NATALIDAD. Las mujeres más jóvenes han ido posponiendo la maternidad. Foto: Pixabay.

Opinión Rana Foroohar en Financial Times

La demografía es un destino. Durante décadas, los Estados Unidos han disfrutado los beneficios económicos y geopolíticos de una tasa alta de natalidad. Entre 1990 y el 2010, los niveles de fertilidad en EEUU fueron mayores que el promedio de cualquier otro país desarrollado excepto Israel, Islandia y Nueva Zelanda.
¿Y entonces qué significado tiene que la tasa de natalidad en EEUU está en camino de caer por debajo de la tendencia reciente de Europa? En el 2007, justo antes de la gran recesión, la tasa total de fertilidad en EEUU – es decir el número de nacimientos que una persona espera tener durante su vida, era de 2,12. Para el 2019, justo antes de que llegará el COVID-19, había caído hasta un 1,71.
Datos provisionales en el 2020 del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) muestran que la tasa de fertilidad total ha caído desde entonces hasta un piso de 1,64, aproximadamente la tasa en Europa durante los últimos cinco años. Si la tendencia se mantiene, como sería de esperar debido a los cierres por el COVID (es más difícil para una mujer salir embarazada durante una pandemia a menos que ya tuviera pareja), entonces el Nuevo Mundo podría tener menor fertilidad que el Viejo ya a partir de este año.
Eso acaba con la denominada “excepcionalidad demográfica” estadounidense del economista Nicholas Eberstadt. Durante décadas, la tasa de natalidad de EEUU ayudó a mantener a flote el estatus global y el crecimiento, el cual es una función de gente y productividad. Pero según un nuevo informe del Instituto Global de Envejecimiento (GAI por sus siglas en inglés) y el Grupo Terry, todos los factores que han llevado a una fertilidad superior en Estados Unidos – desde inmigración hasta fe religiosa y pasando por optimismo económico a largo plazo – están ahora en declive.
Richard Jackson, presidente del GAI y autor del informe, nota que se requiere una cierta humildad entre los demógrafos (“nadie vio venir el Baby Boom”). Pero hay pocas razones para pensar que la tasa de natalidad en EEUU va a volver a subir en el corto plazo.
Ciertamente el estímulo masivo post-COVID ha relanzado los espíritus animales. Pero los del milenio “son una generación con cicatrices”, dice Jackson, habiéndose hecho adultos durante la gran crisis financiera del 2008 y la pandemia. “La gente tiende a tener hijos cuando se sienten seguros económicamente”, resalta. Para gente joven con mucha deuda, sin la capacidad para comprar vivienda o empezar una familia siguiendo un cronograma similar al de sus padres, ese sentimiento les elude.
La caída en las tasas de natalidad ha sido particularmente marcada entre los Hispanos, algo que Jackson y algunos otros expertos atribuyen a un sentimiento de vulnerabilidad económica y cultural, que ciertamente fue alentado durante los años xenófobos de la presidencia de Donald Trump.
Por supuesto que Joe Biden, ha dado una alta prioridad en su administración a la salud, la educación y el cuidado infantil. Esto es bueno para crear empleo y para la productividad, y podría también ayudar marginalmente la tasa de natalidad si las mujeres sienten que es más fácil lograr un balance entre su empleo y su familia.
Pero el plan de políticas “pro natales” para aumentar la fertilidad es inconsistente. Muchos países en Europa, por ejemplo, tienen una red social mucho más segura y sistemas de cuidado infantil pagados por el estado que son mejores que los de EEUU, y aun así, lo normal ahora son familias más reducidas.
Podría ser que el impulso al crecimiento en general, y el correspondiente sentido de optimismo económico, sea ultimadamente una mejor manera de subir la tasa de natalidad, un argumento presentado por los Republicanos preocupados por el plan de estímulo de Biden.
Esto nos lleva al hecho de que los EEUU necesitarán una consciencia creativa y bipartidista para enfrentar la magnitud de la desaceleración demográfica y sus potenciales consecuencias geopolíticas y económicas. La caída demográfica, y los costos asociados con ella (como el cuidado de los ancianos y la carga del endeudamiento generado por Medicare y el Seguro Social) son una de las mayores razones por la cual la Oficina de Presupuestos del Congreso predice que los EEUU tendrán menor productividad y crecimiento en el futuro.
Lograr que mujeres que han sufrido desproporcionalmente por el desempleo derivado del COVID-19 se reinserten al mercado laboral es una manera importante de cambiar la marea. Pero también hay que reducir las restricciones migratorias, y encontrar maneras de reincorporar al mercado laboral a gente mayor con altos niveles de educación y experiencia. “Los mayores no son solamente el principal recurso subutilizado de los Estados Unidos, pero también son el segmento de la población que está creciendo más rápido”, dice Jackson.
Los necesitamos y ellos necesitan trabajar. La bonanza de activos postpandemia junto con las disrupciones en la fuerza laboral ha llevado a que muchos boomers se retiren antes de lo pensado. Pero dado que la media de ahorros para retiro en el 2019 para estadounidenses de entre 55 y 65 años era únicamente $144.000 por hogar, es difícil imaginar que no sea necesario trabajar durante más tiempo.
El sector público podría ayudar a empujar a los mayores al mercado laboral con algunas modificaciones de política tipo reducirles el impuesto de nómina o convertir a Medicare en un seguro prioritario para estadounidenses mayores en sustitución del seguro privado.
Actualmente, un seguro privado es la primera opción para aquellos que siguen empleados. Esto aumenta costos para empresas, las cuales podrían estar dispuestas a contratar más gente mayor si no tuvieran también que correr directamente con los costos de salud.
Durante la mayor parte de su historia, EEUU ha estado obsesionado con la juventud. Su futuro podría depender de cuan bien envejece.
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