Montaje: El Tiempo Latino. Foto original de la autora: New America.

Estados Unidos debe evolucionar de policía global a solucionador de problemas a la vez que se sobrepone a la disfunción política doméstica.

POR ANNE-MARIE SLAUGHTER

Este comentario por-invitación es parte de una serie escrita por eruditos globales sobre el futuro del poder estadounidense, examinando las fuerzas que forjan la situación del país ante el mundo.

El gran George Shultz, que en paz descanse, secretario de estado estadounidense bajo Ronald Reagan, me dijo una vez que me enfocara siempre en la demografía para entender el mundo y las fuerzas que moldean el futuro.  Las horrendas imágenes de Afganistán subrayan los límites del poder militar estadounidense y la discordancia entre sus metas y las herramientas disponibles para lograrlas.  Pero el futuro del poder estadounidense depende mucho menos de la fortaleza militar que del cambio demográfico que está teniendo lugar dentro de Estados Unidos.  En las próximas dos décadas, Estados Unidos evolucionará desde ser una nación con mayoría blanca a un “país plural”: un estado en el cual no exista un grupo específico que ostente la mayoría étnica o racial.  Estados Unidos debe descifrar como aprovechar el enorme beneficio derivado de reflejar y conectar el mundo, o si no, permitirá que las tensiones demográficas lo desgarren.

Observen cualquier mapa de flujos actuales hacia y desde Estados Unidos – flujos de dinero, bienes, servicios, gente, o datos – y las líneas más gruesas conectan invariablemente con Europa.  Fíjense además en un mapa de alianzas militares, o consulados, o ciudades hermanas, y resaltará nuevamente la densidad de las conexiones de Estados Unidos con Europa.  Esto no es por accidente.

Entre 1870 y 1900, cerca de 11 millones de inmigrantes europeos vinieron a Estados Unidos, junto con unos 250.000 de Asia, principalmente de China, y casi 100.000 desde América Central y del Sur.  La población estadounidense esencialmente se duplicó durante este período, de 38 millones a 76 millones.  Para 1900, también incluía unos 9 millones de estadounidenses de origen africano, casi todos descendientes de esclavos, personas desgarradas de sus familias y tribus, y trasladadas por la fuerza a Estados Unidos, haciendo imposible en la mayoría de los casos determinar sus orígenes, y mucho menos que desarrollaran lazos económicos y culturales con sus países de nacimiento.

En el transcurso del siglo veinte, la nueva ola de inmigrantes se estableció e integró dentro de la economía y la sociedad, sobreponiéndose a múltiples prejuicios y obstáculos.  Cuando miraron al exterior – en busca de capital, mercados, ideas, viajes e historia – se fijaron en su “patria natal”, lo cual casi siempre significaba Europa.

Ya no es así.  Entre 1965 y 1990, otra inmensa ola de inmigrantes entró al país, pero esta vez vinieron abrumadoramente desde Centro y Sur América, Asia y África.  Las leyes migratorias podrían cambiar, pero una vez aquí, los inmigrantes hacen lo que siempre han hecho: obtener empleos, educarse, formar familias, lanzarse a cargos públicos y acumular poder y riqueza.

En el trayecto, contactan a sus familiares, amigos y conocidos en cualesquiera que sea su “tierra natal” y de esa forma fortalecen los lazos de una red comercial, cultural y civil con esas tierras.  Un estudio de 2017 determinó que un incremento del 10% en inmigrantes recientes a un estado estadounidense aumenta las importaciones desde sus países de origen en 1,2% y las exportaciones hacia esos países en 0,8%.  Una investigación de la oficina nacional de estudios económicos en 2015 demuestra asimismo que “un incremento de 1% en inmigración desde un país particular a un mercado laboral local lleva a empresas en esa área a exportar entre 6 y 10% más servicios a ese país”.

Hoy día, menos de la mitad de los estadounidenses menores de 18 se identifican como blancos.  Para 2027, un año después del 250 aniversario de la nación, se podrá decir lo mismo sobre los menores de 30.  En algún momento de la década 2040, Estados Unidos en su totalidad será un país sin un mayoría étnica o racial.  Como nación, los estadounidenses tendrán una distribución mucho más equitativa en términos familiares y de lazos culturales con todos los continentes: lazos que son rutas potenciales para crecimiento económico, diplomático y cultural.

Para capitalizar la totalidad de los beneficios derivados de ser una nación pluralista, sin embargo, los estadounidenses tendrán que cambiar su manera de pensar sobre la identidad y el poder.  El siglo veinte fue testigo de una transformación desde lo que fue la asimilación de culturas y razas (“melting pot”) a lo que es un mosaico multicultural, de e pluribus unum to plures.  La clave del éxito en el siglo veintiuno, doméstica y externamente, está en definir la identidad estadounidense como una identidad plural:  círculos concéntricos o que se intersecan en su identificación con otros grupos o países.  Los estadounidenses pueden ser plures et unum al mismo tiempo, diversos pero unidos.  Ese concepto espacioso de identidad nos permitirá conectarnos a nuestras raíces alrededor del mundo y celebrar la diversidad de nuestras culturas y a la vez estar orgullosos de un país suficientemente grande para albergarnos a todos.

Para convertir esta retórica en realidad debemos imaginar e implementar una política migratoria genuina para el siglo veintiuno – no sólo para inmigrantes sino para emigrantes y personas que mantienen residencia en múltiples países.  La meta es atraer talento pero también compartir talento con los países de origen, y permitir que los ciudadanos estadounidenses puedan ir y volver de otros países para vivir y trabajar, y complementar las vidas digitales con presencia física.

Esta visión aparentemente es la peor pesadilla para el conservadurismo estadounidense, la personificación de todos los temores que Donald Trump y quienes aspiran a ser sus sucesores han manipulado tan brutal y exitosamente.  De hecho, la exlíder británica Theresa May, se burló de la idea misma de tantas múltiples identidades con su afirmación de que “si crees que eres un ciudadano del mundo, no eres ciudadano de ningún sitio”.

Ha subrayado una preocupación genuina.  Uno de los grandes errores que han cometido los entusiastas de la globalización es acoger lo global a expensas de lo local.  Es posible y necesario celebrar y apoyar identidades locales enraizadas en una o más comunidades físicas – ser “de algún sitio”, como ha dicho el comentarista político británico David Goodhart – y a la vez beneficiarse de vivir y trabajar en todos lados, en espacios tanto digitales como físicos.  Como ha demostrado la pandemia, podemos simultáneamente vivir e invertir en un sitio, y trabajar en otro.

El poder también puede ser más plural.  Los funcionarios y estrategas de la política externa estadounidense deberían dejar atrás la concepción jerárquica del poder y reemplazarla con una concepción más horizontal, de ser rey de la montaña a ser núcleo de una red.  La imagen de Estados Unidos como el “policía global” siempre ha sido exagerada, pero las élites y los eruditos de la política exterior estadounidense en el siglo veinte ciertamente vieron al país como uno de los entes hegemónicos a nivel global – fuera uno de dos superpoderes o el único verdadero superpoder.  Siendo predominante, ejercitaba el duro poder de la coacción y el poder suave de la atracción, combinándolos en varias concepciones de poder astuto.

Pero el poder puede medirse igual en términos de conectividad que en preparación para el combate: como una función de la amplitud y profundidad de una red de relaciones constructivas y productivas.  En vez del servicio exterior actual, una institución creada en 1922 y que no ha cambiado mucho desde entonces, Estados Unidos debería crear un nuevo Servicio Global. Un cuerpo diplomático que se parezca al mundo, que hable los idiomas del mundo y entienda las culturas del mundo desde su nacimiento, o al menos a través de lazos familiares, tendrá una ventaja inmensa en cuanto a desarrollar relaciones sólidas con personas alrededor del globo.  Y de la misma manera que ha sido importante que los estadounidenses europeos aprendan las lenguas y las culturas de los países que los recibieron en el siglo veinte, nuestra expectativa debe ser que en el siglo veintiuno haya estadounidenses de ascendencia africana que hablen mandarín, hispano-estadounidenses que hablen árabe, o estadounidenses de origen árabe que hablen ruso.

En el campo militar, un cuerpo de líderes de la política exterior y la seguridad nacional más diverso debería evaluar una guerra en Oriente Medio, en África, Asia o América Latina con el mismo horror y la misma preocupación que siente la actual generación sobre las posibilidades de guerra en Europa.  No simplemente debido a la posibilidad de heridos y muertos en el ejercito estadounidense, pero debido a una mucho mayor conciencia de lo que los conflictos en cualquier parte del mundo significan para la población civil – la cual tiene una conexión histórica o actual con familias en Estados Unidos.

Estas nuevas élites también traerán sus propias tradiciones culturales con ellos.  Los estadounidenses europeos que crecieron en la segunda mitad del siglo veinte, como yo, tenderán a ver una asociación mucho menor entre el uso de la fuerza estadounidense y el imperialismo desbocado o la intervención en favor de élites corruptas que la que observan los estadounidenses hispanos, árabes o de ascendencia africana, quienes tienen familias provenientes de países que a menudo han sufrido una experiencia mucho más negativa de las aventuras militares de Estados Unidos.  Junto con los veteranos de las decenarias, y en el mejor de los casos inconclusas, guerras de Afganistán e Irak, su enfoque probablemente se centre más en construir la capacidad disuasoria de Estados Unidos, buscando convertirnos en una nación conocida globalmente por su capacidad para evitar guerras en vez de ganarlas.

Esa capacidad disuasoria, a su vez, se basará nuevamente en el poder de la conectividad.  Michèle Flournoy, antiguo secretario adjunto de defensa para políticas, postula que el departamento de defensa debería invertir en una “‘red de redes’ segura y resiliente para lo que es conocido (por sus siglas en inglés) como el comando C4ISR: mando, control, comunicaciones, computadoras, inteligencia, vigilancia y sondeo”.

“Red de redes” define y describe el mundo virtual en el cual todos vivimos y trabajamos cada día más.  El poder de la red es el poder de la conectividad y desconexión estratégica.  Es plural y tiene varios núcleos, y su amplitud se deriva de sus usos.  Para tener éxito con su propia gente, y ganarse el respeto de los pueblos del mundo, Estados Unidos debe dejar de ser policía y comenzar a resolver problemas, convirtiéndose en una fuerza central tanto a nivel gubernamental como a nivel de entidades no-gubernamentales en el logro de cosas como las metas para el desarrollo sostenible de la ONU.

El haber llegado a un acuerdo en el Grupo de Siete sobre una tasa mínima global para impuestos corporativos es precisamente lo correcto: trabajar con la Unión Europea y otros aliados para lograr resultados que beneficiaran a ciudadanos de todas partes al asegurar que las empresas pagan su justa cuota.  El éxito en la resolución de problemas globales significa liderar desde el centro en vez de la cima, y enfocarse en resultados para la población más que en los juegos de poder entre naciones.

Un Estados Unidos plural no sólo incrementará su poderío económico, diplomático y militar, sino que también aumentará inmensamente su poder cultural a medida que desarrolla arte, literatura, cine, música y otros medios que reflejan todas las culturas del mundo.  Y si el país puede tomar ventaja de los plenos talentos de mujeres que no están ocupadas con el cuidado de otros, puede cosechar aún mayores beneficios – incluyendo de mujeres que no podrían contribuir plenamente si estuvieran en sus países de origen, pero que ahora pueden construir lazos comerciales, culturales y políticos con sus amigos en esos países.

Es interesante que China ha entendido desde hace mucho el poder de las redes, lazos basados en relaciones familiares, comercio y cultura.  El plan de la iniciativa de la Franja y la Ruta de China se refiere explícitamente a la necesidad de “apalancar el singular papel de los chinos en ultramar, así como de las regiones de administración especial en Hong Kong y Macao”.  El Proyecto mismo es una gran estrategia basada en la construcción de infraestructura y de otras conexiones alrededor del mundo.  Notablemente, hace dos años China sobrepasó a Estados Unidos en cuanto número de embajadas y consulados.  Y sin embargo, es probable que China esté forjando un grupo de conexiones muy diferente debido a sus propias tendencias demográficas.  Su población está envejeciendo rápidamente.  Y según algunos estudios, a China le “falta” un número de mujeres equivalente a la población entera de Canadá, cerca de 35 millones, debido a abortos forzados (o peor) por causa de las preferencia de las familias por los hombres.  Millones de hombres chinos están buscando esposas alrededor de Asia y muchas de ellas son víctimas del tráfico humano.

Una nación plural no tiene garantizado el éxito.  Las fuerzas tecnológicas y demográficas que contienen esa promesa para Estados Unidos podrían despedazar el país.  La polarización política prácticamente ha paralizado al Congreso.  Está enraizada en un miedo y una desconfianza existencial que son profundos.  Estas serias divisiones reflejan – en parte – la percepción de muchos miembros de la mayoría blanca de lo que el país o ellos podrían perder, y en el caso de miembros de varias minorías, de lo que podrían obtener.

El aumento en actividad política de supremacistas blancos en el partido Republicano no es accidental.  Y ejercerá mucha más influencia sobre la política estadounidense como un todo que la que ejercen los partidos extremos equivalentes de Europa, debido a la disfunción de sistema político bipartidista - el que llegue primero - que tantas veces elige individuos que no tienen el apoyo de la mayoría de los votantes.

En el núcleo de la idea de democracia se encuentra la creencia de que cada estadounidense tiene una oportunidad igual de votar, y que las elecciones deben ser libres y justas.  También es igualmente esencial que el sistema electoral garantice que los candidatos ganadores de hecho reciban una mayoría en vez de una pluralidad de los votos emitidos.  Sin reformas tipo la adopción del voto preferencial por lista y distritos legislativos con múltiples miembros, o la eliminación de la reconfiguración distrital, es muy posible que Estados Unidos entre en un vaivén pendular de disfunción política y económica cada vez mayor.

Si Estados Unidos puede vencer a sus demonios, podrá tomar ventaja de un nuevo tipo de poder global.  En su primer discurso ante el Congreso, a los tres meses de asumir el cargo, Joe Biden habló de la necesidad de “ganar el siglo veintiuno”.  Los miembros de su audiencia pertenecientes a la generación de los baby-boomers quizás compartieron su visión de Estados Unidos como una democracia triunfante celebrando una victoria sobre la autocracia de China y Rusia.  Pero para la generación del milenio en Estados Unidos y alrededor del mundo, quienes han visto sus vidas trastornadas profundamente por una pandemia global y no saben si heredarán un planeta habitable en este siglo, esas expresiones son tan arcaicas como dialogar sobre el concierto europeo.

Desde su perspectiva, “ganar” no es cuestión de un país derrotando a otro, sino de la supervivencia y hasta prosperidad de la humanidad frente a amenazas existenciales.  El derrocamiento por parte del Talibán de un gobierno elegido en Afganistán, el cual Estados Unidos había luchado por establecer y mantener durante dos décadas, reforzará la bancarrota de intentar ser líder del mundo a través del dominio militar.  Muchos Republicanos de derecha y Demócratas de izquierda de hecho están de acuerdo en la idea de “Primero Estados Unidos”, aun cuando tienen definiciones y visiones muy distintas de lo que Estados Unidos es y debe llegar a ser.  El mantra de “moderación” está en auge, bajo lo que se conoce como “diplomacia responsable”.

Pero la moderación no es una estrategia.  Pude ser consejera en cuanto a como no actuar, pero no ofrece una receta positiva para el liderazgo estadounidense en el mundo, en conjunto con muchas otras naciones.  Es el momento justo por tanto para una nueva definición y visión del poderío estadounidense.  En el siglo veintiuno, Estados Unidos está posicionado de manera única para tomar ventaja de sus lazos con todos los pueblos del mundo y para liberar sus fortalezas, talentos y capacidad de innovación para responder a las amenazas existenciales a nivel global.

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Anne-Marie Slaughter es presidenta ejecutiva de New America, una Fundación en Washington D.C.  Anteriormente fue decana de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton entre 2002 y 2009, y directora de planificación de políticas del Departamento de Estado entre 2009 y 2011.  Su más reciente libro es “Renewal: From Crisis to Transformation in Our Lives, Work and Politics” (Princeton University, 2021) publicado en septiembre.

Este artículo es una traducción del original en inglés publicado en la revista The Economist el 24 de agosto de 2021. Si desea puede leer el artículo original aquí.

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