Opinión de Edward Luce en Financial Times

Cierre sus ojos y usted podría estar de vuelta en la Nueva York plagada de crimen de finales de los ochenta.  El debate entre candidatos a alcalde de la semana pasada fue dominado por la manera en la cual los candidatos explicaron como atacarían el problema del creciente nivel de criminalidad en la ciudad.  Los asesinatos aumentaron en Nueva York el año pasado en un 43 por ciento – y están en camino a ser más este año.

La situación es aún peor en Chicago, la cual se acerca a su pico de 1974 cuando fueron asesinadas casi mil personas.  El resto de las zonas urbanas de Estados Unidos están igual.  Hasta se está especulando sobre una repetición del éxodo suburbano de finales de los sesenta y los setenta. 

Sería injusto culpar a Joe Biden por algo de esto.  Pero como presidente – y líder del partido que controla las grandes ciudades – pagará el precio si esto continúa.  La pregunta es que pueden hacer tanto él como los líderes locales.

Desafortunadamente la respuesta es mucho más compleja que simplemente derrotar la pandemia.  La mayor parte del creciente ritmo de homicidios precede a los cierres del año pasado, aunque es cierto que el coronavirus añadió combustible al fuego.  Por primera vez desde 1995, más de 20.000 estadounidenses fueron asesinados el año pasado.  En total, la cifra de asesinatos fue superior al 2019 en un veinticinco por ciento.

Sería más fácil aislar las causas del problema si estuviera confinado a un puñado de sitios.  Pero el incremento del año pasado se desplegó en todas partes desde ciudades pequeñas y mayormente blancas hasta las más grandes y multiétnicas.  No es fácil encontrar un universo más amplio y diverso de zonas urbanas en EEUU que Filadelfia (40 por ciento), Huston (42 por ciento), Denver (51 por ciento) y Washington DC (19 por ciento).  Y sin embargo todas van en la misma dirección.  La mayoría también experimentaron un aumento de homicidios en el 2019.  Este año ya ha sido peor que el anterior.  Los líderes comunitarios en todo el país se están preparando para un verano largo y caluroso.

Los Demócratas seguramente recibirán el mayor nivel de críticas, pero la culpa es compartida.  Los Republicanos se han rehusado a considerar aunque sea una semblanza de un control de armas de fuego y eso a pesar del aumento vertiginoso de las masacres en masa este año.

Su respuesta típica es “pensamiento y oraciones” – y más derechos para los dueños de armas.  No puede ser coincidencia que la reducción de la criminalidad en el país, la cual comenzó en los noventa y tocó fondo en el 2014, coincidió con una prohibición de diez años sobre las armas de asalto.  La medida estaba incluida en una ley de 1994 copatrocinada por Biden cuando era senador por Delaware. Aparte de posiblemente fortalecer las verificaciones de antecedentes, hoy en día Biden no parece capaz de persuadir al Congreso de que apruebe un control serio de armas.

El desdén Republicano hacia las reformas policiales es otro problema recurrente.  Una de las razones por las cuales las relaciones entre las comunidades y las fuerzas del orden se han vuelto tan nefastas es porque tantas minorías no confían en ellas.

Biden quiere aprobar un proyecto de ley para diluir la “inmunidad calificada” que hace tan difícil enjuiciar a policías infractores, excepto en casos extremos como el de Derek Chauvin, quien fue condenado el mes pasado por el asesinato de George Floyd.  Aunque es extremadamente raro que un policía sea hallado culpable, el proyecto de ley probablemente no llegue a nada.

Pero los Demócratas también tienen mucha culpa por lo que ha salido mal.  Biden siempre repudió a los que abogaban por “desfinanciar la policía”.  Si no lo hubiera hecho, Donal Trump quizás habría ganado las elecciones el año pasado.  Las ciudades donde la policía básicamente se retiró frente a las protestas sufrieron algunos de los mayores saltos en las tasas de asesinatos.  Estas incluyen Minneapolis (75 por ciento), Portland, Oregón (60 por ciento), y Seattle (41 por ciento).  Seattle desmanteló una “zona autónoma” libre de policías el año pasado pero únicamente después de una ráfaga de homicidios locales.

Como grito de batalla, “desfinanciar la policía” entusiasma a los activistas.  Pero es peor visto por la mayoría de los estadounidenses, incluyendo los afroamericanos.  Es notable que los dos candidatos que lideran las preferencias a la alcaldía de Nueva York– Andrew Yang y Eric Adams – has sido los que han condenado con mayor claridad a “desfinanciar la policía”.  Dianne Morales, la candidata que lo ha apoyado más abiertamente, tiene sólo cinco por ciento de las preferencias.  De acuerdo con Gallup, solo un cinco por ciento de los afroamericanos quieren menos policías en las calles.  La evidencia los apoya.  Allí donde la policía tiene mayor visibilidad, normalmente hay menos criminalidad.

Hay otras razones detrás de la creciente ola de crímenes, incluyendo el incremento del costo de la vida urbana y el aumento en la tolerancia judicial.  Esto último ha revertido en gran parte la era de los noventa de “tolerancia cero” hacia pequeños crímenes que se impuso con la idea de que estos daban lugar a una cultura de impunidad.

Jeringuillas usadas, señal de un retorno al tráfico callejero de drogas, y una crónica falta de viviendas van en aumento nuevamente en ciudades estadounidenses, incluyendo Nueva York.  Justamente o no, a los liberales les endilgaran la mayor parte de la culpa si dichas tendencias continúan.  Biden probablemente tampoco pueda escapar la fuerte reacción en contra.

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