CAOS. Cada migrante intenta tener una vida normal en medio de sus vivencias atropelladas. / IMAGEN : ETL

Ciudad de México, México.- Una semana antes de Navidad, más de 530 migrantes del Caribe y Centroamérica se refugiaron bajo el cobijo de la Basílica de la Virgen de Guadalupe en Ciudad de México.

Dormían donde podían, unos bajo una gran carpa que cubre una cancha de baloncesto, otros bajo una en un parque de patinetas y algunos simplemente con una bolsa de plástico como techo. Escucharles era un collage de acentos y lenguas, todos unidos en un tortuoso peregrinaje por tierras extrañas solo guiados por la esperanza en una vida mejor.

Por casualidad, o no, su albergue se llamaba La Casa del Peregrino, aunque en muchos aspectos parecía un hospital de campaña, donde muchas personas reposaban sobre colchonetas, por cansancio y por heridas.

El viernes 10 de diciembre la caravana transitaba hacinada en camiones desde Puebla a Ciudad de México, pero el convoy fue detenido después de mediodía. Miembros de la Guardia Nacional mexicana obligaron a todos los pasajeros a bajarse de los vehículos, lo que provocó la manifestación, en plena vía, de al menos unos 350 migrantes exigiendo llegar a la capital. La protesta se extendió hasta el sábado.

“Es que aquí nadie va a pasar”, dijo un agente de la guardia, según Ricardo, un migrante hondureño que camina con su esposa e hijo.

“Allí retrocedimos a los niños y nos paramos todos los varones, rompimos la barrera y entonces ellos empezaron a golpearlos”, relató Ricardo mientras señalaba a los menores y adultos heridos en otras camas.

Las personas en el refugio dan testimonio de cómo solo para ingresar a la capital de México decenas fueron golpeados, extorsionados, atropellados y hasta durmieron a la intemperie; no obstante, ellos sí vivieron.

Unas 45 horas antes, 55 migrantes murieron y cientos resultaron heridos aparatosamente en Chiapas -algunos de ellos familiares de estos caminantes- por el volcamiento a alta velocidad del camión de carga en el que viajaban.

La lenta identificación de las víctimas y la incomunicación atormentaba también en el refugio. Tienen pocos recursos para evadirse -quizás uno de ellos es la protesta callejera, que fue prácticamente diaria durante su estadía en la capital mexicana-  y toscamente buscan sanar sus heridas, visibles o no, bajo esas carpas, sobre sus colchones y a un lado de sus maletas. En ellos ya no hay orgullo que les haga ocultar sus deseos y dolores.

¿Por qué caminar?

El hijo de Yanahí Ávila, Christian de 19 años, estaba tendido sobre una colchoneta en el refugio. Recién había salido de una cirugía de emergencia. Hace cinco días recibió, en medio de una golpiza, una patada de un miembro de la Guardia Nacional mexicana a la salida de Puebla, que le hizo perder su testículo izquierdo.

“Gracias a Dios él salió bien, pero tiene su trauma como nosotros”, cuenta la madre cubana, quien cree pertinente conseguir ayuda psicológica para el joven.

Debido a la pandemia, Yanahí se quedó varada junto con su esposo e hijo en Guyana, donde habían ido a comprar mercancía para su negocio en Cuba.

“Fuimos tres veces (a la embajada de Cuba en Georgetown, Guyana) y nadie nos atendió”, denuncia. Sus días se volvieron cinco meses, perdieron su mercancía y probaron suerte en Brasil cinco meses más hasta que decidieron arriesgarse a llegar a EEUU por tierra en el último trimestre de 2021.

Similar suerte corrió Adrián Verdaez, otro cubano, quien tras casi tres años en Trinidad y Tobago, país ampliamente denunciado por no aceptar la figura jurídica del refugio, también se enfrentó a perder el derecho de regresar a su nación. En aquella estadía en Trinidad encontró el amor en otra migrante, una venezolana llamada Geraldine. Ambos emprendieron un viaje hasta Brasil y después avanzaron caminando y en aventones hasta el norte. No darán marcha atrás. “Nuestro propósito es EEUU”, dijo.

PRECARIEDAD. La infancia se intenta desarrollar en cada parada de la caravana. CRÉDITO: Andrés Segovia.

Las historias de casi todos en el albergue – inclusive de países próximos como Guatemala, Honduras o El Salvador-  recogen no solamente la necesidad de salir de sus tierras, sino también de cómo fueron rechazados y no reconocidos legalmente en sus destinos.

Pierre Michelet, del Movimiento de Haitianos en México, comentó que casi todos sus compatriotas han llegado desde Brasil o Chile. La causa es que no han tenido documentación o políticas de integración en ningún sitio y lamenta que en México también tengan dificultades para poder “incorporarse a la sociedad” como demanda.

Las precarias condiciones de vida en sus países de origen y la invisibilidad jurídica en sus destinos son los motivos de su inestabilidad. Para ser precisos, los migrantes de esta caravana son realmente desplazados, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). El motivo es que se movilizan primeramente por la necesidad, ya no tienen elección.

Un trágico camino

Con un pie descubierto yace sobre su colchón. Luis Dony Morataya, de Guatemala, aplica cuidadosamente esmalte para uñas sobre la herida que en su talón le dejó el golpe del escudo de un policía al intentar ingresar a la Ciudad de México.

A su lado, también con una pierna claramente inflamada, reposa la guatemalteca Milagros Cardona. En el mismo altercado se le dobló el tobillo cuando las autoridades lanzaron gas lacrimógeno y se abalanzaron “sobre mujeres y niños”, como ella, para inmovilizarlos, relató.

Dijo que su tratamiento ha sido estarse “sobando”, aunque reconoció, como varios en La Casa del Peregrino, que han recibido buena atención de los trabajadores de Derechos Humanos. En cambio, de parte de los policías y migración solo han recibido maltratos, aseguró Ávila.

Ella relató haber sido estafada por miembros del Instituto Nacional de Migración (INM) de México “con papeles falsos” que le costaron “miles de pesos mexicanos” en Chiapas.

Estas instituciones gubernamentales son señaladas por incluso fomentar la xenofobia. “Donde pasamos, ellos le dicen a la gente que cierren los negocios porque llegamos a robar y saquear”, denunció Leonardo Córdoba, de Venezuela. “A las horas, la gente se da cuenta que es mentira y nos empiezan a atender, pero nos ponen difícil todo (víveres y efectivo)”, contó.

Ante la desconfianza en el Estado mexicano, muchos toman la alternativa de “coyotes” o “polleros” para agilizar su paso por México. Pero esta decisión puede ser peligrosa: el cubano Adrián y su esposa venezolana Geraldine pasaron siete días de secuestro en Chiapas, luego de contratar un coyote, «con una botella de agua y un plato de comida por día», denunciaron.

CONDICIONES. La estancia en La Casa del Peregrino se observa con el deseo de que sea temporal. CRÉDITO: Natalia Matamoros.

No obstante, los relatos más terribles de quienes llegan desde Sudamérica están en el Tapón del Darién (selva fronteriza entre Colombia y Panamá), un territorio no poblado, tomado por grupos armados.

“Me salvé de que me violaran, gracias a Dios”, dijo en testimonio una mujer para un video tomado por el grupo de migrantes venezolanos de la caravana.

“Es una experiencia que no se la recomiendo a nadie”, declaró la mujer, venezolana. Nadie sale de allí sin ser al menos robado, aseguraron todos los que cruzaron allí y lograron ver cadáveres en la ruta.

Ese mismo tramo ha visto pasar a casi todos los haitianos en el refugio, como Wilchend Hyppolite, quien pensó haber observado lo peor, pero durante la entrevista le atormentaba no saber del paradero de su familia una semana después de la muerte por un volcamiento de 55 migrantes en Chiapas.

Solo sabe que su sobrino “perdió a su hija de dos años” y él era el padrino. Aseguró que cuatro familiares suyos estuvieron en el accidente y su contacto telefónico era con un amigo hospitalizado, cuyas últimas palabras fueron “no tengo tiempo de hablar” y cortó.

Al menos cuatro personas en el refugio afirmaron tener familiares víctimas o desaparecidos por el volcamiento. No es mucho lo que pueden hacer, muchas heridas físicas se ven ya en el grupo como para insistir en las psicológicas.

Sara Valdéz, de Honduras, recostada en la lona que le sirve como pared señala sus cuatro puntos de sutura en la cabeza y el collarín, para enderezar su columna, que le dejó el atropellamiento de un vehículo del INM a la salida de Puebla. Al otro extremo del lugar, un hondureño, el señor Teodoro Hernández, pedía ayuda para acomodarse el cabestrillo que le quedó de la dislocación de su brazo después de ser sometido por la Policía Nacional de México.

La violencia los ha acechado durante un camino que aún no se despeja en todo tipo de incertezas, incluso después de sus partidas desde La Casa del Peregrino, el jueves 23 de diciembre.

Caminante, no hay camino…

“Necesitamos dar gracias de todo el cansancio, nuestro peregrinaje desde el sur de Chiapas, esta es una caravana de fe, la fe es la que nos ha traído tan lejos”, aseguró en su paso por Puebla Irineo Mujica, líder de la caravana migrante, al diario El País de España.

ESPERANZA. Israel Lazo es del grupo que a pesar de todo ve en México un lugar para establecerse y “escribir”. CRÉDITO: Natalia Matamoros.

Él, junto con otros representantes de su organización Pueblo Unidos Migrantes, se presentaron el jueves 16 de diciembre a la Secretaría de Gobernación de México, en la capital, y tras ocho horas de reunión llegaron al acuerdo de recibir “visas humanitarias” para dejar que los miembros de la caravana se movilizaran por el territorio mexicano sin problemas y que otros, si lo deseaban, pudieran residenciarse en el país.

El proceso de regularización inició el lunes 20 de noviembre, permitiendo que poco más de 30 personas cada día pudieran hacerlo. Sin embargo, los migrantes no dejan de expresar su desconfianza, algunos creen que los documentos que les van a dar serán inútiles como los que recibieron en Tapachula, que realmente no les permitían ni movilizarse ni ejercer actividades económicas. Además, también sostienen que las autoridades mexicanas son muy arbitrarias y corruptas, “así los documentos poco valen”, dijo uno en anonimato.

Sin importar el caso, la mayoría expresa el objetivo de alcanzar su “tierra prometida” y esa esperanza se hacía notar en sus pausas en el albergue.

Los niños “agarran zapatos para jugar y colorean”, comentó una madre que observaba a su hija divertirse con otra.

Otros niños intentaban alcanzar una señal de wi-fi para actualizar sus precarios teléfonos, una niña mostró con orgullo cómo iba ganando el “juego de la víbora” en un celular.

Por su parte, había adultos que se concentraban en buscar donde cargar sus celulares, otros escuchaban música y algunos revisaban los libros que les llevó la Comisión de Derechos Humanos de Ciudad de México.

Uno de ellos, el hondureño Israel Lazo Escalante, escribía. “Quiero hacer un libro sobre la vida del inmigrante”, expresó con timidez y deseo.

Lazo lleva un diario organizado, con buena caligrafía y su última hoja escrita inicia con la sentencia: “La vida del inmigrante es muy oscura y muy perseguida”, sin embargo, él no pierde las esperanzas y se enorgullece de lo que guarda su experiencia de cárcel en México y maltratos.

Incluso, expresó que su meta era vivir en Ciudad de México, conseguir un trabajo y tener estudios universitarios. Una aspiración distinta a la de la mayoría, quienes antes de Navidad ya habían sido trasladados a las ciudades fronterizas con EEUU que ellos eligieran.

La mayoría, según relataron ellos, se apostaron cerca de Arizona.  No saben si la ruta por el desierto de Sonora será menos tortuosa que la espera del programa “Remain in Mexico”.

Los relatos, los móviles y objetivos de esta caravana migratoria son tan variados como sus integrantes, sin embargo, en su peregrinación los une la esperanza sobre sus tragedias.

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