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Opinión | La política exterior de las amebas

El gobierno argentino debe saber que en ningún lugar de América el terrorismo internacional ha llegado tan alto en la estructura del Estado como en Venezuela
POLÍTICA. Alberto Fernández recibió facultades especiales por el Congreso para gobernar durante 2020.
Foto: Efe/Juan Ignacio Roncoroni

POLÍTICA. Alberto Fernández recibió facultades especiales por el Congreso para gobernar durante 2020. Foto: Efe/Juan Ignacio Roncoroni

“Señora presidenta, leímos con detenimiento el informe y las recomendaciones. Compartimos con la intervención conjunta pronunciada por Perú, la profunda preocupación por la situación de los derechos humanos así como por la grave crisis política, económica y humanitaria que padece Venezuela”.

Así lo dijo el embajador argentino ante los organismos internacionales en Ginebra. Lo cual provocó la reacción en manada del kirchnerismo, derivando en los rutinarios balbuceos pseudo-ideológicos del gobierno.

La nomenclatura kirchnerista se formó de inmediato para fustigar a Alberto Fernández, presidente de Argentina. Militantes varios, un empleado de Telesur que hace las veces de periodista y el designado embajador en la OEA, entre otros, salieron a desautorizar al presidente.

Todo esto es elocuente evidencia de la licuación de la autoridad presidencial. Fernández es cuestionado por miembros de su propio gobierno en programas de la cadena de propiedad del régimen chavista.

Bajo fuego amigo, el Presidente tuvo que salir presuroso a desdecirse con sus acostumbrados peros, sin embargos y no obstantes. Aclaró que su interés era preservar los derechos humanos en cualquier parte del mundo y que jamás cuestionó la legitimidad de Maduro como presidente. Mientras tanto, también le llegó fuego por el lado de Sergio Massa, presidente de la cámara de diputados, quien dijo que en Venezuela hay una dictadura. Esto es lo que ocurre cuando se desafía el principio de no-contradicción. Alberto Fernández pretende que una proposición y su negación sean ambas verdaderas al mismo tiempo. Ello es materia de exquisitos debates en filosofía, pero no en política. Allí su costo es en credibilidad.

Fernández gobierna como malabarista, pero con demasiadas bolas en el aire. Tantas que Jorge Arreaza, el canciller de Maduro, salió a agredir a Massa en el estilo característico de la mafia criminal bolivariana. Nótese el descalabro institucional en curso, pues a esta altura no queda claro si Arreaza ayuda o daña al presidente Fernández.

Y al final resultó que la frase pronunciada en Ginebra era solo un guiño a la Administración Trump esperando un gesto hacia los acreedores. O sea, la defensa del principio universal de los Derechos Humanos no era tal, solo se trataba de una calculada maniobra.

Puesto de otro modo, el gobierno argentino espera un canje. Su “profunda preocupación” por Venezuela—a todas luces, insincera—a cambio de que el gobierno de Trump le resuelva la crisis de la deuda.

Quienes hacen de portavoces para la coyuntura, por su parte, repitieron que Argentina no es un “enemigo de Estados Unidos” y que Fernández solo tiene problemas con la OEA y con Almagro, quien es “hombre de Estados Unidos”. Si Almagro tiene el apoyo de Estados Unidos, es por haber denunciado, antes que nadie en el hemisferio, los crímenes de Maduro, de los carteles y terroristas que lo apoyan y financian, y de la dictadura cubana que le provee discurso e inteligencia.

Cuesta creer que Alberto Fernández ignore que el pasado 26 de marzo el Departamento de Justicia de Estados Unidos imputó a altos funcionarios del chavismo y ofreció recompensas por información útil para su captura. Allí están acusados Nicolás Maduro y 14 más. El expediente detalla la asociación de la dictadura venezolana con el Cartel de los Soles y las FARC disidentes en lo que se caracteriza como “narcoterrorismo”.

El gobierno argentino debe saber que en ningún lugar de América el terrorismo internacional ha llegado tan alto en la estructura del Estado como en Venezuela. Alcanzaría con que se informen de los diez mil pasaportes vendidos en el consulado venezolano en Damasco, entre 2008 y 2009, y que terminaron en manos de Hezbollah. El Ministro del Interior era Tareck El Aissami, hoy vicepresidente y uno de los 15 imputados el 26 de marzo.

Quizás tampoco estén al tanto que el pasado 27 de mayo el exdiputado venezolano Adel El Zabayar fue imputado por autoridades del Distrito Sur de Nueva York y la DEA por narcotráfico y terrorismo. Se detalla que siguiendo directivas de Diosdado Cabello, numero dos del régimen, intentó reclutar elementos de Hezbollah para llevar adelante ataques en suelo estadounidense con apoyo del régimen iraní.

Para cualquier nación, su prioridad de política exterior y defensa es siempre garantizar la paz y la seguridad. Argentina fue blanco de Hezbollah y continúa siendo altamente vulnerable al terrorismo. Sin embargo, su gobierno es aliado del régimen que alberga y promueve dichas operaciones terroristas en el hemisferio occidental.

Pero así es la política exterior de las amebas, organismos unicelulares que carecen de pared celular y se alimentan por medio de fagocitosis. Las especies de este género viven en agua o en tierra.

Publicado originalmente en Infobae



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