Trump supporters surround the Capitol as legislators inside attempt to certify the election of President Biden on Jan. 6, 2021, in Washington. MUST CREDIT: Washington Post photo by Bonnie Jo Mount.

(c) 2022, The Washington PostDan Balz

El asalto del 6 de enero al Capitolio, tan impactante como en su momento, podría haber visto en ese momento como un último, desesperado y finalmente infructuoso intento de gente leal al presidente Donald Trump de interrumpir la certificación final de elecciones presidenciales que daban como ganador a Joe Biden.

Sin embargo, marcó el florecimiento de un Partido Republicano dominado por una mayoría que sigue negando lo que sucedió en las elecciones de 2020 y aspectos de lo que sucedió en el Capitolio ese día. En el aniversario de un evento que sacudió al país y marcó el comienzo de un año de nuevas amenazas contra la democracia misma, las preguntas sobre la fortaleza del sistema electoral rara vez han sido más urgentes.

Aunque el debate y la discordia han sido parte de la experiencia estadounidense durante mucho tiempo, los fundadores probablemente no previeron las condiciones que existen hoy: un partido político importante en el cual la mayoría de los seguidores creen en falsedades y algunos trafican con teorías de conspiración; un expresidente implacable en sus esfuerzos por sembrar división y difundir desinformación; y un Congreso fracturado incapaz de funcionar colectivamente para proteger la democracia misma, o que carece de la voluntad para hacerlo.

Hace un siglo y medio, el amargo debate sobre la esclavitud finalmente provocó la Guerra Civil, cuyo resultado impidió que Estados Unidos se separara entre el Norte y el Sur. Hoy, las preocupaciones sobre el futuro se han vuelto tan agudas que tres generales retirados advirtieron, en un reciente artículo de opinión en el Post, que el país podría encaminarse hacia otra insurrección después de las elecciones de 2024, y un posible colapso militar que podría conducir a una guerra civil. No están solos en sus temores.

A lo largo de gran parte de la historia del país, a pesar de los debates a veces rencorosos, los que estaban en lados opuestos generalmente encontraron puntos en común en los valores compartidos y el compromiso de hacer que el experimento estadounidense fuera un éxito. Hoy, gracias a la fractura de las fuentes de información, un entorno tóxico en las redes sociales y una mayor hostilidad entre bandos opuestos, esos lazos se han debilitado hasta el punto de casi romperse.

Eso presenta algunas preguntas: ¿Quién o qué protege a la democracia del desmoronamiento, aparte de una creencia comunitaria en su valor y la buena voluntad de los ciudadanos de cualquier bando de la división política en la que vivan para protegerla? ¿Hay barreras – la Presidencia, el Congreso, el Departamento de Justicia, la Corte Suprema y los tribunales inferiores, los funcionarios locales o los propios ciudadanos – que sean capaces y estén preparados a defenderla si es necesario? Estas preguntas, a principios de este año, siguen sin respuesta.

Miembros del equipo del Congreso ponen barreras a las puertas de su oficina para protegerse de la turbamulta. FOTO: Washington Post por Amanda Voisard.

Alan Abramowitz, politólogo de la Universidad de Emory, señaló que en 2020, las barreras de defensa de la democracia lograron resistir. Los tribunales rechazaron repetidamente las falsas afirmaciones y las súplicas de Trump y sus aliados para revocar los resultados. El secretario de estado de Georgia, Brad Raffensperger, se resistió a la intimidación directa de Trump para cambiar los resultados certificados (y recontados). El Congreso completó la certificación de los resultados del colegio electoral en las primeras horas de la mañana después del asalto al Capitolio.

Pero Abramowitz dijo que no está seguro de que las cosas se desarrollen de la misma manera en el futuro. «Existe una creciente preocupación de que la próxima vez que veamos un intento por parte de un candidato derrotado de anular los resultados de una elección justa y libre, puede tener muchas más posibilidades de éxito debido al amplio apoyo de los líderes y votantes del partido del candidato derrotado y posiblemente incluso de los tribunales y de los funcionarios electorales», dijo en un intercambio de correos electrónicos.

Lilliana Mason, politóloga del Instituto SNF Agora de la Universidad Johns Hopkins, dijo que el hecho de que las barreras de defensas funcionaran esta vez también les dio, irónicamente, una mayor visibilidad, haciendo que estas defensas sean ahora el objetivo de quienes las quieren debilitar. «Las defensas resistieron porque todos coincidieron en que eran importantes, que eran una parte necesaria del camino, para tratar de evitar que el auto se descarrilara», dijo. «Pero la retórica que hemos visto desde las elecciones, creo, ha hecho ver que mantener el auto en la carretera es cada vez menos importante».

Un compromiso colectivo con la democracia se basa en la aceptación y el cumplimiento de las normas. Hoy, agregó Mason, el Partido Republicano está imponiendo en gran medida la lealtad a Trump, en lugar de apegarse a las normas tradicionales de oposición a la violencia antigubernamental, y a la vez profundiza sus esfuerzos en los estados para facilitar el bloqueo de la certificación de los resultados electorales.

Trump fue ampliamente condenado por ayudar a incitar a los alborotadores que invadieron y ocuparon el Capitolio. Muchos lo criticaron en aquel momento, incluidos prominentes líderes Republicanos, entre ellos el actual líder de la minoría del Senado, Mitch McConnell (R-KY), y el líder de la minoría de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy (R-CA). Muchos de ellos, como McConnell, se han retractado desde entonces, y algunos, incluido McCarthy, incluso han tratado de ganarse el favor del expresidente. La representante Liz Cheney (R-WY), se erige como una centinela poco común en su partido, poniendo en riesgo su carrera política al describir al expresidente como una amenaza.

Mientras tanto, un año después de que el ataque del 6 de enero fuera criticado por casi todo el espectro político, el 34% de los estadounidenses, incluido el 40% de los Republicanos, el 41% de los Independientes y el 23% de los Demócratas, dicen que hay ocasiones en las cuales está justificado usar la violencia contra el gobierno, según una encuesta del Washington Post y la Universidad de Maryland (UMD). Ese porcentaje es más alto que en encuestas anteriores tomadas durante varias décadas.

Las preguntas sobre la responsabilidad de Trump por su rol en el asalto al Capitolio continúan siendo planteadas por un bando y descartadas por el otro. El comité de la Cámara de Representantes que investiga el 6 de enero podría recomendar que se emprendan acciones legales contra él para responsabilizarlo. Es cuestionable si el Departamento de Justicia tendría el apetito para presentar tal caso; no es una decisión fácil por razones legales y políticas. El futuro de Trump como figura y fuerza política probablemente tendrá que decidirse en las urnas electorales, y la existencia de un culto pro-Trump podría incluso ir más allá de su propia candidatura activa.

Partidarios de Trump chocan con la policía a las afueras del Capitolio. FOTO: Washington Post por Amanda Andrade-Rhoades.

Lo que marca el aniversario del asalto del 6 de enero es que las actitudes y percepciones entre los votantes de Trump han cambiado tan poco. Según la encuesta del Post-UMD, la mayoría de los estadounidenses dicen hoy que Trump tiene «algo de» o «mucha» responsabilidad por lo sucedido ese día, incluyendo que el presidente alentara a sus seguidores a dirigirse al Capitolio para «mostrar fuerza» y «detener el robo». Pero el 83% de los votantes de Trump y el 72% de los Republicanos dicen que tiene poca o ninguna responsabilidad. Entre los votantes de Trump, el 61% dice que no tiene ninguna responsabilidad.

Si bien la mayoría de los estadounidenses están de acuerdo en que no hay evidencia sólida que respalde las afirmaciones de Trump sobre irregularidades generalizadas en las elecciones de 2020, el 64% de los votantes de Trump dice que sí. A pesar de la ausencia de evidencia para respaldar esas afirmaciones de que el sistema está plagado de fraude, y mucha evidencia que afirma lo contrario, los votantes de Trump apenas han cambiado marginalmente su manera de pensar durante el año pasado en cuanto a este asunto fundamental de las elecciones de 2020.

Se podría mejorar la administración de las elecciones y, si hubiera algún espíritu de bipartidismo en el Congreso, se podrían hacer algunos cambios, aunque sea sólo para actualizar la obsoleta Ley de Conteo Electoral de 1877, que sigue rigiendo el proceso mediante el cual el Congreso revisa y certifica los resultados de los estados. Pero la integridad general del sistema electoral estadounidense se ha repetidas veces. Ésa no es una crisis que enfrenta el país.

Partidarios de Donald Trump al lado este del Capitolio justo antes de su irrupción en el edificio para intentar detener la certificación electoral. FOTO: Washington Post por Michael Robinson Chavez.

En este año electoral, las consecuencias políticas serán especialmente altas y, con ello, habrá nueva atención sobre el funcionamiento de la democracia. Los Republicanos tienen la mira puesta en tomar el control de la Cámara y quizás del Senado. Biden está plagado de desafíos. Su índice de aprobación se ha hundido y su emblemática propuesta legislativa, el plan Build Back Better (“Reconstruir Mejor”), permanece en el limbo con más negociaciones por delante. Los Demócratas están frustrados y preocupados. El Covid sigue siendo un peligro. Trump, con el control total de su partido, continúa presionando a sus compañeros Republicanos para que acepten sus falsedades electorales, y aparentemente su mirada está puesta en postularse nuevamente en 2024. Mientras tanto, la legislación electoral propuesta por los Demócratas está bloqueada en el Senado.

Gran parte de la atención en los próximos meses estará en la cuestión de quién ejercerá el poder en el Congreso el próximo enero. La respuesta inevitablemente tendrá un impacto en las preguntas sobre el futuro de las elecciones estadounidenses y de las instituciones de la democracia. ¿Cómo manejaría un Congreso controlado por los Republicanos una elección en disputa a principios de 2025?

En los días previos al 6 de enero de 2021, parecía posible pensar que el país avanzaba hacia tiempos más tranquilos y menos polémicos, con un cambio de gobierno que se avecinaba, un presidente entrante prometiendo unidad y una disminución de las tensiones, y un virus mortal capaz de superarse colectivamente mediante vacunas recientemente desarrolladas.

Hoy en día, pocos dirían que el nuevo año se parece en algo al comienzo de una era de unidad, sin importar cómo se le analice. En cambio, el año comienza en un entorno tenso y una creciente atención hacia la capacidad de resistencia de las defensas a la democracia si llegan a ser necesarias en un futuro.

Información del Autor:

Dan Balz es corresponsal en jefe del Washington Post. Se ha desempeñado como editor nacional adjunto del periódico, editor político, corresponsal de la Casa Blanca y corresponsal del suroeste de EEUU.

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