Qatar LGBTQ
Jonathan Soto, periodista senior de El Tiempo Latino especializado en la fuente deportiva

El dinero puede ejercer mucha presión. Dudar de esta afirmación sería pecar de ingenuo; sin embargo, cuando se quiere torcer el camino y llevar las cosas con la obligación de ir contracorriente, la situación es incómoda. Así ha sucedido con el Mundial de Qatar 2022.

Aún no ha rodado el balón en el emirato, pero la polémica ya suma minutos de juego. Primero, su aprobación. El secreto a voces en la disciplina gira en torno a un gordo cheque desde el gobierno local para los entonces gerentes de la FIFA hace 11 años.

Los aires de corrupción de aquellos tiempos que terminaron con el Fifagate solo mancharon  más el nombre de la organización, grupo que hizo poco por intentar limpiar su imagen.

Con el paso del tiempo, las aguas se calmaron, pero eso jamás supuso el fin del debate. Conforme se dieron los primeros pasos para la construcción de los estadios llegó otro lunar. Esta vez, a Qatar se le acusó de irrespetar los derechos de los trabajadores y ofrecer pocas garantías.

Para la fecha, más de 40 trabajadores murieron en el armado de los escenarios que albergarán la cita.

Aunque a veces lo logre, el dinero no siempre puede limpiar la sangre y eso sucedió en el emirato, pues las críticas sobre la dinámica para la construcción de sus obras llovieron constantemente sobre el territorio.

El último de los problemas en este camino irregular y sombrío se generó la semana pasada, cuando la organización confirmó la seguridad para todos los que visiten el país; sin embargo, pidió a la comunidad LGBTQ evitar las muestras de afecto en público.

Qatar vive en el pasado. Esos tiempos en los que se castigaba la condición sexual de determinados grupos son cosa inexplicable y que el mundo decidió hacer a un lado; no obstante, el emirato, junto a más de 50 territorios, todavía pega con su mano dura.

El fútbol no debería ser una fiesta discriminatoria, pero desde territorios que creen que el dinero es el único ingrediente para el progreso, la disciplina deja de ser lo que es.

El fanático solo pide que su equipo siempre gane, no importa los gustos de sus exponentes. Así debería ser siempre.

En Qatar todavía no ha sonado el pitazo inicial del encuentro inaugural, pero su organización, las formas políticas y decisiones ya caen por goleada.

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