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ACCIONES. Biden adoptará medidas para frenar la violencia armada. | Foto: Efe.
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Philip Stephens - Financial Times

La estrategia económica expansiva del presidente estadounidense contrasta con el incrementalismo defensivo de Europa

La política genera dos tipos de líderes. Están los que siempre buscan un paraguas y los otros, mucho menos numerosos, que se proponen cambiar el clima. Las democracias occidentales han gozado últimamente de una superabundancia de políticos que buscan protección de la tormenta.

Se supone que la juventud y la energía son sinónimos. Pero parece que la tarea de redescubrir el poder de agencia ha recaído en la persona de 78 años que se ha instalado en la Casa Blanca. Aunque aún no se han cumplido sus primeros 100 días en el cargo, Joe Biden ya ha demostrado que el gobierno puede cambiar las cosas.

La historia de Occidente se ha convertido en una de democracias a merced de lo que el primer ministro británico Harold Macmillan llamó "acontecimientos". La crisis financiera mundial, el ascenso de China, el aventurerismo militar de Rusia, las insurgencias populistas y, más recientemente, la pandemia de Covid-19: todos han provocado respuestas defensivas. La ambición ha sido sustituida por el control de daños. Y luego los políticos se preguntan por qué los votantes han perdido la fe.

La victoria de Barack Obama en 2008 prometía romper el patrón, pero la audacia presidencial no estuvo a la altura de las esperanzas. Qué extraño entonces que sea Biden, su vicepresidente leal y apenas visible, quien reúna ahora la energía y la determinación que a menudo eludieron a Obama.

Esto no estaba en el guion de las elecciones del año pasado. El expresidente Donald Trump apodó a su contrincante político "Joe el somnoliento", burlándose de la edad de su oponente y de sus pifias lingüísticas. Muchos partidarios de Biden albergaban sus propias preocupaciones. El papel de Biden se definió de manera estricta: vencer a Trump, restablecer una dosis de integridad en la democracia estadounidense y reconstruir viejas alianzas.

En cambio, hemos presenciado el programa de expansión económica más ambicioso desde la Gran Sociedad de Lyndon Johnson de la década de 1960. Biden quiere que al proyecto de ley de estímulo económico de US$1.9 billones ya aprobado por el Congreso le siga un paquete de infraestructuras y educación que podría alcanzar los US$3 billones. Las comparaciones con el New Deal de Franklin Roosevelt parecen cualquier cosa menos fantasiosas.

Las asombrosas sumas de dinero son apenas una parte de la historia. La verdadera importancia — simbolizada por un nuevo subsidio federal para aliviar la pobreza infantil y un plan para aumentar los impuestos que pagan las multinacionales mundiales — radica en una audaz reafirmación de las responsabilidades del gobierno.

Los escépticos podrían decir que Biden no ha hecho más que aprovechar el "momento" de la pandemia de Covid, conforme los estragos causados por la pandemia han echado a un lado los temores sobre el "gran" gobierno. Sin embargo, el objetivo es cualquier cosa menos efímero. Equivale a un reequilibrio fundamental de la economía de mercado.

Irónicamente, las democracias de Europa, durante mucho tiempo defensoras de un capitalismo más suave, son las que más tienen que aprender. El incrementalismo defensivo del pasado reciente no ha tenido defensores más fieles que la líder más poderosa de Europa, Angela Merkel. El enfoque de la canciller alemana hacia la política ha sido el de restarle energía.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha estado solo desafiando el statu quo y Berlín lo ha frustrado en todo momento. No importa que el débil crecimiento, el trabajo precario y el estancamiento de los ingresos proporcionen una rica materia prima para las políticas populistas de agravio.

No hay garantía de que Biden tenga éxito. Las divisiones en la sociedad estadounidense son profundas. Trump sigue acechando a un partido republicano cautivo de la política identitaria. Al igual que con el New Deal de Roosevelt, los ricos lucharán contra los aumentos de impuestos propuestos. Y añadir una expansión fiscal de este tipo a una política monetaria históricamente laxa conlleva sin duda algunos riesgos.

Pero la audacia de Biden debe medirse con los pésimos resultados de la política de inacción. La democracia se encuentra bajo asedio porque sus élites han permitido que los mercados sin restricciones pisoteen el contrato social de la posguerra, dejando a los votantes atrapados en un equilibrio letal de bajo crecimiento y creciente desigualdad.

Los liberales nunca dejan de preocuparse por cómo enfrentar la amenaza de los autócratas del mundo. Independientemente del destino final de su experimento, Biden ha encontrado la respuesta. La democracia florece cuando el sistema funciona para todos.

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