Le hacía la misma pregunta a cada una de las novias que me contrataban como dama de honor para sus matrimonios. La pregunta no era acerca de sus miedos frente al día más importante de sus vidas o de cuánto dinero tenían para su presupuesto. Mi pregunta era ¿cómo habían conocido a su prometido?

Por una parte me interesaba ya que era una buena manera de establecer conversación con alguien que no conocía y que me había contratado para que fuera su dama de honor por un día. Y por otra parte parte quería saber por razones propias. He estado soltera durante casi todo el tiempo que hecho este trabajo.

Sus respuestas eran parte de mi investigación de cómo ellas habían hecho para conseguir algo que yo no había logrado aún – una relación amorosa y de apoyo mutuo. Supuse que escuchar acerca de sus encuentros románticos me daría la inspiración y motivación suficiente para abrirme a salir en citas.

Pero después de un tiempo, sus respuestas empezaron a caer únicamente en tres categorías:

Aquellas que habían conseguido a su media naranja en la secundaria o la universidad, oportunidad que yo claramente ya había dejado pasar.

Las que habían conocido su prometido en el trabajo, lo cual en mi caso no era porque trabajaba por mi cuenta desde la sala de mi casa.

Los que se habían conocido a través del “cuento de hada moderno”: eligiendo su profile en una App móvil Ya había intentado eso, una y otra vez, sin ninguna suerte.

Luego de haber hecho la pregunta más de 40 veces en dos años, estaba esperando el momento de escuchar una respuesta diferente que pudiera ayudarme a acabar con mi reputación de “la soltera” dentro de mi grupo de amigos. Se podría decir que la frase “siempre la dama de honor, nunca la novia” me aplicaba literalmente.

Finalmente esto ocurrió el febrero pasado cuando me encontraba sentada frente a una de mis clientes en un café del Upper West Side.

“Cuéntame, ¿cómo se conocieron tú y tu prometido?”, pregunté pensando en qué categoría caería la respuesta.

“Gamifiqué mis citas” (o Me tomé las citas como un juego), me respondió mientras tomaba un sorbo de su café.

“¿Qué significa eso?” contesté.

“Decidí unirme a JDate y planificaba cuatro citas cada sábado. Hice una tabla, clasificaba los chicos de acuerdo a mis preferencias, reducía la lista a un “top cinco” y elegía al mejor. Me tomó solo un mes conocer a mi prometido”

“¿Tenías cuatro citas al día?” pregunté, pensando en cómo había tenido la energía para hacerlo.

“Sí. Cada cita era de 30 minutos. Cuando se terminaba, daba una vuelta alrededor de la cuadra y volvía para encontrarme con mi próxima cita”.

Ahí estaba yo, hablando con alguien que veía el hecho de salir con alguien como si fuera salir a comprar un automóvil, y aún así me intrigaba la técnica. Parecía un reto agotador pero divertido. Empecé a pensar en si yo podría resistirlo.

“Es un juego de números”, me dijo.

Sabía que tenía razón. Salir en una cita cada seis meses no estaba ayudando a mis probabilidades de conseguir algo que valiera la pena. Después de esa reunión, pasé todo el camino a mi casa bajando de nuevo Apps de citas que había eliminado de mi celular. Me iba a proponer ir a 14 primeras citas en el mes de febrero.

Me puse algunas reglas: le iba a decir que sí a todos los chicos que me invitaran a salir y yo tenía que invitarlos a salir uando sintiera el deseo de conocerlos en persona. Las citas no podían durar más de 45 minutos, y si después de esa primera cita no sentía emoción por verlo otra vez no accedería a un segunda cita.

Dos día después tuve la cita No. 1 con un chico que pasó la mayor parte del tiempo viendo su celular y la pantalla de la televisión. Después de 45 minutos pedí educadamente la cuenta y me fui a casa a coordinar la cita No. 2 para la noche siguiente. Para ese mismo sábado tenía ya agendada cuatro citas, cada una de ellas a dos cuadras de distancia.

La primera cita de ese día fue con un hombre mucho mayor que yo, por lo que no tuvimos tema de conversación. La segunda, fue con un fanático de Donald Trump que pasó toda la cita pretendiendo que era su jefe de campaña. La tercera fue con uno que solo me habló del modelo de negocio de Uber, y ya para la cuarta estaba casi dormida.

Las próximas salidas fueron igual de malas: hubo un chico que llegó tarde porque estaba drogándose, otro que solo habló acerca de cuánto dinero tenían sus padres y otro que no paró de mencionar lo perfecta que era su ex novia.

Cuando se terminó el mes de febrero ya había ido a 14 citas y le quería escribir a la novia preguntándole por qué el experimento le había funcionado a ella y mí no. Borré el perfil que me había hecho y justamente cuando iba a borrar la App de mi celular me di cuenta de que tenía un mensaje nuevo de un chico llamado Adam. Nuestro “match” se vencía en cuatro horas y aún no habíamos hablado. Me había enviado su número de teléfono diciéndome que si leía el mensaje antes de esas cuatro horas le mandara un mensaje de texto.

“De ninguna manera” dije en alto. No estaba tan ansiosa como para ser la primera en escribirle a un hombre. Pero me di cuenta que era solo 1ro de marzo. ¿Por qué no ir a la cita No. 15?

Hace ya aproximadamente 11 meses que conocí a Adam en un café, en una fría tarde de marzo. Me recuerdo haber entrado, lentamente, pensando en todas las maneras en las que la cita podría salir mal. Pero luego pensé – mientras hablábamos de música, los mejores lugares para comer pizza y, por supuesto, mi trabajo como dama de honor por contrato- que había algo distinto acerca de nuestra conversación. No se sentía como otra primera cita. Había dejado de ver el reloj y ya habían pasado los 45 minutos. Estuvimos sentados conversando por 3 horas. Me recuerdo que ese día me fui sin saber si habría una segunda cita pero deseando que la hubiera. Finalmente comprendo que el amor es un juego de números. Un juego en el que tenía que forzarme a conocer gente nueva hasta por fin conseguir a una que se sintiera distinta que las demás.

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