La historia es cíclica. Al menos así parece ser en el tenis, disciplina que tiene en su superficie más lenta, la arcilla, a un rey indiscutido: Rafael Nadal.
El español, otrora número uno del mundo y hoy con el segundo puesto de la clasificación masculina, sumó el domingo 9 de junio su duodécimo título de campeón en el Roland Garros, único Grand Slam sobre polvo de ladrillo y segundo torneo de esta categoría en el calendario.
La consagración del balear, en esta ocasión, se materializó luego de tres horas y un minuto de juego, tiempo suficiente para imponerse al austríaco Dominic Thiem con parciales de 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1 para alcanzar las 18 coronas de Majors.
Las lecciones del héroe
Tirado metros atrás de la línea de base, su hábitat natural, el mallorquín asfixió a sus contrarios con su defensa hermética, digna de estudio, con la que no deja espacio al winner de la raqueta rival gracias a su velocidad y lucidez en cada jugada. Con la ambición de apuntar al trofeo y la confianza de ser sinónimo de éxito en Francia, el manacorí no se permite caer víctima de las sorpresas.
Pero también se le vio atacando con propiedad y bien firme con el revés cruzado. En sus intentos por conseguir el tiro ganador, el segundo del ránking de la ATP tenía un patrón claro: desde la esquina, ponderaba el ángulo por encima de la potencia. Los puntos fueron similares desde este lado de la cancha, con tiros en los que la ubicación era menester y no la profundidad, caso contrario al de su pesado drive, impacto característico en él y donde demuestra que la carga de efecto también repercute en la fuerza con la que decida acelerar su golpe.
Así frustró en muchos pasajes de la final a Thiem, sacándolo poco a poco de la cancha y apelando al desgaste frente a un joven con una de las mejores condiciones atléticas del todo el circuito. Una vez lo llevaba al extremo y hacía de su juego un tenis frágil por sus respuestas sin apoyos, definía sin mayores contratiempos.
El patrón de Nadal pasa a ser un manual del triunfo, pero no se trata de un documento para cualquiera: él ha sido capaz de generar peligro a través de su muy particular manera de desarrollar sus habilidades. Lo dijo Federer en la instancia de semifinales, donde cayó precisamente contra él, que Nadal condiciona y lo hace desde que entra a la pista, sobre todo en polvo de ladrillo.
Su forma de ganar el Roland Garros no encuentra punto de comparación. Hace mucho tiempo Nadal apuntó hacia otros exponentes de la disciplina. Hoy es su propia competencia y así será, al menos en canchas lentas, hasta el día que decida colgar la raqueta y salir por la puerta grande, asegurando sin duda alguna un lugar en el Salón de la Fama del tenis y alimentando el debate sobre quién ha sido el mejor tenista de la historia.
El heredero
La final entre Nadal y Thiem fue la segunda que estos protagonizan en ese escenario en temporadas consecutivas. Que el español esté ahí no es sorpresivo; todo lo contrario, parece haber nacido para eso. Pero en el caso del austríaco, poco a poco se forma la certeza de que, en la superficie, luego del balear, él luce como el jugador a vencer.
Para llegar a la final, Thiem debió medirse a enormes rivales; sin embargo, fue en las semifinales donde debió demostrar que es un hombre para disputar los títulos de Grand Slam ante los mejores de una generación conformada por algunos de los más grandes tenistas de la historia.
El viernes, inició su choque en ronda de cuatro contra el serbio Novak Djokovic, número uno del mundo, y quien aspiraba al título para sumar los cuatro Major de manera consecutiva. Pero el rival, y la lluvia, hicieron mella en él.
Roland Garros es un escenario casi perfecto. Los reproches sobre la pisa parisina tienen que ver con la falta de actualizaciones y engranajes tecnológicos a un parque que los necesita desde hace mucho. En comparación con el Abierto de Australia, Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos, este se quedó en el tiempo y ese romanticismo y tradición a veces es mal visto, especialmente cuando las precipitaciones se hacen sentir sobre un lugar en el que aún no cuentan con techo retráctil.
Esa intervención de la naturaleza obligó a los protagonistas de la mencionada semifinal a completar su encuentro el sábado, sumando, además de la final, tres días seguidos de juego para Thiem, quien acusó cansancio en la recta final del evento. Aun así, demostró de qué está hecho y cuáles son sus pretensiones en el futuro cercano.