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El Consejo Editorial - Financial Times

En boca de Joe Biden, la palabra “infraestructura” suena engañosamente seca.  El plan del presidente de gastar en ella alrededor de $2tn (millones de millones de dólares) incluye $400 mil millones en atención para ancianos y gente con discapacidades.  $100 mil millones irán a capacitación laboral para grupos desventajados.  Y esto es antes de un segundo tramo del plan, previsto para la primavera, el cuál se espera que amplíe los cuidados para niños y el derecho a licencias laborales pagas.

No es simplemente mejorar aeropuertos y reparar baches, aunque la mayoría de los fondos si se destinarán a una infraestructura física estadounidense que está calificada como decimotercera a nivel global por el Foro Económico Mundial.  Este es un amplio programa de reforma económica que incluye la educación y la mitigación del cambio climático.  Los Republicanos no malinterpretan al presidente cuando así lo expresan.

La pregunta es si, un mes después de aprobar una ley de ayuda fiscal de $1,9tn, Biden se está sobrepasando en generosidad.  Ciertamente, es ingenuo pensar que el gasto en infraestructura es siempre y en todo lugar beneficioso.  Puede ser mal asignado, sea por error inocente o por las distorsiones propias del entramado políticos presupuestario en el Congreso.  La administración debe vigilar ante ambas posibilidades para asegurar que el gasto genere el valor deseado.  Además de esto, existe el peligro de impulsar demasiado a una economía que ya está recuperándose de la pandemia del coronavirus.  Este tema preocupa a miembros del propio partido del presidente.

Aun con estos y otros riesgos, dos características del plan Biden lo hacen recomendable.  Una es su visión a largo plazo: el gasto se distribuirá por todo el país a lo largo de ocho años.  Es del apuro de donde surgen normalmente los llamados elefantes blancos y el recalentamiento económico.  Es muy sensato evitarlo.  Visto a la luz del horizonte de tiempo, el costo de $2tn so es tan intimidante.

La otra virtud del plan de infraestructura es que se enfrenta por fin al tema de financiamiento.  Los auxilios de Biden para la pandemia están cubiertos con endeudamiento, algo que ayuda a explicar su inmensa popularidad.  No se le pidió sacrificio a ningún grupo de votantes o de interés especial.  Contribuyó a un comienzo feliz a su presidencia pero nunca iba a ser sostenible.  Ahora, al poner sobre la mesa un incremento del impuesto corporativo, Biden al menos está lidiando con las difíciles decisiones del manejo económico.

Es una fuente de financiamiento muy poco ideal: las empresas tienen maneras de eludir el impuesto (aunque Biden también espera cerrar esas lagunas), o también pueden trasladárselo al público.  Aun en el momento en que la secretaria del Tesoro Janet Yellen propone un impuesto empresarial mínimo a nivel mundial, muchos países esperan poder tomar ventaja de el alto costo estadounidense.

Claramente, todos los aumentos tributarios tienen sus barreras políticas y prácticas.  Y si los Demócratas están decididos a lograr un viraje histórico a la izquierda, no pueden apoyarse para siempre en la muleta del endeudamiento.  El fin de un partido de centroizquierda es convencer a los votantes a que deben pagar para lograr ambiente público renovado y una sociedad más equitativa.  Aunque algo vacilante, Biden ha dado comienzo a dicho proceso.  El misterio está en si podrá presionar indefinidamente a los ricos y las empresas para que financien sus ambiciones o si está al llegar un enfrentamiento con la clase media-alta.

De cualquier forma, puede considerarse afortunado de que su predecesor fuera tan negligente.  Donald Trump prometió un nuevo ciclo de infraestructura, enmarcándolo no sólo como un bien en sí mismo, sino también como una manera de competir con una China de puentes relucientes y trenes expresos entre ciudades.

Al final, se gastó su capital político en una reducción poco popular de impuestos a los contribuyentes de mayores ingresos.  Hay un universo paralelo en el cual eligió de otra forma, honró el lado económico del populismo, y arañó la reelección en noviembre pasado.  Pero en el mundo real, el presidente Biden está en libertad de convertirse en el gran constructor de Estados Unidos.

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