President Joe Biden has taken steps to increase the availability of rapid tests, but health experts say more needs to be done. MUST CREDIT: Washington Post photo by Demetrius Freeman

Edward Luce

No hay tema en el cual la bifurcación de los medios estadounidenses sea tan evidente como el de la edad del presidente.  Para el mundo de medios conservadores, la senilidad imaginaria de Biden es parte del día a día.  Personeros Republicanos piden rutinariamente que se someta a pruebas cognitivas.  El término “demencia” se utiliza repetidamente.  Por contraste, lo más cerca que han llegado los medios tradicionales a mencionar la edad de Biden es la serie de reportajes sobre las encuestas deficientes de su vicepresidenta, Kamala Harris.  Para estos, es cómo si hablar abiertamente sobre la edad avanzada de Biden validaría a los promotores de las conspiraciones.

Eso es un error.  No hay razón para pensar que Biden sufre de algo más que los rasgos propios que lo caracterizaron en sus décadas jóvenes, tales como meteduras de pata y la tendencia a hablar demasiado.  Ninguna de estas es degenerativa.  De hecho, han mejorado los errores de Biden desde que fue elegido presidente, y su verbosidad ha sido limitada por el guion electrónico de la Casa Blanca.  Hay algunos indicios de que su memoria está fallando – insinuó dos veces el año pasado que Taiwán era aliado formal de EEUU, algo que su equipo tuvo que corregir.  Pero no hay nada que sugiera senilidad o demencia.

Y sin embargo eso no va a evitar que la edad de Biden se convierta en un problema.  Ya lo es.  La postura oficial del presidente es que se lanzará a la reelección. Sólo un 41 por ciento de los votantes Demócratas piensan que Biden tendría mayor chance que otro candidato Demócrata de ganar la elección en 2024.  El número equivalente para Donald Trump entre los Republicanos es de 57 por ciento.  Parte de esta brecha tiene que ver con la edad.  Aunque Trump es sólo cuatro años menor que él, cuando cumpla en noviembre Biden será el primer presidente de EEUU en llegar a los 80 años mientras ostenta el cargo.  Es poco creíble pensar que tendrá suficiente energía al final de su segundo mandato, a la edad de 86.

No hablar del tema no es una solución.  Durante la campaña pasada, el equipo de Biden debatió brevemente si debía declarar abiertamente que sería presidente por un solo período.  Rechazaron esa línea porque lo habría convertido en un presidente sin garra casi de inmediato.  Esa lógica sigue en pie.  Aunque Biden tenga pensado retirarse después de su primer período, como predicen muchos Demócratas, sería contraproducente expresarlo públicamente.  El poder presidencial es un bien menguante.  Ceder mayor poder voluntariamente no tiene sentido.

Aun así, Biden dio pistas claras durante la campaña de que se contentaría con un período.  Se auto describió como un “puente” a la generación de relevo.  Miembros de su campaña le describieron como una “figura de transición”.  Se podía perdonar a los votantes si pensaban que se les pedía apoyar un presidente de emergencia con el rol principal de deshacerse de Trump y preparar el terreno para la próxima ola de figuras.

Ese debería seguir siendo el objetivo de Biden.  Lo cual nos trae a la dificultad presentada por Harris.  Es común en Washington descartar a Harris como alguien de poco peso que está trastabillando en sus deberes.  Las encuestas respaldan esa visión.  Una encuesta reciente la califica con el menor nivel de aprobación entre todas las vicepresidencias de la historia moderna de EEUU.  Quizás sea cierto que Harris no puede ganar la presidencia – para no hablar de si puede ser una líder exitosa – pero la Casa Blanca de Biden no le está dando muchas oportunidades para probar lo contrario.

Entre vicepresidentes recientes, únicamente Mike Pence, el número dos de Trump, ha tenido menos influencia sobre la oficina oval.  Al Gore, como vicepresidente de Bill Clinton, Dick Cheney con George W. Bush y Biden mismo como el de Obama todos tuvieron roles más importantes.  Se suponía que Harris había sido añadida a la fórmula presidencial debido a su identidad – una mujer no-blanca que podía disfrazar a Biden frente a la imagen de que era alguien del pasado.  Habiendo ayudado a Biden a ganar la presidencia, Harris parece haber cumplido su propósito principal.

Si bien Harris tiene varias responsabilidades nominales, el público sólo parece haber notado la de detener la migración desde el “triángulo norte” de América Central.  El término “cáliz envenenado” viene a la mente.  Dada la corrupción endémica en Centroamérica, habría sido mejor si Biden le hubiera pedido que arreglara Afganistán.  Sería más adecuado para el futuro concederle victorias más fáciles, como la lucha contra los monopolios corporativos, o dada su experiencia cómo fiscal, que ayudara a los alcaldes urbanos tipo Eric Adams en Nueva York en su lucha contra la criminalidad – y la reforma (no la “reducción de fondos”) policial.  Eso presentaría a Harris bajo una luz distinta.

Planificar la sucesión siempre es un negocio problemático.  El riesgo es que Biden quiera volver a lanzarse pero cambie de opinión al último momento.  Tratar a Harris como un activo gastado es algo que se retroalimenta.  Conformar un grupo de posibles sucesores – incluyendo a su vicepresidenta – es la única póliza de seguros responsable de Biden.

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