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Opinión de Janan Ganesh Financial Times

Hay un video circulando que muestra que Donald Trump se ha adaptado a la vida post presidencial con algo menos de ecuanimidad que Jimmy Carter.  El videoclip lo muestra en un escenario de hotel, alegando trucos sucios en una elección que ya cumplió seis meses, vestido como si la llamada para que resumiera sus deberes presidenciales no fuera meramente una posibilidad sino que fuera inminente.

La Norma Desmond de Palm Beach tiene al menos dos consuelos.  Uno, que a diferencia del acabado fantasioso de Sunset Boulevard, una revancha es posible.  Las apuestas lo favorecen como el abanderado Republicano para la Casa Blanca en el 2024.

El otro es que, mientras espera su restauración, puede ver como un grupo gratificante de sus políticas externas siguen en pie bajo un nuevo presidente.

Trump había propuesto retirar las fuerzas estadounidenses de Afganistán antes del sábado pasado.  La reforma de Joe Biden ha sido retrasar esa fecha por cuatro meses.  Trump rehusó regañar a Arabia Saudita por el asesinato de un periodista residente de EEUU y por su cruel guerra en Yemen.  Bajo Biden, el Reino no es ni cerca del réprobo en el cual Biden prometió convertirlo.  Trump sacó a los EEUU del pacto nuclear con Irán.  El proceso de Biden para reiniciarlo ha sido más lento y condicional de lo que la mayoría esperaba.

En los tres casos, la actuación de Trump se veía como negligencia irrazonable: prueba de que los EEUU se había convertido en el propietario ausente del mundo.  En los tres aspectos, Biden ha mantenido más de lo que ha eliminado.  La continuidad implica una mezcla de mal juicio por parte del nuevo presidente y una sabiduría subestimada de la antigua política.

Y los ejemplos no se detienen allí.  Biden no ha estado por encima del nacionalismo de vacunación.  Sólo después de las quejas de sus aliados retiró el límite a la entrada de refugiados.  Cualquier acercamiento con Cuba sigue siendo puramente teórico.  En Washington, una ciudad que le dio su nombre a un a un consenso a favor del libre comercio, el gusto de Trump por la autarquía fue brevemente subversivo.  Biden puede proponer un esquema en el cual el gobierno se abastece sólo de bienes estadounidenses (Buy American) y generar un éxtasis general.  Es la misma propuesta nociva de proteccionismo económico pero el que la propone es mucho mejor persona:  los liberales deben buscar consuelo donde puedan encontrarlo.

Y todo esto sin mencionar la relación bilateral del siglo.  La postura de Biden hacia China es mucho más calcada de la de Trump que la de Barack Obama, y por un margen que debe hacer incomodas las conversaciones del aprendiz con su antiguo jefe.  Las tarifas siguen en pie.  Las dos marinas siguen sombreando.

Las quejas de Biden hacia China tienen una dimensión moral, o al menos filosófica:  a Trump, en su peor momento anti-Pequín, no le importaba su autoritarismo.  Pero eso implica que bajo Biden han aumentado y no disminuido las rutas a un enfrentamiento militar.  En su discurso ante el Congreso la semana pasada, comparó la presencia de los EEUU en el “indo-pacífico” a “lo que hacemos con la OTAN en Europa”.  Las alusiones a la Guerra Fría han dejado de ser tonterías de artículo de prensa para convertirse en la manera en la cual el presidente percibe al otro superpoder.  ¿La esperanza de un enfriamiento post-Trump ahora se basa en qué? -la vaga disposición de Biden a cooperar en áreas de interés mutuo.

El control de Trump sobre la visión de mundo que tiene su sucesor no es total.  Es probable que Biden nunca lleve a cabo algo más sabio que lo primero que hizo: reentrar en los acuerdos medioambientales de Paris.  Está restaurando la ayuda a los Palestinos (aunque no haya devuelto la embajada de Jerusalén a Tel Aviv).  Su calidez de tono hacia los aliados familiares, la OTAN y la idea del internacionalismo es bienvenida, si bien algo basado únicamente en tono tampoco importa mucho.

Era natural, sin embargo, esperar mayores diferencias.  Las relaciones internacionales son el ámbito en el cual un presidente es realmente tan importante como sugiere el esplendor externo del cargo.  El Congreso es una complicación, no un Triángulo de las Bermudas para las mejores propuestas.  Si Biden quisiera romper completamente con el nacionalismo de los últimos cuatro años, podría haber logrado mucho más en aras de esa meta.  Sin duda que su lentitud tiene que ver con el desastroso miedo de los Demócratas de que los tilden de débiles.  (Recuerden cual partido lanzó y luego escaló la guerra de Vietnam).  Pero el resto es un endurecimiento auténtico de la visión de la centroizquierda en años recientes.  Para haber durado solo un período, Trump cambió inmensamente la visión de mundo de los Estados Unidos.  Ahora le toca al mundo adaptarse a ese cambio.

Esta es otra razón por la cual no hay que pensar que estamos ante una presidencia digna de Mount Rushmore.  Los líderes estadounidenses de verdadero renombre han tendido a transformar la política exterior.  Juzgando por sus primeros esfuerzos, Biden prefiere simplemente ajustarla.  En los arrebatos que ahora le vemos, su predecesor irradia una irrelevancia de tragicomedia.  En los más altos asuntos de estado, sigue siendo imposible de ignorar.

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