Cebú (Filipinas)—Cientos de niños y adultos, con mensajes de socorro en mano, flanquean la carretera que lleva al norte de Cebú, una región de Filipinas duramente azotada por el tifón Haiyan, pero que ha pasado desapercibida debido a la gran tragedia de la ciudad de Tacloban.
“¡Ayuda, por favor!”, “Necesitamos agua y comida” o “Tenemos hambre” son algunos de los mensajes que se pueden leer en los improvisados carteles que sujetan con paciencia los residentes y que agitan frenéticamente al paso de cada coche. A diferencia de la calzada que dirige a la ciudad de Tacloban, la carretera hacia el norte de Cebú ha quedado prácticamente despejada, pero por ella pasa muy poca ayuda humanitaria.
“Nos hemos quedado sin nada. No tenemos casa, ni comida, ni agua”, cuenta Marcelina Amadeo, una abuela que acoge en su humilde hogar, ahora inhabitable, a una decena de niños.
“Ahí vivíamos doce personas”, dice apuntando al suelo, donde están amontonados los cuatro paneles hechos con palmeras que suelen formar las paredes de las casas filipinas tradicionales.
Una de sus vecinas, Susana Morales, explica exasperada que ella y su familia están en la misma situación.“Aquí estamos todos igual. Unos miembros de la familia se dedican a reconstruir la casa, mientras los niños generalmente se ponen en la carretera a pedir ayuda, por si los coches que pasan nos pueden dar agua o un poco de comida. Lo que sea”, concluye.
Tifón Haiyan: los retos del auxilio

AYUDA. Marines de Estados Unidos ofrecen socorro en Tacloban.
El Gobierno de Filipinas y la comunidad internacional trabajan para asistir a las víctimas que, sin agua ni comida, esperan desesperadamente la llegada de ayuda humanitaria.
Los equipos de rescate avanzaban con dificultades para hacer llegar más materiales de primera necesidad y personal médico hacia las zonas más afectadas, como Tacloban, en la provincia de Leyte, donde varias carreteras siguen cortadas.
El presidente del Consejo para la Gestión y Reducción de Desastres filipino, Rene Almendras, dijo que “se exploran todas las alternativas” para enviar una ayuda cuyo volumen “es tan grande que no podemos moverla toda por vía aérea”.
Almendras indicó a Radyo Inquirer que varios aviones C-130 de las fuerzas aéreas filipinas y otros facilitados por Estados Unidos vuelan directamente a Tacloban pero que el grueso de la ayuda tiene que distribuirse desde el aeropuerto internacional de Cebú.
También encuentran dificultades organizaciones como Médicos Sin Fronteras (MSF), que desde el sábado dispone de un equipo de 23 personas en Cebú.
“Es una pesadilla logística”, indicó MSF en un comunicado.
La Organización Mundial de Salud (OMS) calificó el desastre con categoría 3, el nivel más elevado, equiparando la devastación causada por “Haiyan” a la del tsunami del Índico en 2004 o el terremoto que asoló Haití en 2010. La ONU instó a la comunidad internacional a enviar ayuda por valor de $301 millones para desarrollar la respuesta de emergencia durante seis meses.
Hasta las iglesias en esta zona de Filipinas, un país fervientemente católico, están prácticamente desiertas.
“El Gobierno sólo nos ha dado 2 kilos de arroz, y eso únicamente nos da para un desayuno, una comida y una cena. Un día. Y después, ¿qué se supone que tenemos que hacer?”, exclama Genoveva Avalde. Mientras, en el pueblo costero de Daanbantayan, el paisaje es de desolación. La vivienda de Sosima Buchon sufrió las consecuencias de Haiyan.
“Después del tifón, salí a la calle y vi que mi casa ya no existía. En esos momentos no sabes si reír o llorar, porque parece increíble que pueda pasar algo así”, afirma Buchon. “El problema es que nunca vamos a tener dinero como para construir una casa de ladrillo, y el próximo tifón que venga se volverá a llevar nuestra casa”, concluye.
En el lento recuento oficial de víctimas, las autoridades hablan de 2.275 muertos, 3.300 heridos y casi 7 millones de afectados a causa del tifón que asoló Filipinas el pasado viernes 8 de noviembre.