Valentyna Dzyuba y su hija Halyna Nevynna en el jardín de su casa en Marinka, Ucrania. FOTO: Bloomberg por Christopher Occhicone.

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Tres veces en siete años, el techo de Valentyna Dzyuba ha sido destruido, dejando a la mujer de 71 años y a su hija viviendo por un tiempo en el pequeño sótano de su casa, en el este de Ucrania, que sirve como almacén de alimentos y refugio antibombas.

En una ocasión algo atravesó el techo pero no explotó. Dzyuba metió la mano en el ático para encontrar un proyectil de mortero de pequeño calibre ("se parecía un poco a una bomba de bicicleta"), que metió en su delantal y lo llevó afuera. En otra ocasión, su hija de 41 años, Halyna Nevynna, se extrajo un trozo de metralla de su propio estómago al ser alcanzada por un proyectil de mortero frente a la casa.

Una abolladura a la altura de la cabeza en el armario del pasillo muestra dónde una bala atravesó la ventana y saltó para golpear el refrigerador. Han tapiado con ladrillos esa ventana y otras que daban al jardín. Más allá se encuentran los abandonados pozos de minas y los montones de escoria rocosa que desde 2014 han marcado el territorio separatista respaldado por Rusia de la autoproclamada República Popular de Donetsk, o DNR.

La suya es la última casa habitada antes de las líneas del frente con los separatistas, en las afueras de la ciudad de Marinka, controlada por Ucrania.

Sin embargo, a pesar de los bombardeos y disparos que a menudo comienzan al anochecer, ambas mujeres confían en que no habrá una invasión de las fuerzas rusas, las cuales podrían ingresar a Ucrania y luego atravesar las áreas en disputa cerca de donde viven. No pueden creer que alguien quiera iniciar una guerra dado el derramamiento de sangre que eso implicaría.

Unas 14.000 personas han muerto en ambos lados del conflicto en Ucrania desde que éste inició en 2014. Donetsk, declarada por los separatistas como la capital de la DNR, está a 30 kilómetros (18 millas) de distancia.

"No lo harán" porque las tropas atrincheradas a ambos lados no quieren morir, dijo Nevynna, quien pasó los dos primeros años de la guerra trabajando en Rusia. Regresó después de que los vecinos le dijeron que Dzyuba se había caído y se había enfermado.

Además de eso, "él", dijo Nevynna, en referencia al presidente de Rusia, Vladimir Putin, "sabe que hay una gran cantidad de rusos viviendo aquí. Vivimos en Ucrania, pero esto era antes la Unión Soviética".

En toda Ucrania sigue habiendo una notable sensación de calma, a pesar de las advertencias de la inteligencia de EEUU y de la suya propia de que Rusia continúa acumulando fuerzas en la frontera y ya ha colocado activos para llevar a cabo un ataque de bandera falsa que justificaría una invasión. Putin ha negado que actualmente planee un ataque militar.

Dentro del país, esa ausencia de pánico parece crecer a medida que uno se acerca al frente. Y pocos viven tan cerca como Nevynna y su madre.

"Cuando me despierto por la mañana y el techo y las ventanas están intactos, digo gloria a Dios", dice Dzyuba, que se niega a salir de su casa. Con nada más que una pensión de 3.000 hryvnia ($106) por mes entre las dos, "¿qué es entonces la vida?"

En una tarde reciente todo estaba tranquilo, pero Dzyuba sentía ansiedad nada más de estar afuera a la vista de posibles francotiradores. Le pidió a un fotógrafo que se diera prisa mientras tomaba fotos en el jardín. Su vecino a un lado murió en la lucha. Los del otro lado, huyeron una vez que su casa fue atacada. Algunas trincheras defensivas vacías ahora ocupan el jardín detrás de su casa. A lo largo de la calle, la mayoría de las casas tienen las ventanas tapiadas y marcas de metralla en sus paredes.

Es difícil entender cómo se sienten realmente Dzyuba y su hija sobre su posición en cuanto al conflicto entre Ucrania y Rusia. Ellas no son personas políticas. Pero se puede palpar el temor de Dzyuba de que algo que ella diga pueda generar represalias de parte de cualquiera de los bandos. Ella dice que conversa con las tropas ucranianas, a quienes les entregó el proyectil de mortero sin detonar que cayó en su ático. Sin embargo, un pelotón borracho también le disparó por error a un vecino en la pierna, dice ella. Además, ¿Y si algún día llegan las tropas de la DNR?

Una pared rociada de balas en frente de una propiedad abandonada al lado de la última propiedad todavía ocupada en una casa donde se han adosado trincheras ucranianas en Marinka. FOTO: Bloomberg por Christopher Occhicone.

Dado el sufrimiento que la división y el conflicto han causado en el frente, no es de extrañar que las encuestas de opinión sugieran que el apoyo para unirse a la Unión Europea o a la Organización del Tratado del Atlántico Norte sigue siendo más débil en el este de Ucrania, incluso si eso no necesariamente se traduce en apoyo a una invasión rusa.

"Deberían hacer algo para renovar las relaciones entre Rusia y Ucrania y poner fin a este conflicto", dijo Nevynna.

Dzyuba, quien sufre de bocio y problemas cardíacos, duda que viva para ver ese día o a su sobrino que vive al otro lado de la línea. "Estamos viviendo encima de un barril de pólvora", dijo.

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