía una corona de este tipo hace 11 años, cuando se quedó con el Abierto de los Estados Unidos. Era 2008, año en que todavía no existía competencia para el nativo de California. El niño mimado del golf continuaba sumando capítulos a una carrera en la que para ese momento, con 32 años de edad, ya sustentaba con buenos resultados su defensa sobre quién era el mejor golfista de la historia. El debate era impensado: Jack Nicklaus, Gary Player, Walter Hagen. El carrusel de nombres se reduce cada vez más con cada batalla de Woods, quien para esa etapa ya se ponía por encima de muchos.

Hoy la discusión parece que solo tiene en él y Nicklaus a sus verdaderos competidores. Sí, las comparaciones y charlas de este tipo suelen ser odiosas, pero luego de lo que el californiano hizo en Augusta es menester que los puntos en entre uno y otro sean puestos sobre la mesa.

La distancia más amplia para el sempiterno Nicklaus entre un Major y otro es de seis años, cuando en 1980 ganó el PGA y en 1986 se colocó la chaqueta verde del Masters. Es ahí, en Georgia, donde los nombres de sus ganadores se vuelven inolvidables.

Las señales del campeón

Aunque pueda verse como algo fuera del libreto, que Woods alzara los brazos en Augusta tampoco puede ser sorpresivo. Desde lo más frío del análisis, es correcto ver el patrón que le permitió hacer de la cita que bajó su telón el 14 de abril un reto superado con éxito. La situación parte desde el pasado reciente, con su grata actuación en los el Abierto Británico y el PGA, los dos último Grand Slams del calendario y en donde el año pasado abrió los ojos de muchos para traer esperanza de una celebración cercana.

En territorio británico finalizó empatado en la sexta casilla. En el evento por excelencia del viejo continente, donde los fuertes vientos están a la orden del día para arruinar los golpes de los atletas, fue el italiano Francesco Molinari el campeón; no obstante, por las praderas del Carnoustie Golf Links se hablaba más de un viejo conocido que había vuelto a mostrar las garras: Tiger Woods. En Escocia, el norteamericano culminó su accionar con cinco golpes bajo par, apenas tres por debajo de lo que el trasalpino alcanzó para mandar en el curso.

La noticia de la semana, tal vez del mes, entendiendo que no todo estaba perdido para el hombre que llevó a los ojos de desconocidos a enfocarse en un deporte donde la precisión y el silencio mandan sobre la vehemencia de otras disciplinas. Woods es cultura pop dentro de un mundo pragmático y elaborado con todos los detalles. Nadie hizo de este un espacio tan popular.

Si en Gran Bretaña las muestras de mejora eran prometedoras, en el PGA todo aumentó de manera drástica. El último grande del almanaque se celebró en el Bellerive Country Club, de Misuri, escenario que puso en lo más alto a Brooks Koepka con un sólido -16 en su acumulado desde el jueves. Un poco más atrás figuró Tiger con dos golpes más en los cuatro días de acción.

Todo estaba claro: la maquinaria del enorme Tiger Woods estaba volviendo a andar en la marcha más alta. Cuando eso pasa, sus rivales solo deben hacerse a un costado, así como en Augusta, no algo voluntario, por supuesto, simplemente es remar hasta donde se pueda cuando se comparte campo con una leyenda viviente del deporte.

Todos con él

Con el pasar de las jornadas en Georgia, los presentes sabían que podían ver historia. Con un arranque de 70 golpes, el de Cypress ni se asomaba entre los 10 mejores, una tarjeta que otros nueve golfistas firmaron en el primer día de acción, cuatro por encima del líder para aquella fecha, Bryson DeChambeau.

El día dos, mejores sensaciones. Woods cerró con dos golpes menos, pasando con comodidad el corte, en un ataque feroz para hacer del fin de semana su etapa predilecta. El hombre de los días domingo, el de la franela roja para acabar con cada torneo, volvía a cumplir con ese patrón de los dos Majos anteriores.

El sábado, 67 golpes. Pese a que no había manera de detenerlo, aún había un elemento a superar, Molinari, líder para el último día de acción.

El golf te premia de dos formas: superando tu propio juego o viendo al de al lado derrumbarse. Normalmente, los más grandes son su propia competencia, pero si el contrincante se agrieta, también deben aprovecharse esos momentos. Eso hizo Woods, quien vio lo peor del italiano en la jornada final, aquella en la que se forjan los campeones.

El día en que no debía fallar lo hizo, con 74 golpes, despidiéndose de sus opciones mientras sus seguidores mejoraban hoyo a hoyo.

Sin desacelerar y con 70 golpes para finalizar con -13, Woods volvía a sonreír en un título muy distinto al del resto, ese que por el tiempo que pasó entre uno y otro le quitó un enorme peso de encima. Atrás quedó la polémica, sus lesiones, las críticas y los fantasmas del retiro. Hoy, con 43 años de edad encima, todos celebraron su victoria. En las gradas de cada hoyo de Augusta el protocolo era distinto. El evento por excelencia del golf vio al aliado del éxito volver a ponerse la prenda sagrada por quinta oportunidad, una que nunca dejó de pertenecerle, solo perdió el norte en medio del caos.

Tiger Woods protagonizó, aún con mucho por ver, una de las mejores historias del año en el deporte. Al final del día, si ese deseo de descansar llega a proyectarse en su mente, no habrá mayor final feliz para él.