Colombia
Beatriz de Majo, internacionalista. Foto captura de pantalla.

Por Beatriz de Majo | Una de las mejores prácticas en la vida cuando se actúa con rectitud es la de guardar las apariencias. En los políticos es hasta obligatorio. La sensatez aconseja discreción en el accionar humano, pero hay quienes no se dejan llevar por este tipo de “bobadas”, como se dice en buen colombiano.

El caso es que a través de las redes y los medios de colombianos desde el miércoles circula la fotografía en la que el sonriente expresidente de Colombia Juan Manuel Santos celebra, birra en mano, con el cabecilla de las FARC Rodrigo Londoño, el aniversario quinto de la firma del Acuerdo de Paz de La Habana que habría decidido la desmovilización de este grupo guerrillero artífice de innumerables crímenes en contra de la población y la institucionalidad colombiana. Timochenko, como se le conocía en los predios de las FARC fue el tercer comandante de este grupo de irregulares que sembró el terror y la desolación en el país vecino por media década y asumió su conducción después de que Alfonso Cano, otro sanguinario héroe terrorista, fuera dado de baja hace exactamente una década.

Es seguro que para un hombre sobre el que pendía una circular roja de Interpol y más de cien órdenes de captura celebrar su situación actual, luego de que sus fechorías fueran borradas de un plumazo con el Acuerdo de Paz de La Habana, resulta extremadamente adecuado, hasta necesario.

Es que antes de 2016 el Departamento de Estado de Estados Unidos ofrecía una recompensa de hasta $5 millones por información que condujera a su captura, para responder por cargos de tráfico de drogas. Pero su historial en Colombia comprende mucho más que eso: innumerables atentados y muertos y secuestros a granel en buena parte de la geografía neogranadina ordenados desde su centro de manejo estratégico de esta fuerza guerrillera. En aras de respetar el espacio de esta columna cito apenas que se le atribuye a este infausto personaje la tragedia del Club El Nogal en Bogotá, la noche del 7 de febrero de 2003, cuando 200 kilos de explosivos terminaron de un zarpazo con la vida de 36 personas y dejaron heridas a 198 otras.

No solo la memoria es corta cuando se alza un vaso para brindar por la paz de Colombia con un criminal de esta estirpe y se olvida el reguero de dolor que este solo hombre le ha causado al país. La moralidad debe ser flaca también para brindar pasando por alto hechos como los que se le endosan, porque cualquier ordenamiento legal establece, y con razón, que es preciso reparación y arrepentimiento al daño causado a terceros cuando se promete y se compromete la desactivación propia como criminal. Este nuevo adalid de la paz así lo había rubricado en La Habana en nombre de las FARC cuando allí se decidió levantar las órdenes de captura en su contra y contra muchos otros en Colombia.

Hay quienes dirán que el abandono de las armas por parte de 13 mil guerrilleros es motivo de satisfacción mayor, pero no lo es tanto cuando poco más de la mitad (54% apenas) se han podido acoger a planes productivos y cuando la violencia en el país está tan presente o más que antes de La Habana. Para hoy más de 1 mil 200 líderes sociales, defensores de la tierra, de los derechos humanos e indígenas han sido asesinados, según la organización Indepaz. Otro tanto hay que decir de los miles de casos de desplazamiento, ejecuciones extrajudiciales, falsos positivos, reclutamiento forzado para la población infante. ¿Se olvida Santos que una década después de su flamante Premio Nobel aún en su país hay 100 mil desaparecidos?

El recuerdo de los 262 mil muertos que ha sido el trágico balance de 50 años de violencia no puede ser objeto de brindis alguno. Estos muertos ofenderán por siempre la historia del país neogranadino.

Artículo originalmente publicado en El Nacional de Venezuela

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