Montaje: El Tiempo Latino. Foto original del autor: Gordon Brown.

Si el mundo no es capaz de distribuir equitativamente las vacunas contra el Covid, ¿cómo podrá responder a otros retos globales?  Se requieren nuevas estrategias de cooperación, dice un antiguo primer ministro británico.


POR GORDON BROWN

Este comentario por-invitación es parte de una serie escrita por eruditos globales sobre el futuro del poder estadounidense, examinando las fuerzas que forjan la situación del país ante el mundo.

El año 1945 trajo el fin de la guerra, el comienzo de la era nuclear y, puede decirse que el inicio de un mundo multilateral.  Un arma tan devastadora obligó a los líderes del mundo – y una población ansiosa – a darse cuenta de que las naciones deben cooperar o perecer.  Hoy vivimos no sólo a la sombra de las armas nucleares, pero en la intensidad del cambio climático y la pandemia, recordatorios de la fragilidad de nuestro existir.  Si no hubiera un esquema multilateral, tendríamos que instaurarlo.  Pero en el momento en el cual se necesita mayor interacción multilateral, resulta que hay menos.  Frente a inmensos retos, necesitamos reconstruir la naturaleza de la cooperación internacional de manera que sea efectiva y genere respuestas dentro de una escala temporal adecuada.

La crisis de la distribución de vacunas contra el Covid-19 ilustra nuestro problema.  Los países occidentales actualmente acumulan cientos de millones de dosis que podrían salvar vidas de inmediato en países pobres, donde únicamente 2% de la población ha sido inoculada.  Para diciembre, habrá un superávit de al menos mil millones de vacunas.  Esto denota una debilidad fundamental por parte de países desarrollados en cuanto a actuar concertadamente para hacer lo correcto.  Ninguna otra decisión en tiempos de paz, por parte de líderes mundiales, puede salvar tantas vidas en tan poco tiempo.

La cumbre de las vacunas del presidente Joe Biden el 22 de septiembre, al margen de la asamblea general de la ONU, debería acordar la transferencia de las vacunas excedentarias de occidente e intercambiar fechas de entrega para asegurar la distribución de dosis a los no inoculados lo más rápido posible.  Hacer esto no es sólo correcto moralmente pero es de interés para occidente, ya que si no se vacuna a los pobres al mismo nivel que a los ricos, el virus mutará y nuevas variantes nos afectarán a todos, incluyendo los vacunados.

Demasiadas veces, la cooperación global es vista como una ecuación que suma cero, en la cual un país gana algo a costa de otro.  Pero entregar bienes públicos y prevenir políticas que dañan a otros – en este caso, combatir enfermedades infecciosas y evitar el proteccionismo médico – son áreas donde la coordinación global es necesaria y efectiva.

Cerrar la brecha de las vacunas debería haber sido el punto de partida de un nuevo orden multilateral en el cual países, aceptando obligaciones comunes, acordaran trabajar juntos para lograr metas comunes.  Pero el fracaso nos obliga a preguntar: ¿si no podemos resolver un problema relativamente sencillo como la distribución de vacunas cuando tenemos un excedente de suministros, cómo vamos a enfrentarnos a otros retos complejos, como son el cambio climático, la proliferación nuclear, la seguridad cibernética y los paraísos fiscales, todos los cuales también requieren respuestas globales?

Un fiasco neocolonial en materia de vacunas

La crisis de cooperación internacional se ha estado forjando durante mucho tiempo.  Considérese el Grupo de Siete, un club de las principales economías desarrolladas del mundo.  Sus comunicados solían mover los mercados, determinar las tasas de cambio y ser decisivas en fijar los niveles globales de crecimiento y desempleo.  Tan recientemente como el 2005, bajo la dirección de Gran Bretaña, el grupo hizo historia al acordar la eliminación de $40 millardos en deudas de los 18 países más pobres (una cifra que luego aumentó) y duplicar los montos de ayuda a África.  Pero en épocas recientes el G-7 ha sido notable por lo que no ha logrado, tocando su punto bajo en 2018 cuando el presidente Donald Trump se retiró enfadado de una reunión en Canadá.  Los líderes no pudieron siquiera acordar una insípida declaración de prensa.

La reunión más reciente, en Cornwall, con el primer ministro británico Boris Johnson como anfitrión, fue una oportunidad para revivir el grupo en cuanto a ser un motor para las relaciones multilaterales en el servicio de valores globales.  Era un momento de la historia en el cual debían brillar los grandes – o al menos podía haber sido así.  Covid-19 y la recesión impusieron sobre el G-7 una nueva responsabilidad en la encrucijada de la economía y la geopolítica; eran los precursores de otros retos globales, tipo el ecológico.

La cumbre proveyó una plataforma que Estados Unidos deseaba, para mostrar un liderazgo global y dejar al descubierto lo que consideraba como el oportunismo de China, cuya diplomacia en términos de vacunas – bajo la cual había suministrado gratis sus dosis caseras a sus amigos favoritos mientras le cobraba precios excesivos al resto – estaba dividiendo y no unificando al mundo.  Si redirigía el excedente de sus vacunas a través del programa internacional COVAX destinado a dotar a países pobres, Estados Unidos y Europa podrían dotar al corazón de la respuesta a la pandemia de un esfuerzo multilateral liderado por occidente.

Pero la cumbre acabó con una leve iniciativa para proveer únicamente 870 millones de dosis a los países más pobres del mundo para el verano siguiente.  Tres meses más tarde, COVAX sólo ha recibido donaciones de 100 millones de dosis.  En agosto, se descubrió que uno de los que suscribió la iniciativa, la Unión Europea (donde aproximadamente 65% de las personas están vacunadas), estaba importando millones de vacunas producidas en África (donde el nivel de inoculación es de sólo 4%).

Todos los pecados de la era colonial, por los cuales occidente había desagraviado, parecían volver a la palestra en el África contemporánea.  Occidente estaba succionando recursos al continente, negando a África la posibilidad para crear una capacidad de manufactura doméstica al retrasar la transferencia tecnológica, la exención de patentes y las licencias de uso, ofreciendo sólo el equivalente de unas migajas caídas de la mesa del rico.  En un momento en el cual 1,5 mil millones de vacunas se producen mensualmente y África es la que necesita vacunas con mayor urgencia, ha tomado hasta septiembre para que la UE reemplace las dosis que se llevó.

El fiasco demuestra hasta qué punto la cooperación multilateral está en segundo lugar frente al nacionalismo de las vacunas.  El fracaso en utilizar el milagro de las vacunas para lograr la inoculación universal hace difícil que occidente pueda jactarse de tener solvencia moral.  El que occidente no pueda coordinar la entrega de un bien público el cual controla y tiene acaparado, levanta suspicacias sobre su habilidad para ser líder en términos generales.  No podemos responsabilizar al G-7 por la ruptura del orden multilateral.  Pero ciertamente se le puede achacar que no se resistió al proteccionismo y que ha sido indolente ante la deslumbrantemente obvia necesidad de ser una fuerza global para el bien.

Hegemonía perdida

Durante las últimas dos décadas el mundo ha visto un auge del nacionalismo defensivo en países tanto liberales como no liberales.  Ha habido una avalancha de aranceles, controles fronterizos y de inmigración, y la construcción de muros, rejas y barreras que separan países.  Más recientemente, una nueva modalidad de nacionalismo tribal se ha hecho agresiva: primero Estados Unidos, primero China, primero la India, primero Rusia y así todos.  “El futuro no pertenece a los globalistas – el futuro pertenece a los patriotas”, vituperó el presidente Donald Trump ante la asamblea general de la ONU en 2019.

Durante su momento unipolar entre las décadas 1990 y 2010, Estados Unidos actuaba multilateralmente; pero luego, en una era multipolar, Estados Unidos bajo el Sr. Trump invariablemente actuaba de manera unilateral.  Si bien el presidente Biden promete cooperación multilateral, sus convicciones geopolíticas – y su punto de vista de que China ha convertido la política en un juego suma cero – han tomado precedencia sobre la teoría económica reconocida que promueve el mutuo beneficio en el comercio y la interacción transparente.  Pero los problemas globales requieren respuestas globales, sea cual sea la situación de las relaciones internacionales.

Estados Unidos ya no puede definirse como la única esfera de influencia en este nuevo mundo multipolar, y no tiene porqué enfrentar al mundo por su cuenta.  Pero para parafrasear en un nuevo contexto las palabras de Dean Acheson, el estadista estadounidense de la postguerra: Estados Unidos ha perdido su hegemonía pero no ha encontrado todavía otro rol.  Su instinto sigue siendo actuar unilateralmente como si fueran tiempos unipolares, cuando debería ser el líder de un nuevo esquema multilateral para una era multipolar.

El país debe imaginarse un mundo en el cual ya no es el único superpoder.  Será uno en el cual, como demuestra lo ocurrido en Afganistán, ninguna nación, no importa su poderío o riqueza, puede dictar unilateralmente sus deseos al mundo.  Debe ser un mundo en el cual los lideres de las grandes potencias logren las cosas uniendo voluntades – y en esta era multipolar, la principal esperanza del mundo sigue siendo una medida esencial de liderazgo estadounidense.  Si no quiere ser el policía del mundo, puede ser el que resuelve los problemas: indispensable menos por el poderío de su fuerza que por la fuerza de su ejemplo.

Muchos buscan el liderazgo global mas allá de las naciones-estado, en las instituciones internacionales, desde las Naciones Unidas hasta la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y demás.  No dudo de los beneficios que estos entes pueden proveer y proveen.  Pero en mi experiencia durante unas veinticinco cumbres G-7 y G-20 de ministros de finanzas y jefes de estado, las decisiones clave no pueden tomarlas estas instituciones – se requiere la activa participación de los líderes de los grandes poderes.  Si bien un creciente consenso “pluri lateral” – en el cual organizaciones sin fines de lucro y empresas dialogan con los gobiernos – ayuda a enfrentar problemas globales, nunca podrá remendar los daños si los líderes no ejercen su liderazgo.

De las políticas de estado a la acción colectiva

Con el tiempo, podemos reestructurar el proceso de toma de decisiones a nivel global (y en otros escritos he plasmado algunas ideas al respecto), pero el ambiente geopolítico actual no es apto para la reconfiguración que requiere el sistema internacional.  Un mejor punto de partida es la cooperación práctica, tema-por-tema, para abordar los retos más urgentes.  Por tanto, en el corto plazo, la única alternativa es lograr que el G-7 y el G-20 funcionen mejor.

El G-20 sufre la ausencia de un secretariado formal, una membresía muy estrecha y la posibilidad de dificultades cuando le toque en rápida sucesión su presidencia a Indonesia, India y Brasil (dos de ellos por primera vez).  El poder del G-20 depende más que nada en que haya al menos la semblanza de un G-2: China y Estados Unidos logrando trabajar en conjunto.  En el actual impase, las iniciativas conjuntas del G-20 en temas como el espacio cibernético, la restructuración de deuda, y el manejo de la internet, serán difíciles de lograr y existe un verdadero riesgo de que se desarrolle un futuro de “un mundo con dos sistemas”.

Pero debido a que esto no es una guerra fría, todavía existe la esperanza de que, a pesar de las tensiones sobre Taiwán, Hong Kong, los derechos humanos y el plano tecnológico, ambos países puedan acordar acciones sustanciales en el tema ecológico, coordinación macroeconómica y salud global – incluyendo algo como un nuevo instrumento financiero para estar preparados frente a pandemias.

El G-7 enfrenta su propio momento de la verdad, ya que los críticos quieren ver si las naciones ricas, las cuales mantienen valores liberales dentro de su territorio, también están preparadas para apoyar esos valores más allá de sus fronteras.  Si lo hicieran, la Cumbre por la Democracia que está planificando el presidente Biden para la renovación democrática del mundo podría empezar a parecer creíble.

Pero primero el G-7 debe convertirse en motor del impulso multilateral – comenzando con la distribución de las vacunas y la colaboración.  No se construirá sobre la base de los idealismos elevados de 1945 sino sobre un realismo práctico que enfrente los retos globales para los cuales la única alternativa es la acción colectiva.

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Gordon Brown fue primer ministro de Gran Bretaña entre 2007 y 2010.  Es el autor de “Seven Ways to Change the World” (Simon & Schuster, 2021).

Este artículo es una traducción del original en inglés publicado en la revista The Economist el 17 de septiembre de 2021. Si desea puede leer el artículo original aquí.

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