El presidente Biden durante la firma de una de sus órdenes ejecutivas referentes a fomentar una política de competencia más transparente y justa para la economía estadounidense. Foto: The Washington Post.

Rana Foroohar

Durante los últimos 40 años en Estados Unidos, la política de competencia ha estado centrada en el consumidor.  Esto en parte es legado del jurista Robert Bork, quien postuló en un libro en 1978 que la meta principal de la política antimonopolista debía ser la promoción de la “eficiencia empresarial”, y esta, desde los ochenta, se ha medido en base a los precios al consumo.  Estos se consideraban la medida fundamental del bienestar del consumidor, y al consumidor se le consideraba el centro del bienestar económico.

Pero las cosas están cambiando.  Una orden ejecutiva de la Casa Blanca suscrita el mes pasado sobre política de competencia, contiene 72 medidas discretas diseñadas para acabar con practicas anticompetitivas en casi todos los sectores de la economía estadounidense.  Cabe aclarar que lo que buscan las medidas no es tanto mejores precios sino mejores salarios.

Al igual que la revolución Reagan-Thatcher, la cual le quitó el poder a los sindicatos y desencadenó a los mercados y las empresas, la orden ejecutiva de Biden quizás sea recordada como un gran viraje económico – esta vez para alejarnos del neoliberalismo centrado en el consumidor, y acercarnos hacia los trabajadores como principal grupo de interés de la economía estadounidense.

De cierta forma, esto importa más que los detalles o partes específicas de la resolución.  Muchos comentaristas han sugerido que estas medidas, en sí mismas, no lograrán mucho.  Pero las órdenes ejecutivas no se tratan necesariamente de detalles – sino de la brújula de un gobierno.  Y esta orden nos lleva en dirección opuesta a la era Bork al enfocarse en la relación entre el poder de mercado y los salarios, algo que ningún presidente ha querido considerar explícitamente durante el último siglo.

“Cuando únicamente hay unos pocos sitios de trabajo en un pueblo, los trabajadores tienen menos oportunidad de negociar un mejor salario”, indicó Biden al anunciar la resolución.  Su comunicado resaltó que, en casi el 75 por ciento de las industrias de EEUU, un número menor de empresas grandes ahora controla más volumen de negocios que lo que manejaban hace veinte años.

Sus soluciones incluyen todo tipo de medidas desde reducir requerimientos de certificación para una gran parte del sector privado hasta la limitación o eliminación de los acuerdos de colusión o no-competencia.  Las empresas en muchas industrias utilizan dichos acuerdos para evitar que sus empleados se vayan a la competencia o compartan información sobre sus salarios y beneficios con otros empleados – algo que en Silicon Valley ha cobrado matices de vileza.

Esto va al corazón del mito estadounidense de que los patrones y los empleados están en situaciones similares, una mentira que se refleja en términos de la nomenclatura orwelliana del mercado laboral como por ejemplo el “derecho a trabajar”.  En EEUU, eso se refiere no a un tipo de equidad en el sitio de trabajo, sino a la habilidad de ciertos estados de prevenir a los sindicatos la representación de todos los empleados en una empresa particular.

Pero más allá de las medidas relacionadas explícitamente con el empleo, la orden del presidente también llega hasta la relación aún más importante entre no solo el poder monopólico y los precios, sino la concentración empresarial y la cuota de participación laboral en las ganancias.

Según explica el economista Jan Eeckhout en su nuevo libro La Paradoja de la Rentabilidad, el veloz cambio tecnológico desde 1980 ha mejorado la eficiencia empresarial e incrementado dramáticamente la rentabilidad corporativa.  Pero eso también ha llevado a un incremento del poder de mercado que ha sido contraproducente para los empleados.

Su estudio muestra que las empresas en los ochenta generaban promedios de ganancia iguales a una décima parte de sus nóminas.  Para mediados de los años 2000 esa relación había aumentado a 30 por ciento y llegó a ser tan alta como 43 por ciento en el 2012.  Entretanto, los “sobreprecios” en los márgenes de rentabilidad debido al poder de mercado también han aumentado dramáticamente (aunque a veces puede ser difícil identificar esto en algunos sectores de la economía digital que no funcionan en metálico sino en trueques de datos personales).

Mientras que la tecnología puede ultimadamente reducir los precios y beneficiar a todos, esto “sólo funciona bien si los mercados son competitivos.  Esa es la paradoja de la rentabilidad”, dice Eeckhout.  Expone que cuando las empresas tienen poder de mercado, pueden eliminar a competidores que ofrezcan mejores productos y servicios.  También pueden pagar salarios menores a los que pueden costear, dado que hay menos y menos empresas contratando a la fuerza laboral.

Este problema se denomina poder de monopsonio, algo a lo cual la Casa Blanca le está prestando atención particular.

“Lo que le está pasando a los trabajadores con el aumento de la concentración empresarial, y lo que eso significa en una era de poder sindical limitado, es algo que creo que debemos evaluar mejor”, dice Heather Boushey, quien forma parte del Consejo de Asesores Económicos del presidente y conversó recientemente con el Financial Times sobre la manera en la cual la Casa Blanca percibe los retos económicos del país.

El principal reto, según la administración Biden, es fomentar un cambio en la ecuación de poder entre el capital y el empleo.  Este reto ha fomentado las ideas emergentes respecto a la política de competencia.  Muchos consideran que una política antimonopolio que se aleja de los intereses del consumidor es peligrosamente socialista – una reflexión del postulado marxista de que una demanda deficitaria es inevitable cuando disminuye el poder de los trabajadores.

Pero también se podría ver este enfoque como un retorno a los orígenes del capitalismo moderno.  Según remarcó Adam Smith hace dos siglos, “el empleo fue el primer precio, la moneda de compra original que pagaba por todo.  La riqueza del mundo no se compró en un principio con oro o con plata, sino con trabajo”.  Devolverle ese rol primordial sería algo bueno.

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