Republican gubernatorial candidate Glenn Youngkin speaks to supporters at Sabor A Barrio Restaurant in Manassas, Va. MUST CREDIT: Photo for The Washington Post by Eric Lee
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La Junta Editorial – Financial Times

Glen Youngkin es un microcosmos de la crisis de identidad de los Republicanos.  Para ganar la gobernación de Virginia, con los votos moderados de zonas suburbanas, la exestrella del capital privado se presenta como un leve conservador de la cámara de comercio.  Al mismo tiempo, le sonríe y le pica el ojo a una base partidista que todavía adora a Donald Trump.  No comparte el escenario con el expresidente pero tampoco renuncia a él.  Se preocupa de la integridad de las máquinas de votación sin alegar que a Trump le robaron su segundo período.

Su oponente Demócrata, Terry McAuliffe, se burla de este baile tímido e imperceptible.  Barack Obama ha hecho lo mismo.  Pero si Youngkin gana el próximo martes, o aún si llega cerca, los Republicanos sentirán que tienen la guía para las elecciones intermedias de 2022.

La van a necesitar.  El aroma de la pasada administración no ha disminuido.  La semana pasada, el Congreso declaró en desacato a un antiguo asesor de Trump, Stephen Bannon, por ignorar una orden de comparecencia referente al acoso al Capitolio el 6 de enero.  Trump mismo se presenta en manifestaciones y recauda fondos para una posible carrera hacia la Casa Blanca.  Los difuntos Colin Powell y John McCain están entre quienes recientemente ha denigrado.  Y está logrando todo esto sin un megáfono en medios sociales (aunque está fundando uno propio).

Al ver la relevancia eterna de Trump, Mitch McConnel, líder del partido en el Senado, se une a Youngkin y se sitúa entre los dos extremos de la derecha de EEUU - Jamás Trump y MAGA.  Quizás esto es mejor que la sumisión total al personaje.  Pero moralmente, y hasta electoralmente, no es suficiente.

Está claro que a los Republicanos todavía les cuesta decir lo obvio: que Joe Biden fue el ganador de una elección presidencial libre y justa.  “Creo que debemos pensar en el futuro y no en el pasado”, es lo máximo que pudo decir McConnell contra Trump la semana pasada.  Hay Republicanos prominentes que ni siquiera dirían eso.  Con lideres tan vacilantes, no sorprende que el cuento del robo se haya enquistado en la base del partido.  Sólo nueve Republicanos en la Cámara de Representantes votaron a favor de declarar a Bannon en desacato.  En enero, más de cien votaron en contra de certificar la elección.

Hasta la fría política en este caso es cuestionable.  El plan del partido está claro:  mantener la cabeza baja y obtener el beneficio de que esta Casa Blanca es cada vez más desafortunada.  De esa forma, puede recuperar control del Congreso y luego el poder presidencial sin tener que pasar por el arduo trabajo de purgar a Trump o crear un nuevo Republicanismo.  Como táctica, tiene plausibilidad superficial.  El desempeño de Youngkin en un estado en el cual Biden ganó por diez puntos, es prueba de ello.

El problema es que los partidos de oposición normalmente mejoran entre elecciones presidenciales.  En esos años, los votantes comparan a los titulares con la alternativa ideal, no con la que realmente existe.  Es por eso por lo cual los Republicanos subieron después de la elección de Obama en 2008 para luego verlo elegido nuevamente en el próximo ciclo presidencial.  Por ahora, basta con no ser Biden, quien ha pasado gran parte del año regateando con su propio lado sobre temas que el electorado considera secundarios.  En 2022 o 2024, esos moderados de los suburbios quizás sean mas exigentes en su evaluación de la alternativa.  Esto será doblemente cierto si Trump es el candidato nominado para la Casa Blanca.

Hay una diferencia entre un hábil gambito y una estrategia duradera, y el baile Youngkin-McConnell tiene más de lo primero que de lo segundo.  El partido podrá pensar que está evadiendo el incomodo tema de su relación con el expresidente.  En realidad, solo lo están postponiendo.

Derechos de Autor - The Financial Times Limited 2021.

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