El ministro de relaciones exteriores de China, Wang Yi, es el arquitecto de la expansión comercial y política del superpoder oriental hacia el mundo entero y será pieza clave en las relaciones de Estados Unidos con su reinventado gran rival. Foto: Bloomberg foto por Qilai vía The Washington Post.

Janan Ganesh

La firma de cabildeo más astuta de Washington es el Pentágono.  Por eso es por lo cual los simulacros de guerra que predicen una victoria apabullante de China sobre EEUU deben tomarse con mas granos de sal que los contenidos en todas las minas del mundo.  Cada pavorosa simulación es un tácito argumento para aumentar el gasto militar.

Habiendo dicho esto, aún una guerra exitosa en el Pacífico costaría mas vidas estadounidenses que las 2.352 perdidas durante dos décadas en Afganistán.  El tamaño en bruto no es el único sentido en el cual China es un reto más desalentador que las guerras eternas.  Ni al-Qaeda ni los Talibanes pueden considerarse un poder mundial.  Su modo de gobierno nunca ha sido aplicable como ejemplo de orden y crecimiento para los países del tercer mundo.  Al girar desde el “Medio Oriente en general” hacia China, los EEUU giran desde un adversario salvaje pero contenible hacia uno históricamente deslumbrante.

Y de todas formas, lo correcto es relamerse por el cambio.  Hay algo formalista en las críticas Republicanas hacia el presidente Joe Biden por su decisión de salir de Afganistán.  Como ambos partidos saben, los EEUU están entrando en una era que requiere más de sus fortalezas técnicas y necesidades psíquicas que la que ahora termina.

El apegamiento estadounidense a la gran política del poder es tan constante como sus errores ante las insurgencias.  La incipiente república se deshizo de los peligros británicos, mantuvo a Europa fuera de su guerra civil, le gano al Japón Imperial y a la Alemania Nazi antes de convalecerlos a ambos hasta convertirlos en democracias pacifistas y llevó a cabo contra la Unión Soviética una guerra fría llena de paciencia y un inmenso subterfugio.  Los fracasos de EEUU, sea en el sureste asiático, el Medio Oriente o el cuerno de África han sido principalmente contra enemigos no-soberanos en conflictos irregulares.

En parte se debe esto a la dificultad natural de la contrainsurgencia.  El resto es la extraña historia de Estados Unidos como superpoder.  Al no haber tenido muchas colonias en el sentido formal – Cuba y las Filipinas están entre las excepciones – la élite política, militar y hasta periodística de la nación suele definir un conflicto como algo que ocurre entre estados.  (Culpar las intromisiones de Irán por el fracaso de la ocupación en Irak es parte de esta manera de pensar).

Y por eso es por lo que una era de enemigos no-estadales siempre sería confusa para los EEUU.  Una pugna entre superpoderes es un atractivo retorno a lo familiar.  El entusiasmo de Washington hacia una disputa con China no es únicamente el reconocimiento transparente de un verdadero rival.  Es el alivio de una clase gobernante que a regresado a su normalidad laboral.

El cambio traspasa lo conceptual para llegar a lo visceral del poder estadounidense.  Durante una generación, el Pentágono ha planificado dos guerras regionales (tamaño Afganistán) al mismo tiempo.  En el 2018, su enfoque cambió para planificar una guerra al más alto nivel.

La nueva postura debería salir mejor, lo cual es probablemente porque no podría ser peor.  Recursos intelectuales y financieros en proporciones heroicas se invirtieron para convertir a el más poderoso ejército en la historia en uno más ágil, ajustado a la era del terror.  Criticar el cambio es algo frívolo: no podemos saber cuan peor habría sido la guerra de Afganistán sin las reformas.  Y sin embargo, luego de una generación en ese país, la realidad es que los Talibanes van en ascenso.  Biden mismo sintió desesperación por la guerra en el 2009, cuando se opuso al incremento de tropas aprobado por Barack Obama.

El ocupar territorios ha forzado a los EEUU a vivir en un medio mundo de metas ambiguas y enemigos inestables, algunos de los cuales es más fácil convertir que derrotar explícitamente.  La estrategia del gran poder será una especie de liberación.

Si los EEUU prefirieran únicamente el reto técnico presentado por China, sería simplemente una alegría para almirantes y generales.  Lo que realmente distingue a la nueva era de la anterior es el potencial para generar una semblanza de unidad doméstica.

La participación en la Segunda Guerra Mundial ayudó a unificar al Estados Unidos de facciones desarrolladas luego de la primera guerra.  La Rusia Soviética hizo lo mismo: cuando cayó, desapareció cualquier bipartidismo existente en Washington (la última confirmación unánime para la Corte Suprema fue en 1988).  La era del terror no ha tenido ni de cerca el mismo efecto como adhesivo nacional.

Lo que sobresale de la penosa experiencia de EEUU en Afganistán no es la cifra de muertes, la cual es prácticamente igual a la del ataque a Pearl Harbor.  Tampoco es lo que ha durado el conflicto.  Recuerden que la Guerra de Corea nunca término formalmente, y los Estados Unidos sigue teniendo guarniciones en esa península de decenas de miles.

No, la siniestra diferencia de los últimos veinte años es el colapso de la cohesión nacional posterior al 9/11.  A pesar de toda su violencia atroz, el terrorismo era una amenaza muy difusa como para dotar a los estadounidenses de ese sentido de unidad acosada generado por eras pasadas.  Un superpoder convencional, con cuatro veces el nivel de población, podría lograrlo.  Una nación que rutinariamente ha definido su identidad frente a “Otro”, no iba a encontrarlo en Afganistán.

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