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Opinión | Los republicanos y el culto a la barbarie en el segundo juicio político a Trump

Esto ni siquiera huele a “revolución”, sino a una absurda involución
CONFLICTO. Presidente de Estados Unidos, Donald Trump

CONFLICTO. Presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El oscuro capítulo que representa la presidencia de Donald Trump en la historia de Estados Unidos lamentablemente no culmina ni con su juicio político en la Cámara Baja, por segunda ocasión, ni con su salida de la Casa Blanca la semana entrante.

El daño que le ha hecho a este país y a su historia reciente, esa que despuntaba para convertirlo en una nación de vanguardia en el Siglo XXI, con una política de plena inclusión, de acuerdo con su nueva demografía multirracial, ha sido tan profundo que su sociedad tendrá que esperar hasta que sanen todas sus heridas, para después retomar el camino que le sea más propicio. Mientras tanto, por supuesto, otras naciones del mundo lo rebasarán en ese sentido, perdiendo la batuta en todos los terrenos.

En efecto, Trump y su legado de extremismo, racismo y falsedades están tatuados en el Partido Republicano y sus líderes, quienes durante los pasados cinco años, desde que anunció sus intenciones de buscar la nominación presidencial, se dedicaron a justificar y defender sus excesos, a hacerse de la vista larga y, ante su derrota en noviembre de 2020, perpetuaron la mentira del “fraude electoral”; al punto de echarle leña al fuego con los extremistas fanáticos del culto al todavía presidente, que asaltaron el Capitolio el 6 de enero, causando cinco muertes.

En esas acciones, por cierto, no se vio justificación histórica ni política alguna. Lo único que se pudo apreciar fue a una turba siguiendo las órdenes de un xenófobo al que no le importa nada ni nadie —ni sus mismos seguidores— y a quien lo único que le ha interesado es crear este caos para evitar ser enjuiciado por todos y cada uno de los delitos que ha cometido, incluyendo este ataque al Capitolio.

De hecho, si se mira bien, esto ni siquiera huele a “revolución”, sino a una absurda involución de esa parte de la sociedad estadounidense que es incapaz de distinguir el bien del mal. Es, de hecho, producto de una profunda ignorancia política de ese segmento social que en lugar de impulsar un cambio para erradicar toda esa putrefacción que representa el racismo, la discriminación, la xenofobia y el sentimiento antiinmigrante, ha preferido el doloroso camino de vuelta hacia los inicios de esta nación: la defensa de la supremacía blanca.

Así, durante el debate sobre el jucio político a Trump en la Cámara Baja por incitar una insurrección, fue detestable ver a sus habilitadores republicanos haciendo llamados a la “unidad” y la “reconciliación”, cuando durante cinco años fomentaron división, mentiras, teorías conspiratorias, ataques personales y política de cloaca, en aras de defender a un “líder” que les favoreció políticamente, aunque tuvieran que empeñarle, como lo hicieron, el alma al diablo.

Ha sido realmente bochornoso ver cómo los valores republicanos ya no tienen cabida en esta nueva forma de hacer política en función de un supremacista, en lugar de hacerlo en favor de una Constitución y de todo un pueblo que había mantenido la estabilidad democrática, a pesar de todo.

De manera que la pregunta que muchos nos hacemos es qué pasará con el Partido Republicano. Porque ahí todos están embarrados, incluyendo la plana mayor. Los que ahora vienen a hacerse los indignados por la violenta intentona de golpe de estado que Trump fomentó e incitó darían risa si las consecuencias de sus despreciables actos no fueran tan serias.

No hay que olvidar que tras el violento asalto, 139 republicanos en la Cámara Baja y 8 en el Senado votaron para perpetuar la mentira de que hubo fraude en la elección del 3 de noviembre. Su traje de “paria” les está quedando muy bien, tal como a su líder y a su propia familia.

Porque no fue hasta que las imágenes y videos de los bárbaros de Trump le dieron la vuelta al mundo y hasta que grandes corporaciones comenzaron a retirarles su apoyo —para no estar vinculados con un presidente y un partido que promovieron el pisoteo a la Constitución con el fin de cambiar los resultados de una elección legítima—, que algunos líderes convenencieros comenzaron a tratar de distanciarse del presidente.

Pero ya es demasiado tarde. Sus nombres, su respaldo permanente a la evidente barbarie política que se instaló en la Casa Blanca, no los dejará dormir por el resto de sus días. “¿Pero qué hice?”, se preguntarán: Casi nada: traicionar a su propio país.

¿Cómo se purga el Partido Republicano de Trump cuando el partido es Trump? ¿Creen que con Trump fuera de la Casa Blanca es borrón y cuenta nueva? ¿Se llevará Trump a su turba y formará su propio partido? ¿Creen los líderes republicanos que todos tenemos amnesia colectiva y no recordaremos cómo abrazaron a Trump y sus mentiras, sus políticas públicas prejuiciosas, sus falsedades, sus locuras?

Dicen que las sociedades no tienen memoria. Este axioma esta vez se equivoca. El apellido Trump y el Partido Republicano quedarán unidos para siempre e inscritos en las páginas más oscuras de este capítulo, de este nuevo “momento americano”.

Y es cierto que algunos republicanos sensatos abandonaron el partido, otros han condenado a Trump. Pero, ya sabemos, una golondrina no hace verano.

Para muestras, un botón. Solamente 10 republicanos de la Cámara Baja votaron con todos los demócratas para enjuiciar políticamente a Trump; 197 republicanos, fieles a Trump, votaron en contra. Este presidente ha devorado a su partido.

El mal, como se ve, se junta con el culto a la barbarie.



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