Solo dos semanas de vida le habían dado a Thelma Kouzes tres años atrás, cuando se encontraba en un lugar de cuidados para ancianos. No quería comer y su contextura corporal así lo demostraba. Aparentemente no había más opción que transferirla a otro recinto, donde los abuelitos van a pasar el resto de sus días cuando son desahuciados. El tiempo se acortaba para esta particular mujer, que tiene una importante carga histórica como legado.

Cecilia adoptó a Thelma como su madre americana después de vivir en su casa como estudiante de intercambio
Thelma se siente muy orgullosa de ser parte de la primera generación de inmigrantes, pues nació Audubon, Iowa un 26 de julio de 1917, luego de que sus padres llegaran a EEUU desde Dinamarca. Eso lo deja claro su “hija peruana”, Cecilia Ochoa-Williams, quien la adoptó como su madre americana después de haber vivido en su casa en los años 80’s, al igual que 174 estudiantes de distintas partes del mundo, incluidos latinos, que “Mom Kouzes” (tal como le dicen), tuvo en su hogar después de que su esposo Thomas – hijo de inmigrantes griegos – falleciera.
“Me quedé con ella, porque cada día para mí es una bendición. En abril de 2014 le dio una infección y estuvo en el hospital. Cuando le dieron de alta, la trabajadora social me dijo que no podía regresar a la casa porque debía tener atención médica. Estuvo dos meses en un asilo donde le daban los cuidados necesarios, pero fue muy triste”. No quería comer y prácticamente se había echado a morir.
Fue precisamente Cecilia, quien tuvo que recibir la noticia del probable pronto fallecimiento de Thelma si seguía en esas circunstancias. Sin embargo, ella se negó rotundamente a aceptar la sentencia médica dada a quien, por cierto, había superado un cáncer años atrás. Así que decidió llamar a sus hijos biológicos, Jim y Dick para pedirles llevarse a su madre a la misma casa que levantó desde los años 30’s. Ellos aceptaron y según afirma Ochoa-Williams, la terapia del amor la salvó. Desde entonces viven juntas.
Un gran jardín tiene la casa de “Mom Kouzes” en Fairfax, Virginia, mantenido por una señora que con cierta regularidad llega en su carro convertible y solo se dedica a trabajar. Repentinamente se escucha el ruido de la podadora y ella observa a través de un inmenso ventanal cómo pasa de un lado al otro. “Es una buena mujer”, dice.
Mientras mira al horizonte llegan pájaros, venados y otros animales que disfruta contemplar, ya que hacia el patio también hay grandes ventanas. Definitivamente ha mantenido la oscuridad lejos de su vida y después de que regresó a su casa, esas dos semanas de sentencia mortal, se han convertido en más de tres años. Su cumpleaños número 100 el 26 de julio fue prueba de ello.

Hace tres años, el ex presidente Obama y la Primera Dama, le enviaron un reconocimiento especial a Thelma
En su corazón pareciera que solo hay espacio para el amor. Desde temprana edad dedicó su tiempo a luchar por los inmigrantes y aportar a su comunidad al Norte de Virginia. Las causas justas fueron su motivación; así lo han reconocido decenas de personalidades e instituciones con placas de agradecimiento. Ochoa-Williams sostiene en sus manos una enviada por el ex presidente Barack Obama y su esposa. También muestra su biblioteca, llena de libros, algunos firmados por otros Jefes de Estado y escritores.
Cuando llegó a DC en 1938, Thelma trabajó para el gobierno de Franklin Roosevelt, pero la primera semana en la localidad jamás pudo olvidar una experiencia que la marcó. Al sentarse en la banca de una iglesia, vio que de un lado se leía “solo blancos”, mientras el lugar opuesto estaba confinado para las “personas de color”, como decía el letrero. Eso la indignó, pero al hablar con el reverendo, solo obtuvo como respuesta que la segregación era legal.
Allí empezó su lucha por los derechos civiles, gracias a la cual marchó junto a Martin Luther King e incluso a mantuvo contacto con líderes como Thurgood Marshall, Barbara Jordan, y Edward Brooke, entre otros. Tampoco dejó a un lado su admiración por grandes mujeres de la historia. De hecho, aún conserva todo un estante lleno de muñecas de heroínas y mujeres que han dejado huella en el mundo.
Además de alojar a jóvenes en su hogar, adoptarlos como hijos y entablar una relación de apoyo incondicional como miembro de organizaciones de intercambio estudiantil, trabajó de la mano de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Sociedad Americana del Cáncer, Madres Americanas y muchas organizaciones más.
Su deseo de construir una sociedad justa también se reflejó en el aporte que hizo a las escuelas públicas del Norte Virginia, pues su labor de activismo junto a centenares de madres de la localidad, impidió que las cerraran. Toda una hazaña para la época y más aún siendo mujer. Ella con mucha humildad dice que no lo hizo ella sola, sino gracias al apoyo del grupo mujeres que estuvo a su lado.

100 años celebrados con una sonrisa que no se borró de su rostro mientras que los invitados la rodeaban
Todos los elementos que aún resaltan en su casa, que fue destruida parcialmente dos veces por fenómenos naturales, tienen años allí. Las fotografías con su esposo, hijos y nietos resaltan desde el blanco y negro hasta llegar al color en las paredes y rincones. Recuerdos de todos los países a los que viajó durante su vida e incluso un cuarto de muñecas que hizo para una nieta adoptiva, hija de refugiados, a quién también acogió en su hogar. Cecilia tiene como labor terminar de organizar los reconocimientos que están dispuestos en la mesa del comedor.
Esta ejemplar mujer, elegida como la “Madre de América” edición 53 en 1988 por la organización “American Mothers”, quien se ganó el corazón de cientos de personas, el respeto de su comunidad y de muchos inmigrantes por los que luchó incansablemente, celebró sus 100 años con una sonrisa que no se borró de su rostro mientras que sus invitados la rodeaban. Aunque ya no escucha bien y le cuesta entender si no le hablan claro y lento, aún conserva una vista impecable. No usa lentes y lee The Washington Post todos los días sin problema. Su mirada tierna se traduce en un amor infinito. Está feliz. El tiempo no pasa en vano, pero el legado queda.