Pasaban algunos minutos de las 10 de la mañana cuando un fuerte sol castigaba a la Carretera Panamericana – a la altura de Los Chorros- La caravana de más de 300 migrantes salvadoreños caminaba sobre el asfalto caliente. Salieron de San Salvador – de la Plaza al Divino Salvador del Mundo – a las 8 de la mañana. Desayunaron, a medias, en el Parque Daniel Hernández de Santa Tecla y van con rumbo a Estados Unidos.
Buses, carros y camiones les pasan al lado, a menos de un metro y a toda velocidad, pero parece no asustarlos, los niños incluso se divierten la marcha sigue. Los que van al frente llevan toda la energía del mundo, “ya vamos a llegar”, gritan sin dejar de caminar. Los que van atrás luchan por no quedar rezagados.
“Le guste o no le guste al gobierno, nosotros vamos a seguir adelante hasta llegar a Estados Unidos”, dice Nelson Villalobos, de 50 años, desde el frente de la caravana.
“Nosotros queremos conseguir un trabajo, aunque sea humilde, para ayudar a nuestras familias y cambiar nuestra vida”, agrega y se pierde en el grupo.
No le gusta ir atrás, quiere ser el primero en llegar. En San Salvador, él trabaja lavando carros eventualmente.
La caravana mantiene el paso por varios minutos, se apoyan, se ayudan entre ellos pero es evidente que el sol y el cansancio han comenzado a desgastar no solo el cuerpo sino también el ánimo de los migrantes. En el camino, una mujer y su hijo ayudaron al grupo y les repartieron agua y yogur. Se enteraron, en las noticias, que la caravana transitaría por esa carretera y decidieron ayudar.
“Solo quedarnos viendo qué pasa la gente y no hacer nada, no es justo”, dice Guillermo Salazar y su madre saca otras 25 bolsas de agua y sigue entregándola a los caminantes. El agua disipa el calor de los adultos, el yogur distrae la atención de los niños, que hacen buen número de la caravana. Los líderes calculan que al menos 50 infantes los acompañan y varios jóvenes entre los 15 y 17 años de edad, algunos viajan solos, sin sus padres.
Así lo hace José, un adolescente de 17 años que dice alejarse de la violencia y de la falta de oportunidades en El Salvador. La mochila que lleva en la espalda es casi de la mitad de su tamaño. Viene de Chalatenango y nadie lo acompaña, ni familia ni amigos. “Solo, voy a buscar una vida mejor”, asegura sin disminuir la velocidad de sus pasos.
Unos metros adelante, algunos de sus compañeros consiguieron subirse a un Pick Up y eso anima a varios a pedir “aventón” para adelantar unos cuantos kilómetros en el camino. Los automóviles parecen detenerse, pero la mayoría de veces es solo para curiosear. Les regalan agua, una galleta o un pan. Otros les dan dinero o palabras de aliento, que en este punto resultan igual de valiosas.
Con suerte o sin suerte, la caravana sigue. De pronto, un buen grupo de migrantes comienza a correr: un furgón se detuvo y los deja subir. En segundos, unos 70 migrantes – varios niños entre ellos- ya estaban sobre la cama del camión, sin nada que los sostuviera más que sus deseos por seguir adelante.
Pocos siguieron a pie. El furgón llevó al grupo más grande hasta Lourdes, Colón, al sitio conocido como “El Poliedro”, en donde otros 200 migrantes ya esperaban sumarse a la caravana. Varios se subieron al camión, hasta que ya fue imposible subir a uno más. Quienes no consiguieron ir en la cama, se sujetaron de las puertas y los espejos de la cabina del conductor.
En total, unas 150 personas viajaron en la rastra hasta la terminal de Sonsonate, en donde el furgón desviaba su camino y no podía seguir llevándolos. Descansaron, tomaron agua y comieron algo, en tanto esperaban a los que no tuvieron suerte llegaron caminando al lugar.
Ya cerca de la frontera
Algunos hombres tomaron la palabra y sugirieron que, al acercarse la noche, sería más seguro seguir el camino hasta la frontera en autobús. Solicitaron una colaboración de $0.50 o un dólar por persona hasta reunir la cantidad suficiente para pagar dos o tres autobuses que los llevarán a todos hasta el paso fronterizo de “La Hachadura”, limítrofe con Guatemala.
Los buses se llenaron de inmediato, quienes no entraron por la puerta principal, lo hicieron por la parte de atrás y hasta por las ventanas. Todos querían conseguir un asiento para descansar, para entrecerrar los ojos y dormir, quizá hasta para medio soñar. El recorrido duró unos 40 minutos.
La Policía detuvo a los autobuses en dos ocasiones, la primera para que la Cruz Roja le entregara a cada migrante una bolsa con utensilios básicos y agua. La segunda para que agentes de migración revisaran los documentos de cada persona: a los que tenían todo en orden, lo dejaban subir de regreso al autobús; a quienes no, los apartaban, no para detenerlos, sino para intentar disuadirlos que dieran media vuelta pues no podrían ingresar a Guatemala.
Eso le sucedió a José, el joven de Chalatenago que decidió emprender esta travesía a sus 17 años. Uno tras otro, los agentes de migración le narraban los peligros del viaje y le preguntaron constantemente “¿aun así estas seguro de seguir?”. A todas las preguntas, sin dudar, el joven contestó siempre con un “sí”, que sonaba tan determinado como su mirada cuando contestaba y cuando por fin lo dejaron subir al autobús.
“Si no me dejan cruzar, por el río me voy a tirar”, dijo el joven antes de abordar y el autobús siguió su marcha.
Ya en la frontera, el joven fue uno de los primeros en ser detenidos por las autoridades por no presentar los permisos adecuados para que un menor de edad pase a territorio de Guatemala. Se le brindó asesoría y no se le permitió el paso por el punto fronterizo.
Con tristeza en el rostro, José se perdió en el mar de salvadoreños que sí consiguieron cruzar la frontera y en pocos minutos inundaron la ventanilla de control migratorio. Uno a uno fueron atendidos y ya caminaban el tramo entre el punto fronterizo salvadoreño y el guatemalteco. La Policía los vigilaba de cerca pero en ningún momento hubo necesidad de usar la fuerza.
La caravana migrante caminó por varios minutos hasta que comenzó a ser visible la frontera Pedro Alvarado, el último punto migratorio antes de transitar libremente a Guatemala. Entre más se acercaba el grupo, se volvieron evidentes los uniformes militares y las dos tanquetas de la Fuerza Armada que custodiaban el lugar. “No suelen estar aquí, han venido por los migrantes”, le dijo un lugareño a los que iban al frente de la caravana.
Ellos detuvieron el paso por un par de minutos y al ver que no hubo reacción de los soldados, decidieron avanzar. Los militares solo los observaron, alertas ante cualquier acción sospechosa pero sin intervenir en su recorrido.
“No hemos venido a eso, nuestra orden es estar presentes”, dijo uno de los soldados y la caravana seguía pasando. Los migrantes presentaron sus documentos y en segundos ya contaban con la legalidad necesaria para caminar por Guatemala. El mismo soldado calculó que el grupo pasaría la noche en algún poblado de Esquintla y que tardarían unos cuatro días en alcanzar la frontera de Tecún Umán, en donde comenzaría su trayecto por México. La travesía salvadoreña apenas comienza.
Por ElSalvador.com