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República Dominicana, paraíso para buenos y villanos


Geovanny Vicente Romero | 5/9/2019, 12:20 a.m.

Muy bien lo expresa su eslogan turístico, la República Dominicana “lo tiene todo”. En el universo de ese “todo”, se encuentra la muy famosa hospitalidad de los dominicanos y dominicanas. El gran poeta Pedro Mir dijo “hay un país en el mundo colocado en el mismo trayecto del sol… en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol”. Quisqueya, como también se conoce al país, es una tierra de gente que abraza al visitante y lo hace sentir suyo y como en casa, le canta a son de bachata y merengue y le entrega lo mejor que tiene: su gente.

Sus paradisíacas playas como la de Bahía de las Águilas y sus ciudades encantadoras que van desde la que fue el primer asentamiento europeo en las Américas –la capital, Santo Domingo– hasta Punta Cana cuya fama hace que le consideren un paraíso terrenal, así como el efecto del crecimiento económico del país, no solo atraen turistas e inversionistas extranjeros, también a dictadores despreciados por el resto del mundo.

La hospitalidad e intermediación dominicana ha llevado a la nación caribeña a desempeñar un rol importante en la resolución de conflictos internacionales. Lo vimos en 2008 cuando se generó una crisis diplomática entre Colombia, Ecuador y Venezuela, también conocida como la Crisis Andina. Colombia, persiguiendo a las FARC, penetró al Ecuador sin previo aviso y se desató una tensión de dimensión regional. Fue en República Dominicana, con la intermediación del entonces presidente Leonel Fernández, donde se llevó a cabo la Cumbre de Río, donde los presidentes involucrados se dieron un apretón de manos y el conflicto quedó desactivado. Años más tarde, sería este mismo país el que serviría de sede neutral para los procesos de diálogos entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición venezolana.

¿Qué pasa cuando todo el mundo —por supuesto, incluyendo tus aliados y antiguos amigos— te cierra las puertas? ¡Necesitas encontrar otro lugar dónde tocar el timbre para pedir ayuda!

El ejemplo más ilustrativo de esta interrogante nos transporta hacia Asia Occidental y Medio Oriente. En 1979 Mohammad Reza Pahlavi, mejor conocido como el shah de Irán, fue derrocado por la Revolución Islámica liderada por el ayatolá Jomeini. Ya para ese entonces el shah era considerado uno de los hombres más ricos del mundo —el petróleo iraní en su apogeo—, el principal aliado de los estadounidenses en el Golfo Pérsico y amigo de los líderes mundiales de la época, terminó sus días humillado por el rechazo a un santuario digno que le permitiera tratarse el cáncer linfático que le afectaba ya en etapa terminal.

En un período de año y medio, países como Marruecos, Bahamas, Ecuador, México, Estados Unidos, Panamá y finalmente Egipto fueron visitados por el shah y su esposa, en algunos casos con ayuda del magnate David Rockefeller. Fue en Egipto, donde fueron acogidos por el presidente Anwar el-Sadat. Un verdadero nómada, por no decir apátrida. ¿Cuál era el problema? Nadie quería meterse con los ayatollahs de Irán, especialmente después de la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Teherán y la amenaza que Jomeini lanzó al país que se atreviera recibir al shah.