Sus historias son tantas como los pasos que ya dieron sobre la ruta que los acerca al ansiado sueño americano y los aleja de la pesadilla del país que los vio nacer. Duermen en parques, plazas y albergues por todo el sur de Guatemala.
En la ruta que sigue la caravana de salvadoreños, unos kilómetros antes de llegar al paso fronterizo de La Hachadura, limítrofe con Guatemala, una cuadrilla de no menos de cuarenta agentes de migración de El Salvador detuvo a todo vehículo que transportara migrantes con la excusa de revisar sus papeles de tránsito y la intención real de disuadirlos de su travesía. Absolutamente todos hicieron caso omiso de la advertencia y continuaron con su recorrido.
Ya en la frontera, los salvadoreños entraron por docenas para ser atendidos en las únicas tres ventanillas habilitadas para el registro aduanero. En pocos minutos, la fila daba la vuelta al edificio. Según datos oficiales de la Dirección de Migración y Extranjería, hasta las 04:30 p.m. del miércoles 31 de octubre, un total de 1,351 salvadoreños ingresaron a Guatemala como parte de la segunda caravana de migrantes. 630 lo hicieron por la frontera La Hachadura y 721 por San Cristóbal. En este último paso fronterizo, fueron 80 las personas que se registraron con problemas en su documentación. En La Hachadura fueron 63.
El Diario de Hoy pudo constatar que los viajeros que no contaban con su documentación en orden fueron separados del grupo y regresados a San Salvador. Además, se supo de la llegada, al puesto migratorio de La Hachadura, de tres autobuses provenientes de México, en donde se transportaba a migrantes salvadoreños deportados, presuntamente integrantes de la primera caravana, que partió el domingo anterior.
El amigo de Luis Perdomo, de 24 años, fue separado del grupo por presentar irregularidades en su documentación: intentar cruzar la frontera con un DUI vencido. Luis esperaba que su compañero de viaje resolviera el trámite legal sentado en una de las aceras de la aduana. Los dos amigos viajan desde Jiquilisco. Luis dejó en El Salvador a su esposa y sus tres hijos. En Jiquilisco, él se dedica a la panadería y, cuando el dinero no alcanza, trabaja como barrendero. “Es difícil, pero vamos para adelante”, dice y sostiene entre sus manos la bandera azul y blanco de El Salvador.
El joven padre confiesa que no teme perder la vida en el trayecto y que el riesgo vale la pena si el resultado será que sus hijos tengan una buena educación. Asegura que en cuanto consiga cruzar la frontera de Estados Unidos y logre establecerse, hará lo posible por mandar a traer a su familia. “A mis hijos no les dije, no pude decirles que me iba”,dice: ellos tienen 3, 6 y diez años. “Creen que estoy trabajando lejos”, agrega. “Les voy hablando por teléfono para que no se olviden de mi voz”, añade y el llanto se le asoma a los ojos. Vuelve y se sienta en la misma acera que hace rato, la espera será larga, su amigo tuvo que regresar a Sonsonate para renovar su documento de identidad.
Fuente: El Salvador