Montaje: El Tiempo Latino. Foto original del autor: St. Gallen Symposium.

Al dejar Afganistán en caos, el declive estadounidense evoca el de Gran Bretaña hace un siglo.  Puede que también genere un conflicto más amplio, advierte un historiador.


POR NIALL FERGUSON

Este comentario por-invitación es parte de una serie escrita por eruditos globales sobre el futuro del poder estadounidense, examinando las fuerzas que forjan la situación del país ante el mundo.

“Las multitudes seguían sumergidas en la ignorancia… y sus líderes, queriendo sus votos, no se atrevían a sacarles de su engaño”.  Así escribió Winston Churchill sobre quienes ganaron la primera guerra mundial en “Cómo se Fraguó la Tormenta”.  Amargamente recordó un “rechazo a reconocer hechos desagradables, el deseo de popularidad y éxito electoral, sin considerar los intereses vitales del estado”.  Los lectores estadounidenses que observan la vergonzosa salida de Afganistán por parte de su gobierno, y escuchan los tensos esfuerzos del presidente Joe Biden por justificar el impío desastre que ha causado, puede que vean al menos parte de la crítica de Churchill a la Gran Bretaña de la entre guerra como algo incómodamente familiar.

El sentimiento británico era el producto de una combinación de cansancio nacional e “hiperextensión imperial”, para tomar prestada una frase de Paul Kennedy, un historiador de Yale.  Desde 1914, la nación había sufrido una guerra, una crisis financiera y en 1918-19 una horrible pandemia, la fiebre española.  El panorama económico estaba ofuscado por una montaña de deuda.  Si bien el país seguía siendo el emisor de la moneda dominante del mundo, ya no era único en ese plano.  Una sociedad altamente desigual inspiró a los políticos de la izquierda a demandar una redistribución, si es que no era abiertamente socialismo. Una proporción significativa de los intelectuales fueron más allá, adoptando el comunismo o el fascismo.

Entretanto, la clase política establecida prefería ignorar una situación internacional en deterioro.  El dominio global británico estaba amenazado en Europa, en Asia, en el Medio Oriente.  El sistema de seguridad colectiva – basado en la Liga de las Naciones, la cual se había establecido en 1920 como parte del acuerdo de paz posterior a la guerra – se estaba derrumbando, dejando únicamente la posibilidad de alianzas para complementar recursos imperiales que estaban sobre extendidos.  El resultado fue un fracaso desastroso en cuanto a aceptar la escala de la amenaza totalitaria y almacenar los recursos para desalentar a los dictadores.

¿Nos ayuda la experiencia británica a entender el futuro del poderío de Estados Unidos?  Los estadounidenses prefieren tomar lecciones de su propia historia, pero podría ser más ilustrativo comparar al país con su predecesor en cuanto a hegemonía global anglófona, porque Estados Unidos hoy en día, se parece de muchas maneras a la Gran Bretaña de la entre guerra.

Al igual que todas las analogías históricas de este tipo, esta no es perfecta.  La vasta amalgama de colonias y otras dependencias regidas por Gran Bretaña en los 1930 no tiene contraparte estadounidense hoy en día.  Esto les permite a los estadounidenses sentirse seguros de que no tienen un imperio, aún en el momento de retirar sus soldados y civiles de Afganistán luego de una presencia de veinte años.

A pesar de su alto nivel de mortalidad por Covid-19, Estados Unidos no se está recuperando del tipo de trauma que Gran Bretaña experimentó en la primera guerra mundial, en la cual un número inmenso de hombres jóvenes fueron sacrificados (cerca de 900.000 murieron, un 6% de hombres entre las edades de 15 y 49 murieron, para no hablar de los 1,7 millones de heridos).  Y tampoco enfrenta Estados Unidos el tipo de amenaza clara y presente que la Alemania Nazi era para Gran Bretaña.  Sin embargo, las similitudes son notables, y van más allá del fracaso de ambos países en imponer orden en Afganistán. (“Esta claro”, escribió The Economist en febrero de 1930, luego de las “prematuras” reformas modernizantes que causaron una revuelta, “que Afganistán no quiere tener nada que ver con occidente”). Y las implicancias para el futuro del poderío estadounidense son preocupantes.

En décadas recientes se han escrito tantos libros y artículos que predicen la debacle estadounidense, que la “declividad” se ha convertido en un cliché.  Pero las experiencias británicas entre los 1930 y los 1950 es un recordatorio de que hay peores destinos que un declive suave y gradual.

Rastreen el dinero

Comencemos con las montañas de deuda.  La deuda pública británica luego de la primera guerra mundial aumentó desde 109% del PIB en 1918 hasta cerca de 200% en 1934.  La deuda federal de Estados Unidos es diferente en facetas importantes, pero es comparable en magnitud.  Alcanzará cerca de 110% del PIB este año, un nivel aún mayor que su anterior máximo histórico marcado en la época inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial.  La oficina de presupuesto del Congreso estima que podría superar 200% para 2051.

Una diferencia importante entre Estados Unidos hoy y el Reino Unido hace aproximadamente un siglo es que el vencimiento promedio de la deuda federal estadounidense (65 meses) es bastante corto, mientras que el 40% de la deuda pública británica eran bonos perpetuos o anualidades.  Esto quiere decir que la deuda de Estados Unidos hoy día es mucho más sensible a cambios en las tasas de interés que lo que era la de Gran Bretaña en su momento.

Otra diferencia clave es el cambio que ha ocurrido en las teorías fiscales y monetarias, gracias en gran parte a la crítica que hizo John Maynard Keynes de las políticas británicas de la entre guerra.

La decisión de Gran Bretaña en 1925 de volver al patrón oro para la libra esterlina al mismo valor excesivo de antes de la guerra condenó a Gran Bretaña a ocho años de deflación.  El poder adicional de los sindicatos significó que los recortes salariales se retrasaron frente a los de precios durante la depresión.  Esto contribuyó a los despidos.  En el nadir de 1932, la tasa de desempleo era de 15%.  Sin embargo, la depresión de Gran Bretaña fue leve, en gran parte porque abandonar el patrón oro en 1931 le permitió relajar la política monetaria.  Una disminución en las tasas de interés significaba una reducción en el peso del servicio de deuda, y creaba un nuevo espacio fiscal para manejar la situación.

Una reducción similar en el costo de su servicio de deuda parece poco probable para Estados Unidos en los próximos años.  Algunos economistas, siguiendo la pauta del antiguo secretario del tesoro Larry Summers, han pronosticado un peligro inflacionario derivado de la actual política monetaria y fiscal.  Mientras que las tasas de interés reales bajaron en Gran Bretaña durante la década de 1930, en Estados Unidos se prevé que regresen a niveles positivos para 2027 y aumenten paulatinamente hasta 2,50% para mitad de siglo.  Es cierto que las predicciones de aumentos en las tasas de interés han errado en el pasado, y que la Reserva Federal no tiene apuro para restringir la política monetaria.  Pero si las tasas suben, el servicio de la deuda estadounidense será más caro, poniendo presión sobre otros rubros del presupuesto federal, especialmente sobre el gasto discrecional en áreas como defensa.

Eso nos trae al punto central del tema.  La gran preocupación de Churchill en los 1930 era que el gobierno estaba procrastinando – era la base racional de su política de apaciguamiento – en vez de llevar a cabo un rearme enérgico en respuesta al comportamiento cada vez más agresivo de Hitler, Mussolini y el gobierno militarista de un Japón imperial.  Uno de los principales argumentos de los apaciguadores era que las restricciones fiscales y monetarias – incluyendo principalmente el costo de gerenciar un imperio que se extendía desde Fiyi hasta Gambia, hasta Guyana y hasta Vancouver – imposibilitaba un rearme más expedito.

Puede parecer poco realista sugerir que Estados Unidos enfrenta amenazas comparables hoy en día – no sólo de China, sino también de Rusia, Irán, y Corea del Norte.  Pero el mero hecho de que en apariencia sea impráctico, ilustra este punto.  La mayoría de los estadounidenses, al igual que la mayoría de los bretones entre las guerras, simplemente no quieren contemplar la posibilidad de una gran guerra contra uno o más regímenes autoritarios, especialmente además de los extensos compromisos militares que el país ya tiene.  Es por eso por lo cual la proyección de que el gasto estadounidense en defensa bajará de 3,4% del PIB en 2020 a 2,5% en 2031, solo le causa consternación a quienes piensan como Churchill.  Y estos pueden esperar la misma reacción hostil – las mismas acusaciones de beligerancia – que Churchill tuvo que sufrir.

El poder es relativo

Un declive relativo a otros países es otro punto de similitud.  Según estimados del historiador Angus Maddison, la economía británica para los 1930 había sido sobrepasada en términos de producción no sólo por Estados Unidos (ya desde 1872), sino también por Alemania (en 1898 y nuevamente después de los desastrosos años de guerra, hiperinflación y depresión, en 1935) y la Unión Soviética (en 1930).  Es cierto que el imperio británico en conjunto era una economía mayor que la del Reino Unido – quizás hasta el doble si se incluye a los dominios (Canadá, Australia, y otros países que hoy día son parte de la Mancomunidad Británica).  Pero la economía estadounidense era aún mayor y siguió siendo más del doble de la de Gran Bretaña, a pesar del impacto más severo de la Gran Depresión en Estados Unidos.

Estados Unidos hoy en día tiene un problema similar en cuanto a un declive relativo en términos de producto económico.  Sobre la base de la paridad del poder adquisitivo (PPP por sus siglas en inglés), la cual permite que muchos productos domésticos chinos tengan un menor precio, el PIB de China alcanzó al de Estados Unidos en 2014.  Medido en dólares a valor presente, la economía estadounidense sigue siendo más grande, pero se estima que la brecha se reducirá.  Este año el PIB de China en dólares corrientes equivaldrá aproximadamente a 75% del de Estados Unidos.  Para el 2026 será de 89%.

No es un secreto que China presenta un reto económico mayor que el que alguna vez representó la Unión Soviética, ya que la economía de esta nunca llegó a ser más que un 44% de la de Estados Unidos durante la Guerra Fría.  Tampoco es información clasificada que China busca alcanzar a Estados Unidos en muchos dominios tecnológicos con aplicaciones de seguridad nacional, desde inteligencia artificial hasta computación cuántica.  Y las ambiciones del líder chino, Xi Jinping, también son bien conocidas, junto con su renovación de la hostilidad ideológica del partido comunista chino hacia la libertad individual, el imperio de la ley y la democracia.

El sentimiento estadounidense hacia el gobierno chino se ha hecho mucho más amargo en los últimos cinco años.  Pero eso no parece traducirse en contrarrestar activamente la amenaza militar china para proteger el interés público. Si Pekín invade Taiwán, la mayoría de los estadounidenses probablemente evoquen al primer ministro británico, Neville Chamberlain, quien notoriamente describió el intento alemán por dividir Checoslovaquia en 1938 como “una escaramuza en un país lejano, entre gentes sobre las cuales no sabemos nada”.

Una fuente crucial de la debilidad británica entre las guerras fue la revuelta de los ilustrados contra el imperio y más generalmente contra los valores tradicionales de Gran Bretaña.  Churchill recordó con disgusto el debate en la Oxford Union en 1933 sobre el tema - “esta casa se rehúsa a luchar por el rey o la patria”.  Según comentó: “era fácil reírse e ignorar ese tipo de episodio en Inglaterra, pero en Alemania, en Rusia, en Italia, en Japón, la idea de una Gran Bretaña decadente y degenerada se enraizó e influyó en muchos cálculos”.  Esta es la forma en la cual muchos integrantes de la nueva raza china de diplomáticos denominados “lobos guerreros”, y de los intelectuales nacionalistas, ven a Estados Unidos hoy en día.

Los nazis, los fascistas y los comunistas tenían todos buenas razones para pensar que el imperio británico sucumbía ante el odio interno.  “Ni siquiera sabía que el imperio británico estaba muriendo”, escribió George Orwell sobre su periplo como policía colonial en su ensayo “Matar a un Elefante”.  Pocos intelectuales intuyeron como Orwell que Gran Bretaña estaba, a pesar de todo, “bastante mejor que los pequeños imperios que la iban a reemplazar”.  Muchos – a diferencia de Orwell – adoptaron el comunismo soviético, con resultados desastrosos para la inteligencia occidental.  Entretanto, un número impactante de miembros de la elite aristocrática de la sociedad estaban atraídos por Hitler.  Hasta los lectores del Daily Express estaban más dispuestos a burlarse del imperio que a celebrarlo.  El arquetipo inglés “Big White Carstairs” en la columna Beachcomber era una caricatura aún más absurda del personaje colonial que el coronel Blimp de David Low.

El fin de los imperios

El imperio estadounidense puede que no se manifieste en dominios, colonias o protectorados, pero la percepción de dominancia internacional, y los costos asociados con su sobre extensión, son similares.  Tanto la izquierda como la derecha en Estados Unidos hoy día rutinariamente ridiculizan o vilipendian la idea de un proyecto imperial.  “El imperio estadounidense se está derrumbando”, se regodea Tom Engelhardt, un periodista de The Nation.  Desde el ala derecha, el economista Tyler Cowen imagina sardónicamente “lo que sería la caída del imperio estadounidense”.  Paralelamente, Cornel West, el filósofo progresista, afro estadounidense, ve “Black Lives Matter y la lucha contra el imperio de EEUU [como] una sola cosa”, y dos Republicanos pro-Trump, Ryan James Girdusky y Harlan Hill, califican la pandemia como “el ejemplo más reciente de la manera en la cual el imperio estadounidense no tiene ropajes”.

La derecha sigue defendiendo la historia tradicional de la fundación de la república – como un rechazo al colonialismo británico – en contra de los intentos de la izquierda “despertada (woke)” de replantear la historia de Estados Unidos sobre la base de la esclavitud y luego la segregación.  Pero pocos en ambos lados del panorama político suspiran por la era de hegemonía global que comenzó en 1940.

En resumen, como los bretones de los 1930, los estadounidenses de los 2020 se han desencantado del imperio – un hecho que observadores chinos han notado y disfrutado.  Pero el imperio continúa.  Claro está que Estados Unidos tiene pocas colonias oficiales: sus Islas Vírgenes y Puerto Rico en el Caribe, Guam y las islas Mariana del Norte en el Pacífico Norte, y Samoa Americana en el Pacífico Sur.  En base a los estándares británicos, es una lista paupérrima de posesiones.  Sin embargo, la presencia militar de Estados Unidos es casi tan ubicua como lo fue en su apogeo la de Gran Bretaña. Se puede encontrar personal militar estadounidense en más de 150 países.  El total de tropas desplegadas más allá de las fronteras de los cincuenta estados es cercano a 200.000.

La adquisición de responsabilidades globales tan extensas no fue fácil.  Y es engañoso pensar que deshacerse de ellas será más fácil.  Esta es la lección de la historia británica que los estadounidenses deben aprender mejor.  La desaconsejable decisión del presidente Joe Biden de una “retirada final” de Afganistán es la señal más reciente por parte de un presidente de Estados Unidos sobre el deseo de reducir los compromisos del país en ultramar. Barack Obama comenzó el proceso retirándose de Iraq prematuramente y anunciando en 2013 que “Estados Unidos no es el policía del mundo”.  La doctrina “Primero Estados Unidos” promulgada por Donald Trump fue simplemente una versión populista del mismo impulso: él también quiso salir de Afganistán y sustituir la contrainsurgencia con aranceles.

El problema, como ilustra perfectamente la debacle de este mes en Afganistán, es que la retirada de una posición de dominio global raramente es un proceso pacífico.  Independientemente de cómo lo comuniques, anunciar que te estas dando por vencido en tu guerra más larga es admitir una derrota, y no sólo a los ojos del Talibán.  China, la cual comparte con Afganistán una pequeña porción de su vasta frontera, también está observando de cerca.  Y lo mismo Rusia, con zloradsvo – traducción rusa de Schadenfreude – el deleite en la miseria de otro.  No fue mera coincidencia que Rusia intervino militarmente tanto en Ucrania como en Siria sólo meses después de que Obama renunciara al rol de policía global.

La creencia del Sr. Biden (expresada a Richard Holbrooke en 2010) que uno podía salir de Afganistán de la manera en la cual Richard Nixon salió de Vietnam y “no sufrir consecuencias” es historia mal entendida: la humillación estadounidense en Indochina sí tuvo consecuencias.  Envalentonó a la Unión Soviética y sus aliados a crear problemas en otros sitios – en el sur y este de África, en Centroamérica, y en Afganistán, la cual invadió en 1979.  Recrear la caída de Saigón en Kabul tendrá efectos adversos comparables.

El final del imperio de Estados Unidos no era difícil de prever, aún en la cúspide de la arrogancia neoconservadora posterior a la invasión de Iraq en 2003.  Como postulé en mi libro Colossus: The Rise and Fall of America’s Empire (Penguin, 2004), había al menos cuatro debilidades fundamentales en la posición global estadounidense en ese momento.  Estas son déficit de mano de obra militar (pocos estadounidenses desean pasar largas temporadas en sitios como Afganistán e Iraq); déficit fiscal (ver arriba), déficit de atención (el electorado tiende a perder interés en cualquier intervención a gran escala después de unos cuatro años), y déficit de sentido histórico (la renuencia de los gerentes de políticas a aprender lecciones de sus predecesores, y menos si son de otros países).

El imperialismo británico nunca experimentó este tipo de déficits.  Otra diferencia – más aguda en muchas maneras que el déficit fiscal– es el déficit en la posición internacional de inversión neta (NIIP por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, la cual está un poco por debajo del 70% del PIB.  Una NIIP negativa significa esencialmente que el monto de activos estadounidenses en manos de extranjeros excede la propiedad de entidades estadounidenses en ultramar.  Por contraste, Gran Bretaña todavía tenía una posición inmensamente positiva en NIIP en la entre guerra, a pesar del monto de activos externos liquidado para financiar la primera guerra mundial.  Desde 1922 hasta 1936 estuvo consistentemente por encima de un 100% del PIB.  Para 1974 había bajado a un 3%.

La venta del resto de la plata imperial (para ser precisos, obligar a los inversionistas británicos a vender activos extranjeros y entregar los dólares) fue una de las maneras en las cuales Gran Bretaña financió la segunda guerra mundial.  Estados Unidos, el gran imperio endeudado, no tiene una reserva similar.  Sólo puede costear el pago de mantener su posición dominante en el mundo vendiendo aún más deuda pública a extranjeros.  Ese es un basamento precario para el estatus de superpoder.

Enfrentando nuevas tormentas

Churchill no argumentaba en “Cómo se Fraguó la Tormenta” que el crecimiento de Alemania, Italia y Japón fuera un proceso indetenible, condenando a Gran Bretaña al declive.  Por el contrario, insistía que la guerra podía haberse evitado si las democracias occidentales hubieran tomado acciones más decisivas a comienzos de los 1930.  Cuando el presidente Franklin Roosevelt le preguntó lo que la guerra debía llamarse, Churchill replicó “de inmediato”: “La Guerra Innecesaria”.

De la misma forma no hay nada inexorable sobre el auge de China, y mucho menos el de Rusia, y todos los demás países alineados con ellos son desastres económicos, desde Corea del Norte hasta Venezuela.  La población China está envejeciendo aún más rápido de lo esperado; su fuerza laboral se esta reduciendo.  El endeudamiento privado está por los cielos y pesa sobre el crecimiento.  Su mal manejo de los primeros brotes del Covid-19 han golpeado fuertemente su posición internacional.  También corre el riesgo de convertirse en el villano de la crisis ecológica, ya que no tiene facilidad para disminuir el uso de carbón en la generación de energía para su industria.

Y sin embargo no es difícil imaginarse el desarrollo de una serie de eventos que podrían llevar a otra guerra innecesaria, más notablemente debido a Taiwán, la cual el Sr. Xi desea y la cual Estados Unidos está (ambiguamente) comprometido con defender contra una invasión – un compromiso que cada vez tiene menos credibilidad a medida que el balance de poderes evoluciona en el Asia Oriental.  (La creciente vulnerabilidad de los portaviones estadounidenses a los misiles balísticos anti-navío como el DF-21D es sólo un problema para el cual el Pentágono no tiene solución).

Si la disuasión estadounidense fracasa y China apuesta por un ataque súbito, Estados Unidos enfrentará una decisión severa entre pelear una guerra larga y difícil– como le tocó a Gran Bretaña en 1914 y 1939 – o plegarse, como ocurrió en la crisis de Suez en 1956.

Churchill dijo que escribió “Cómo se Fraguó la Tormenta” para resaltar:

la manera en la cual la maldad de los perversos era reforzada por la debilidad de los virtuosos; cómo la estructura y los hábitos de los estados democráticos, a menos que estuvieran soldados a mayores organismos, carecen de esos elementos de persistencia y convicción que se necesitan para dotar de seguridad a las humildes masas; cómo, aún en temas de autopreservación… los consejos de prudencia y moderación pueden convertirse en agentes principales del peligro mortal … [cómo] el camino intermedio adoptado por deseos de bienestar y de una vida tranquila podría llevar directamente al epicentro del desastre.

Concluyó su tomo con una de sus muchas y sustanciales reglas de vida: “Las realidades son mejores que los sueños”.  En años recientes, los líderes estadounidenses se han enamorado de los sueños, desde la fantasía de los neoconservadores bajo George W. Bush del “dominio a todos los niveles” hasta la oscura pesadilla de la “masacre” estadounidense conjurada por Donald Trump.  A medida que se fragua una nueva tormenta global, puede que sea el momento de enfrentar una realidad que Churchill entendía demasiado bien:  el final de un imperio es pocas veces un proceso sin dolor.

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Niall Ferguson es experto adjunto (senior fellow) en la Hoover Institution y director gerente de Greenmantle, una firma de asesoría en política y economía. Su libro más reciente es “Doom: The Politics of Catastrophe” (Allen Lane, 2021).

Este artículo es una traducción del original en inglés publicado en la revista The Economist el 20 de agosto de 2021. Si desea puede leer el artículo original aquí.

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