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Opinión de Edward Luce en Financial Times

La última vez que el déficit presupuestario de EEUU como porcentaje del producto interno bruto sumó dos dígitos por más de un año fue durante la segunda guerra mundial.  Joe Biden era solo un niño.  Pocos habían oído hablar de Harry Truman.  Al acercarse Biden a sus primeros cien días como presidente, se comienza a entender la magnitud de su lanzada de dados.  Comparada con el tamaño de la economía, la expansión fiscal de Biden es muchas veces mayor que el gasto en “armas y mantequilla” de Lyndon Johnson, el cual introdujo la era inflacionaria más reciente de la nación.

Nadie puede predecir con certeza si el nuevo gasto de aproximadamente $5tn de Biden llevará a una inflación galopante.  Lawrence Summers, el antiguo secretario del Tesoro, estima el riesgo de inflación cercano a un tercio.  Las mismas probabilidades que asigna a la perspectiva de que EEUU mantenga su crecimiento sin inflación.  Para estar claros, las expectativas inflacionarias del mercado de bonos de EEUU han aumentado en las últimas semanas.  Pero ni el mercado de bonos ni la mayoría de los economistas predijo la era inflacionaria que comenzó al final de los años sesenta, ni la “gran moderación” que la remplazó en los ochenta.

No hay duda de que Biden está tomando un gran riesgo.  Es la estructura de la apuesta lo que puede cuestionarse.  Biden puso la mayoría de sus fichas fiscales en el Plan de Rescate Americano de $1.9tn (millones de millones de dólares) que se aprobó el mes pasado.  Ese era un paquete de estimulo para una economía que no necesitaba mucha más demanda agregada.  Se sumó a más de $3tn de estímulo aprobados el año pasado.

Por contraste, su Plan de Trabajos Americanos de $2.3tn, mejor conocido como el proyecto de ley de infraestructura propuesto la semana pasada, es más pequeño.  El gasto, del cual más de la mitad no tiene relación alguna con la infraestructura, se distribuirá en un período de ocho años, equivalente a añadir menos de $300 mil millones al año en inversión federal.  Dado que su plan para “reconstruir mejor” fue el núcleo de su campaña, el resultado final es sorprendentemente modesto.

Algo que nos lleva a la extraña situación en la cual tanto el moderado Summers como el socialista Bernie Sanders están diciendo casi lo mismo.  Sanders opina que el plan de infraestructura de Biden es demasiado pequeño.  Summers cree que el estímulo fue demasiado grande.  Ambos podrían tener razón al mismo tiempo.  Debemos recalcar que el gasto en inversión es menos inflacionario que el estímulo, ya que, en principio, impulsa el crecimiento de la productividad a largo plazo.

¿Cuál es el riesgo político?  La lógica de Biden es que debía lograr el mayor gasto posible en el primer proyecto de ley, ya que podría no tener otra oportunidad.  Eso quizás llegue a ser cierto.  Todavía está por verse el precio que los Demócratas moderados como el senador Joe Manchin de West Virginia demandarán a cambio de apoyar el plan de infraestructura.  El proceso podría fracturarse a causa de la propuesta de incrementar los impuestos corporativos para financiar el gasto del plan.  También podría descarrilarse por culpa de pedidos para que se reestablezcan los reembolsos de impuestos sobre la renta a contribuyentes de altos ingresos en estados Demócratas como Nueva York (Donald Trump eliminó la mayoría de éstos en su ley impositiva del 2017).

Aun sin el aumento de impuestos, la oposición Republicana probablemente será unánime.  El plan incluye $80 mil millones en fondeo adicional para Amtrak, el sistema ferroviario de EEUU que los conservadores vilipendian como un método de transporte socialista.  Para darse una mejor idea de la magnitud de este rubro, por ejemplo, el monto es más o menos un tercio más de que lo que Gran Bretaña gasta en defensa anualmente.

Dicho esto, sin embargo, el proyecto de ley sería de gran ayuda para corregir décadas de subinversión estadounidense en carreteras, puentes, banda ancha y viviendas públicas.  El proyecto de ley de la “economía solidaria” de $1 a 2tn que Biden podría presentar en poco tiempo, también haría más barata la educación y los programas de capacitación laboral, y alinearía los derechos de licencia parental de EEUU con los de otros países ricos.  Todo lo cual es claramente necesario.  Nada de lo cual tiene certeza de ocurrir.

El riesgo es que Biden esté sobre interpretando los tiempos.  Sin lugar a duda, la pandemia ha cambiado el clima político en EEUU.  Ayudó a derrotar a Trump.  ¿Pero será cierto que el coronavirus presagia lo que muchos observadores describen como el fin del neoliberalismo?  Esto aún está por verse.

Si Biden se ha excedido y la Reserva Federal se ve forzada a aplicar los frenos para controlar la inflación, o el gasto adicional se concentra en una serie de elefantes blancos - proyectos que disminuyen la confianza en el gobierno - los Republicanos cosecharan la desventaja.  En ese caso, la nueva era de Biden podría convertirse en un fugaz período único.  Su apuesta es noble y podría resultar ganadora.  Pero sigue siendo una apuesta.

edward.luce@ft.com

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