Faltan 618 días para las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Esto equivale a un poco más de veinte meses para el martes 3 de noviembre de 2020, cuando los estadounidenses tengan que acudir a las urnas a elegir al sucesor de Donald Trump o, si así lo deciden, a otorgarle a este un segundo periodo al frente de la Casa Blanca.
Puede parecer que es muy temprano para discutir los prospectos electorales en los Estados Unidos, pero la carrera por la Casa Blanca está más viva que nunca. En el bando de la oposición, el partido Demócrata, más de una docena de prospectos empiezan a alinear sus estrategias para asegurarle a su base que tienen lo necesario para sacar a Trump y a los republicanos del Ejecutivo.
Dentro de los precandidatos demócratas hay una variedad de ideas, visiones y posiciones ideológicas que demuestran lo complicado de esta campaña. El gran dilema para este partido y sus representantes es por dónde abordar la presidencia de Trump y cómo construir una alternativa coherente para los Estados Unidos. En respuesta, se vislumbran tres tipos de candidatos: los moderados, que pretenden hablarle al votante de centro, que esperan contar con la tradicional base de izquierdas del partido; los de línea más liberal, que apelan a las minorías y al votante de izquierda moderada y llaman a reformar profundamente el sistema; y los candidatos de corte más populista que apelan a una refundación de los pilares económicos y sociales del país.
Una carrera difícil
Al contrario de lo que un análisis simplista podría indicar, no será fácil retomar el control de la Casa Blanca. Por un lado, es cierto que la presidencia actual está enfrentando grandes polémicas como la investigación sobre posible interferencia rusa en las elecciones que llevaron a la victoria de Trump o haber absorbido casi en su totalidad el costo del cierre del gobierno federal por más de un mes, lo cual trajo altos costos a muchos ciudadanos e incertidumbre para 800 mil empleados públicos.
De acuerdo con la casa de análisis y encuestas SSRS, en febrero de 2019 casi siete de diez estadounidenses consideraban que el gobierno federal estaba haciendo un mal trabajo y 43% lo calificaban como el peor gobierno de sus vidas. Asimismo, en esta medición el mandatario aparece con un déficit de 15 puntos en su aprobación (40% lo avalan y 55% desaprueban su gestión) y un 54% rechaza la visión de Trump sobre la inmigración, una de sus apuestas principales.
La historia es diferente cuando se consulta a republicanos o a estadounidenses que tienden a favorecer al llamado “Grand Old Party” (GOP, “El grande y viejo partido”). En esta encuesta de SSRS, 94% de los encuestados demócratas lo rechazan y solo un 3% lo acepta, pero un sólido 87% de los republicanos le respalda. En un país donde ambos partidos se tienden a repartir tajadas casi iguales de los votantes, estos resultados muestran un país dividido y, principalmente, que Trump es un candidato con respaldo significativo. Vencerlo no será tarea fácil.
A pesar de los constantes choques de esta presidencia, es notorio que su base sigue siendo sólida, que el presidente es hábil en manejar un discurso emocional, que sigue siendo capaz de posicionar temas en la agenda pública y que la economía está viendo algunos de sus mejores días en los últimos años.
Los demócratas aún no definen qué plataforma es la que deben emplear para derrotar a Trump. El dilema de este partido está entre presentarse como una opción moderada y capaz de hablarle a todos los que no comparten la agenda del presidente o transitar a la izquierda y aprovechar el descontento que su retórica divisiva –especialmente contra minorías, inmigrantes, medios de comunicación y mujeres– ha generado.
No es obvio quién debería ser la apuesta para aspirar a la Casa Blanca: si un moderado y técnico; una carta que apele al sentimiento de división generado por el presidente actual; o un líder populista que, en términos prácticos, se configure como un Trump de la izquierda. Dentro de esos tres bandos ya se empiezan a perfilar algunas figuras bastante populares.
El banderillazo de salida
El 6 de noviembre, Donald Trump enfrentó el primer referendo a su administración: las elecciones legislativas de medio término. En estos comicios, el partido del mandatario perdió la mayoría en la Cámara de Representantes que su partido había afianzado en las elecciones generales de 2016, pero retuvo el control del Senado.
Esto, sin embargo, no es una sorpresa ni una razón para alarmarse excesivamente. Desde 2002, cuando George W. Bush estaba en su primer periodo como presidente y gozaba de altos índices de aprobación (68%, según la casa encuestadora Gallup en su momento), ninguna elección de medio término ha ofrecido una mejoría para los números del partido del presidente.
Sin embargo el panorama con Trump es considerablemente diferente al de las presidencias de Bush y su sucesor, Barack Obama. Tanto en la campaña como en la presidencia, el magnate del sector inmobiliario ha hecho incontables esfuerzos por desmarcarse de la política tradicional y ha logrado transformar a su partido, que es tradicional y lleno de políticos de carrera, en un vehículo forjado a su imagen y semejanza.
Por ello el reto demócrata es complejo. De un presidente republicano tradicional se esperaría lo típico: recortes de impuestos a la clase media o media-alta, una política exterior agresiva y una promoción de valores tradicionales. Pero Trump es un caso extraño y derrotarlo supondrá primero entender qué tipo de presidencia es esta que, sumida en escándalos constantes y regulares deserciones en el gabinete, sigue manteniendo apoyo considerable en gran parte del país.
Nuevamente, el tiempo es corto para los demócratas. El 3 de febrero de 2020 sus precandidatos deberán someterse a la primera prueba de su largo calendario de primarias, el foro de Iowa (Iowa caucus). Desde ahí y hasta el 13 de julio de ese año cuando se desarrolle la convención nacional del partido, todos los aspirantes, agrupados en mayor o menor medida en las categorías antes provistas, intentarán convencer a los estadounidenses de ser la única figura capaz de vencer a quien se ha convertido en un fenómeno político difícil de explicar.
Principales prospectos demócratas para 2020
Los moderados
Joe Biden, exvicepresidente
El exvicepresidente de Estados Unidos (2009-2017) aún no ha confirmado su decisión de aspirar a la nominación demócrata para la presidencia. Sin embargo, parece que lo hará y su plataforma será explotar su amplia experiencia en el Senado y el Ejecutivo.
Si bien Biden puede hablarle a los moderados y al centro que no comulga con Trump, sus visiones sobre política criminal (en algún momento endureció penas a criminales, lo cual afectó más a minorías) no entusiasman al votante más progresista. Además, sus posturas moderadas ante el sector financiero serán criticadas por sus contendientes demócratas que ven en atacar esta industria una fuente de rédito político.
Amy Klobuchar, senadora de Minnesota
Ha denunciado los debates estériles e ideológicos en Washington, mientras el ciudadano regular tiene que resolver día con día los grandes problemas.
Esta senadora se ha opuesto a algunas de las propuestas emblemáticas del ala más radical de su partido, como el seguro de salud universal y la educación superior gratuita para todos. Su pragmatismo se combina con la racionalidad técnica de decir “esto me gustaría, pero no se puede lograr”. Su apuesta, dice, es generar los incentivos correctos. El riesgo es que su propuesta no despierte emociones como lo hace el discurso de Trump a los votantes republicanos y a los independientes desencantados.
Los que proponen un giro leve a la izquierda
Kamala Harris, senadora de California
“La educación es un derecho fundamental”, afirmó con contundencia Harris en un foro público en el que dijo estar a favor de formación superior para todos los ciudadanos. En su momento abogó en su momento por un seguro público de salud universal, pero luego retrocedió en su propuesta y ha afirmado que no descartaría una reforma que incluya a los proveedores privados de seguros en el país. Su propuesta principal es un recorte de impuestos a la clase trabajadora y busca subir los impuestos a los más ricos. Además, busca eliminar la reforma fiscal establecida por la administración Trump, pues considera que responde a intereses corporativos. Su énfasis es un viraje paulatino a la izquierda.
Cory Booker, senador de Nueva Jersey
Más cercano al centro político. Se ha mostrado cercano a agendas progresistas como el llamado “Green New Deal”, que busca establecer una agenda agresiva de estímulos para combatir el cambio climático y cambiar la matriz energética en favor de energías renovables. Sin embargo, reconoce que una agenda de este tipo funciona en la teoría, pero la ejecución requiere concesiones ideológicas y políticas, además de diálogo con distintos sectores. Apela al pragmatismo y a lograr avances importantes.
Kamala Harris y Cory Booker buscan hablarle a la izquierda con propuestas de políticas agresivas pero sin alienar al centro. Tienen el riesgo de verse inconsistentes.
Los que se autodenominan “socialistas demócratas”
Bernie Sanders, senador de Vermont
“Nuestra campaña gira alrededor de enfrentar los intereses especiales y poderosos”, dijo en su momento este septuagenario senador de Vermont. Es el candidato más disruptivo de la contienda actual. Su campaña gira alrededor de la concentración de la riqueza y los intereses corporativos.
Le ha ganado seguidores su alusión directa al ciudadano desencantado y alienado por la política actual que responde, ha dicho, al interés de pocos y muy acaudalados estadounidenses. Su mensaje va orientado a explotar la conciencia de clase. Sanders apuesta por llevar el sistema de seguro de salud del gobierno a todos los estadounidenses y define su proyecto como una revolución política.
Elizabeth Warren, senadora de Massachusetts
Ha utilizado la retórica de una clase media enfrentada a un pequeño grupo pequeño que concentra la influencia para tomar decisiones en el país. Se ha dirigido a los bancos, las aseguradoras y las compañías farmacéuticas, considerando que “hacen trampa a sus clientes, pisotean a sus competidores y le roban a sus trabajadores” y ha llamado a perseguirlos legalmente. Sin embargo, no niega que los cambios se enmarquen en la estructura de una economía de mercado. Habla de limpiar, no de deshacer el sistema y el enfoque de su campaña es el combate a la corrupción. Sanders y Warren se pintan como los representantes de la ciudadanía alienada y desencantada con el sistema.