Diseño de migrantes en EE UU
Comida, tradiciones y añoranzas: así es el otro lado de los migrantes latinos que pasan sus primeras navidades en Estados Unidos. Diseño: El Tiempo Latino
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leonerahernandez23@gmail.com

—En mi estado hay bastantes venezolanos, cubanos y puertorriqueños, pero no muchos de mi país.

David salió de Colombia a finales de abril con una visa de turista. Antes de él, su padrastro se había adelantado y le había preparado un lugar en el cual quedarse cuando aterrizara en Florida. Tenía pocas cosas en mente, pero las que tenía, estaban claras: quería ahorrar dinero para comprar una casa e invertir en el sector agropecuario colombiano, en el que se quiere dedicar en el futuro.

Pero apenas llegó, supo que en su primer año tendría un largo camino de adaptación, sobre todo en la forma de vivir y convivir con los demás. David recuerda que, en Colombia, el trato entre las personas es amistoso, muy diferente a la forma de ser del estadounidense, que “va cada uno por su lado”. Aun así, su mamá, su padrastro y él, intentan que la rutina sea lo más cercana posible a la que tenían en Villavicencio –municipio cercano a Bogotá–, con las diferencias lógicas que implica el proceso.

—Me ha dado muy duro el estilo de comida de acá. La comida enlatada no me ha gustado mucho. Sí me gusta de Estados Unidos la seguridad que tiene y la economía: uno trabaja y se ve el dinero. La seguridad se ve demasiado y acá la gente respeta mucho la autoridad, algo que a veces no ocurre en Colombia. Acá sí hay ley, por decirlo así, y eso es bacano.

En 2020, Colombia ocupó el séptimo lugar de los países de habla hispana con más habitantes en Estados Unidos. Su población alcanzó 1,24 millones de colombianos, de acuerdo a datos analizados por el Pew Research Center.

Por eso, cada vez que se reencuentra con otro colombiano, recuerda aquellas viejas navidades en las que las reuniones familiares y entre amigos despedían las últimas fiestas del año. Y algo así quiere replicar. “La idea es reunirme con mi familia y tratar de que no cambie mucho lo que hacíamos en Colombia. Vamos a preparar unos tamales o buñuelos, aunque la masa no queda igual. No imagino una forma diferente de pasar nuestra primera Navidad en Estados Unidos”.

Para David cualquier migrante en su condición debe ir día a día pensando en lo quiere y trabajando para ello. Acostumbrarse lo más rápido posible a un nuevo país y trazar metas a corto plazo: en su caso, poder lograr el asilo y, aunque no sabe cuándo, prestar servicio militar en Estados Unidos.

—En mi próximo año sé que tendré mi licencia. Quiero conocer más la cultura norteamericana, su idioma y seguir viviendo una experiencia nueva.

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Tradiciones aunque sea lejos

Ese domingo se sale de la rutina. Generalmente Carla* se levanta a las 5:30 de la mañana para salir una hora después al trabajo. Es ayudante de cocina en un restaurante de comida venezolana en Atlanta y, allí, la camaradería con sus compañeros de trabajo hace que su jornada sea más fácil. Así viene siendo desde hace más de cuatro meses, cuando llegó a Estados Unidos escapando de la crisis humanitaria compleja que vive Venezuela.

De acuerdo a la Plataforma Regional de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes Venezolanos (R4V), Estados Unidos ha recibido a más de 465 mil venezolanos. Esta cifra constituye un incremento de 15,26% respecto a los números registrados por el Migration Policy Institute en 2018 (394 mil migrantes). Es, además, el cuarto país que más recibe a los venezolanos en el mundo y el primero fuera de Sudamérica.

En Venezuela, sobre todo en la ciudad natal de Carla, Maracaibo, es común que las celebraciones navideñas comiencen luego del 18 de noviembre: ese día recuerdan el Día de la Virgen de Chiquinquirá, un festejo católico que suele iniciar anticipadamente la temporada decembrina que se avecina. Pero ahora es domingo 21 de noviembre y Carla comienza a preparar sus primeras navidades como migrante.

—Hay una forma de traer nuestras tradiciones a este país: a través de los platos típicos navideños podemos traer las navidades a Estados Unidos. Aquí se consiguen todos los ingredientes importados de varios países. Puedes ir a una panadería venezolana y consigues pan francés, tal y como te lo comías allá.

El árbol de Navidad, la preparación de las hallacas –el plato tradicional para esta época del año en Venezuela–, y las canciones de gaita, acompañan a Carla y a la mayoría de los venezolanos en la diáspora que buscan llevar sus tradiciones como en casa. No es fácil, como ella misma lo dice, pero es de las pocas maneras que encuentra para acortar las distancias culturales entre uno y otro país. 

Su primer año también está sirviendo para admirar cosas que, considera, en Venezuela no se ven: el uso de la tecnología en la cotidianidad, las opciones de empleo y las comunidades venezolanas que se agrupan cada vez más entre sí. Lo difícil, extrañar a la familia que ahora está a una videollamada de distancia.

—En 2022 espero tener a toda mi familia reunida completa. Que mis hijos estén aquí y podamos estar todos en familia. Pero igual esta será una Navidad venezolana. No pienso olvidar ni mis costumbres, ni mi cultura, ni mis tradiciones. Pienso continuar 100% venezolana aunque me encuentre en Estados Unidos.

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El lado bueno y el lado malo

Éricka se ve a sí misma como una afortunada de la migración. Su primera Navidad en Estados Unidos estará marcada, por una parte, por la tranquilidad de comenzar la regularidad laboral que imaginaba en junio cuando llegó. Pero, también, por el recuerdo de las tradiciones que le acompañaban en aquellas noches junto a la familia de su esposo en la ciudad mexicana de Hermosillo, estado de Sonora.

Los primeros meses en Estados Unidos de Éricka, sus dos hijos y su esposo, han estado acompañados por el cuidado de una nueva vida. Ella sale temprano a trabajar como coordinadora de nómina en una empresa de Phoenix, Arizona, mientras que él, aún en trámites, se queda en casa cuidando a sus dos hijos para evitar males mayores.

—Será una navidad tranquila y nueva para mi esposo. Yo estoy un poco acostumbrada porque ya había pasado navidades aquí, pero estoy segura de que él soltará algunas lágrimas. Extraña a su mamá, pero sobre todo su individualidad laboral. Eso se lo han cuestionado mucho sus amigos: que cómo está de mantenido en este país y les contesta que él trabaja en casa. Realmente tener el trabajo de “amo de casa” es un trabajo de tiempo completo.

Como reconoce Éricka, para muchos mexicanos, la Navidad es una época de nostalgia y tristeza por la lejanía. En su trabajo ha escuchado historias de personas que llevan décadas sin volver a México o ver a sus familiares. Eso a ella no le pasa, pero sí es consciente de que es una realidad que se ve a menudo. “Y pensar que yo alguna vez renegué de mi papá por ser ciudadana americana, mientras hay personas sufriendo”.

En cambio, el estatus de ella es distinto. Éricka podría decir que sus regalos decembrinos llegaron por adelantado en el poco tiempo que lleva lejos de su país. Uno, que encontró un trabajo que le gusta y donde forma parte de una diversidad de culturas de la que siempre aprende algo nuevo. Allí comparte con rusos, cubanos, escoceses y mexicanos, varios de ellos beneficiarios de la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA). Comparte con dreamers.

Dos, que pese a no manejar el inglés, las personas a su alrededor le han ayudado a adaptarse mejor. “Hay buenas personas (sobre todo ‘gringos’) que aprecian más tu manera de querer salir adelante que el hablar al 100% inglés”. Y tres, que su hija de 9 años también está aprendiendo sobre una cultura que no conocía, sobre todo por formar parte del programa escolar para recién llegados “Bienvenido a América”.

Debido a que vive en un estado fronterizo, Éricka y su familia no estarán muy lejos de su casa, ni de sus tradiciones en Navidad. Tampoco de los platos norteños de cada diciembre. Su cena navideña usualmente consiste en pavo, puré de papa, ejotes con chile y ensalada de bombón. También menudo blanco (panza de la vaca con granos de nixtamal, cebolla y cilantro). Y por supuesto, los tragos de cerveza y soda. Casi todo lo puede calcar de ambos lados de la frontera, pero con una advertencia: “La carne no es igual”.

—Me encanta el ambiente navideño, pero nada como estar en tu verdadero hogar y mi hogar sigue siendo México. Metas tengo muchas, principalmente hacerme a la idea de que aquí es mi nueva vida.

“Un proceso único”

Las primeras navidades de Carla, Éricka y David muestran parte de la adaptación cultural y emocional que llevan los migrantes latinos a lo largo de su primer año. Para Yolanda Vera, psicóloga clínica y miembro de la red de psicólogos venezolanos en la diáspora (Psicodiáspora), las navidades, cumpleaños y fechas patrias son hitos importantes y, por lo tanto, tienen una alta carga emocional en la vida de cualquier persona.

“La migración es un duelo, y por ende, en su tránsito y elaboración, el migrante puede sentirse especialmente afectado en ocasiones como estas. No obstante, son reacciones normales y completamente esperables frente a la separación de los seres queridos”, dice la psicóloga en una entrevista con El Tiempo Latino.

Vera, quien además ejerce como life coach en Tampa, Florida, también ve positivo que las celebraciones familiares puedan ser ajustadas para incorporar nuevas tradiciones sin distorsionar el sentido original. Por ejemplo: agregar algunos elementos a la gastronomía latina y presentar la propia cuando se tenga la oportunidad de compartir. O simplemente apelar a detalles como cantar el cumpleaños en español y luego en inglés.

—Como es de imaginarse, la primera Navidad puede resultar abrumadora para el migrante, especialmente si tiene pocos meses de haber arribado al país. Como recomendación principal, sugiero poder reconocer y abrazar todas las emociones que se presenten. Todas son válidas y necesarias. La migración es un proceso que genera sentimientos diversos, que pueden ir desde la alegría y la emoción de descubrir lo nuevo, hasta la añoranza de aquello que dejamos atrás.

Por ello, la psicóloga enumera una serie de sugerencias útiles para los migrantes latinos en sus primeras navidades:

  • Celebrar la Navidad con las tradiciones y rituales que solían practicar en su país de origen. Esto puede ser especialmente importante si se migra con niños y adolescentes, como una manera de preservar la continuidad y la conexión con la identidad. Si para esta familia o persona, era importante la elaboración del plato navideño en conjunto, intentar hacerlo siempre es una buena manera de estar conectado con el origen, incluso si solo se hace con el círculo más íntimo y cercano.
  • De igual forma, se podría recurrir a las redes sociales para ubicar grupos o asociaciones que aglomeran a compatriotas en esa ciudad destino. Grupos de #venezolanos, #colombianos, #peruanos, según sea el caso, o de latinos en esa ciudad y estar atento a las convocatorias para eventos en las fiestas decembrinas.
  • Planificar de manera anticipada alguna reunión virtual con la familia que se quedó en el país de origen, así sea durante los días previos a Navidad y Año Nuevo. Esto, con el fin de asegurar la comunicación puesto que las líneas y plataformas más usadas pueden saturarse en las horas cercanas a la medianoche. El no lograr hablar con la familia puede generar frustración y más tristeza.
  • Y si por el contrario, se prefiere estar menos vulnerable ante la vorágine de emociones de esos días, se puede simplemente intentar planificar algo sencillo como ver una película juntos, cenar algo ligero y dormir temprano. El duelo migratorio es un proceso único y personal, y cada uno debe saber reconocer y respetar lo que necesita en ese momento. 

*Por petición del entrevistado en trámites migratorios, se usó un nombre falso para resguardar su identidad.

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