El presidente Joe Biden es visto durante un momento de su reunión con líderes sindicales y empresariales para evaluar sus planes de infraestructura, los cuales son clave para el fortalecimiento de su agenda socioeconómica y para el éxito de su primer mandato. Foto: EFE.

Edward Luce

Los primeros seis meses de Joe Biden en la presidencia han sido dramáticos.  Dos tercios de los estadounidenses están al menos parcialmente vacunados.  La economía está disfrutando su recuperación más acelerada desde 1980.  Y, según demuestran las encuestas, el mundo ya no ve a EEUU con el pavor y la lástima evidente durante los años de Donald Trump.  Este ha sido el mejor comienzo de una presidencia en la vida de la mayoría de los estadounidenses.

Pero en la política estas trayectorias son la excepción.  Las tribulaciones que se ciernen sobre Biden – la paulatina paralización de la mayoría de sus proyectos de ley reformistas, la terquedad del Covid-19 y las preocupaciones sobre la tasa de asesinatos y los cruces de frontera – están prácticamente fuera de sus manos.  Es fácil olvidar que Biden parecía ser un presidente en vías de salida hasta que los Demócratas ganaron la elección especial en Georgia en enero, dándoles control del Senado.  Las cosas podrían haber sido mucho peores.

Pero Biden está entrando ahora en una fase mucho más difícil de su presidencia.  Uno de sus problemas emana de un error propio – la salida de Afganistán.  No es fácil entender por qué sintió que tenía que sacar a la fuerza esquelética de 2.500 soldados antes del 20 aniversario del once de septiembre.  Los costos de quedarse son mínimos – no ha muerto ningún estadounidense en combate durante los últimos 17 meses.

Por contraste, los riesgos de dejar Afganistán son altos.  En poco tiempo el Talibán recuperará el control.  Al caer Kabul probablemente se evitará mostrar escenas de los últimos helicópteros sacando lo que quede de los estadounidenses como ocurrió en Saigón en 1975.  Pero de todas formas dañará el prestigio de EEUU.  La señal de que EEUU tiene aversión al riesgo enturbiará las esperanzas de Biden de ganar los corazones y las mentes en un concurso de democracia versus autocracia con China.  Este revés es autoinfligido.

La ventana de Biden para lograr su agenda doméstica se está cerrando.  Es mucho mejor tener a 50 demócratas en el Senado que 49.  Pero al menos dos de esos, Joe Manchin de West Virginia y Kyrsten Sinema de Arizona, son amigos de buenos tiempos.  No tienen la intención de acabar con el filibustero del Senado, el cual hace que Biden necesite al menos 10 votos Republicanos.  Esto significa que la mayoría de sus proyectos de ley, como el que busca fortalecer los derechos de voto, la amnistía para los inmigrantes ilegales y facilitar la organización de los sindicatos, no tienen casi chance de ser aprobados.  Un solo voto Republicano sería un milagro.

Es posible que obtenga los 10 votos Republicanos que necesita para el proyecto de ley bipartidista de infraestructura.  Pero el costo de negociar con ellos va en aumento.  Habiendo rehusado considerar un aumento de impuestos de cualquier tipo para pagar por el proyecto de ley, los Republicanos ahora han torpedeado el financiamiento para el Servicio Interno de Recaudación (IRS por sus siglas en inglés), el cual se ha visto gravemente mermado por reducciones de costos y de personal durante los últimos quince años.  Biden podría haber utilizado este momento para hablar del cinismo Republicano en cuanto al estado de derecho.  Sólo está solicitando que le den los medios necesarios para hacer cumplir las leyes fiscales.

Biden está tan invertido en su lucha por el momento bipartidista que hay pocas concesiones que no otorgará.  Aun así, no hay certeza de que logre los 10 votos Republicanos al final del proceso.  Hace recordar al 2009, cuando Barack Obama se pasó el verano encontrándose con los Republicanos a mitad de camino en el debate sobre el sistema de salud, y luego ellos rechazaron unánimemente el proyecto de ley.  En términos generales, Biden ha evitado la demonización que le aplicaron a Obama, quizás porque es blanco.  Pero la estrategia Republicana de negarle siquiera una sola victoria no ha cambiado.

La historia del Covid-19 es un microcosmos de la presidencia de Biden.  En su período inicial, cosechó los frutos más bajos con un rápido despliegue de vacunación masiva.  Las tasas de mortalidad se desplomaron a medida que el número de vacunados diarios superó los 3 millones de personas.  Lo que queda de la cosecha – decenas de millones de estadounidenses reacios a vacunarse – es difícil de alcanzar.  La cifra de vacunas diarias ha caído a un poco más de 500.000 y las infecciones están aumentando nuevamente.  Las empresas y los colegios están pasando por el mismo análisis ansioso de costos y beneficios que hicieron el año pasado.

¿Podrá Biden hacer algo sobre todo esto?  Podría copiar a Boris Johnson del Reino Unido y simplemente mandar al diantre las restricciones; o seguir a Emmanuel Macron de Francia y adoptar una política de vacunación más coercitiva.  Ninguno de estos pasos es asequible dentro de los poderes de un presidente de EEUU.  En la práctica, tendrá que negociar el trayecto con destreza con la esperanza de que la tercera ola de Covid no sea lo suficientemente fuerte como para descarrilar la recuperación económica.  Mientras tenga eso, la presidencia de Biden se mantendrá sobre los rieles.

Derechos de Autor - The Financial Times Limited 2021

© 2021 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados.  Por favor no copie y pegue artículos del FT que luego sean redistribuidos por correo electrónico o publicados en la red.

Lea el artículo original aquí.