De vez en cuando, el presidente Trump elige representar la oficina de la presidencia, con toda su pompa y poder, aunque solo sea para demostrar que puede hacerlo.
Los momentos rara vez duran mucho, pero son notables cuando llegan: a una reunión internacional en Suiza, durante una ceremonia de la Medalla de Honor o en un discurso ante una sesión conjunta del Congreso.
El primer discurso de Rendición de Cuentas de Trump, hoy martes por la noche será uno de esos momentos, de acuerdo con los empleados de la Casa Blanca que han estado promocionando sus preparativos y mensaje. Dicen que dará un discurso unificador de los valores y el patriotismo estadounidenses, uno que toca todo, desde el recién aprobado plan impositivo republicano y la nueva propuesta de inmigración hasta el comercio, la infraestructura y la seguridad nacional.
La pregunta es si el torbellino de conflictos y desvíos que ha monopolizado gran parte de su primer año en el cargo distraerá del mensaje que está tratando de transmitir.
Después de un año como presidente, Trump ha demostrado ser capaz de leer las palabras de un teleprompter. La ex estrella de la televisión estilo “reality” puede convocar a una actuación para competir con la de Martin Sheen como el aspirante a presidente Jed Bartlet en “The West Wing” cuando lo desee.
Sin embargo, lo que está menos claro es si tiene la capacidad, o incluso el interés, de convertir sus palabras bien entregadas en resultados reales y tangibles, sin auto-sabotear o socavar las mejores intenciones de él y de su equipo.
“No hay dudas de que el presidente Trump puede dar un discurso”, dijo Michael Steel, un estratega republicano. “La pregunta es si tiene la disciplina para convertir sus palabras en políticas que ayuden al pueblo estadounidense, y cuándo lanzará otra tormenta contraproducente en Twitter sobre algo como Rusia, la NFL o Bruno Mars en los Grammys”.
Al igual que la campaña que lo eligió, el tiempo de Trump en el cargo se ha construido en torno a la idea de que lo que la nación necesita ahora es un líder ciudadano, no otro político, y que su papel principal es el de crear alteración.
“Es muy fácil actuar como presidente, pero eso no basta”, dijo Trump en un mitin en Youngstown, Ohio, en julio.
Sin embargo, una de las razones por las que Trump puede elevar de manera creíble tanto su retórica como la estatura de su oficina en ciertas ocasiones preestablecidas es porque tiene una audiencia dispuesta a creer.
Los republicanos en el Congreso, por ejemplo, están tan preocupados en privado por el impetuoso líder de su partido que se aferran a cualquier rasgo de normalidad, repitiéndolo como un mantra para asegurarse de que Trump puede, de hecho, estar a la altura del comandante en jefe.
Muchos partidarios de Trump, también dicen que desearían que él no twitteara tanto o que quisieran que él actuara de manera más “presidencial”. Incluso muchos demócratas anhelan un retorno a la normalidad, donde una recompensa reportada de $130,000 a una estrella porno que supuestamente tuvo una aventura con Trump -un escándalo infalible en cualquier otra administración- no es descartada como un espectáculo secundario de celebridades menores.
Gran parte del público parece anticipar estos momentos fugaces donde Trump parece entender y canalizar la gravedad y la importancia de la presidencia, y desempeña el papel de un líder tradicional.
El problema, sin embargo, es que Trump hasta ahora ha demostrado ser menos un actor de método que uno capaz de habitar brevemente un papel, antes de volver a su yo más cómodo.
Sus posiciones políticas a menudo son solo nociones temporales, sus llamados a la unidad y la cooperación bipartidista pueden ser contradichos en el mismo día, y su visión ideológica a menudo se ve socavada por las leyes que finalmente firma. Los hechos que usa para defender sus posiciones también prueban ser falsos.
Y nada de esto se presta al papel tradicional del discurso de Rendición de Cuentas (o State of the Union, como se conoce en inglés), que los votantes, legisladores y gobiernos extranjeros consideran como una guía para la agenda política de la nación.
Kathleen Hall Jamieson, directora del Centro de Políticas Públicas de Annenberg en la Universidad de Pennsylvania, dijo que debido a que el State of the Union es un discurso al Congreso constitucionalmente obligatorio, el nivel de expectativa es mayor. La mayoría de los presidentes aprovechan la ocasión para no solo delinear sus metas y promesas, sino también cumplirlas en los próximos meses con políticas, planes e iniciativas detallados.
“¿Ha hecho la Casa Blanca el nivel de trabajo requerido para hacer eso?” Jamieson preguntó. “Si no lo ha hecho, entonces hemos visto una revolución en la forma en que el presidente trata este discurso y su relación con el Congreso. Si el presidente dice, ‘quiero estas cuatro cosas’, y luego no hace un seguimiento con detalles, entonces lanza la pelota al Congreso”.