asalto al Capitolio
ASALTO. Simpatizantes del presidente Donald Trump toman control de los balcones y andamios en el Capitolio el 6 de enero 2021/The Washington Post

Edward Luce

¿Cuándo puede una profecía convertirse a sí misma realidad?  Bajo los desesperantes cielos de Estados Unidos, ójala que nunca.  Si le creemos a la izquierda, la presidencia de Joe Biden se ha terminado:  los días de la democracia de EEUU están contados.  Si uno escucha a la derecha, la nación se acerca a una guerra civil impulsada por un plan globalista para reemplazar a los Estados Unidos cristianos con herejes holgazanes.  En el momento álgido de la división estadounidense, al menos existe un tema de unidad bipartidista: el país no tiene salvación.  A lo cual podemos decir: “no tan rápido, no tan rápido, debo pensarlo un poco más”.

Es fácil olvidar que un país fundado sobre el credo de confiar en si mimo, - más que en el común de sangre, tierra y evolución desaliñada del resto – puede volverse oscuro cuando pierde esa confianza.  El fatalismo es la cara opuesta de la esperanza de la excepcionalidad estadounidense.  De la misma forma en la cual el nivel de posible éxito de Estados Unidos está sobreestimado, - y es altamente selectivo en su propia imagen – también ese fatalismo puede convertirse en un culto que genera calma.  Estados Unidos hoy en día está dividido en dos grupos.  Uno pasa el día buscando malas noticias en internet para confirmar todos los motivos oscuros que sospechan.  El otro intenta seguir su vida.  Este segundo, el cual es tildado de “mayoría exhausta”, es la fuente de cualquier esperanza que uno pueda encontrar.

Al primer grupo – que podríamos llamar los “permanentemente indignados” – le vendría bien enfocarse en la realidad.  Luego de un año como presidente, Biden si se ve débil y asediado.  Pero su primer año solo se ve mal en comparación con las expectativas descabelladamente irrealistas que muchos de sus simpatizantes le endilgaron.  En los últimos doce meses, EEUU ha creado mas empleos que en cualquier año previo de su historia.  Ha pasado de cero inoculados a casi dos tercios de la población vacunados.  Por primera vez en muchos años, el Congreso aprobó un proyecto de ley bipartidista para mejorar la infraestructura de EEUU.  Claro que podría haber sido mucho mejor.  Y quizás las cosas están a punto de empeorar.  Pero no hemos llegado todavía la final de los tiempos.

La principal preocupación de los liberales estadounidenses, la cual no es imaginaria, es sobre el futuro de la democracia en la nación.  El hecho de que Biden no logra la aprobación de sus proyectos de ley de reforma electoral, y que el sistema hasta ahora no ha podido traer ante la justicia a quienes promovieron la fallida insurrección del 6 de enero del año pasado, es una fuente de profunda angustia.  Pero hay una distinción poco valorada entre la próxima elección presidencial y la del año pasado – los ocupantes de la Casa Blanca.

Pase lo que pase, entre ahora y enero 2025 no habrá nadie que se le acerque al poder de Biden como comandante-en-jefe.  Un golpe electoral requiere un secretismo inmoral a nivel federal que no estará disponible en 2024.  Los profetas del desastre podrían pausar un momento a considerar ese hecho.  Fue Mike Pence, el vicepresidente de Donald Trump, quien rehusó unirse al complot del año pasado para desconocer los resultados del colegio electoral.  No será necesario que Kamala Harris demuestre ese tipo de valentía en 2024.

El temor racional de los Demócratas por tanto debe ser que pierdan la próxima elección presidencial de manera clara y justa.  Eso es plausible.  La posibilidad de una nueva batalla entre Biden y Trump es suficiente para convertir a las almas más optimistas en un manojo de nervios.  Pero en tres años pasan muchas cosas.

Hace dos años, pocos habían oído hablar de la pandemia.  Obviamente nunca se hubieran imaginado algo como las vacunas contra el Covid-19.  Hace trece meses, pocos pensaron que los Demócratas retomarían el control del Senado.  En su euforia por haberlo logrado, muchos Demócratas perdieron el sentido de la realidad.  Biden nunca sería el nuevo Franklin Roosevelt.  Al no poder reinventar el New Deal, muchos liberales ahora piensan que lo que sigue es sumirnos en el fascismo.  Cambios tan drásticos de ánimo no conllevan casi nunca a pensar de manera práctica.

El tiempo no es amigo del culto del desastre en la derecha de EEUU.  Biden a los 79 está envejeciendo, pero Trump a los 75 también.  El expresidente tiene el apoyo de medios leales, lo cual raramente ocurre para un Demócrata.  La unidad de la propaganda derechista para Trump se encuentra frente a unos medios profesionales que desprecian a Biden cada vez más.  Esa asimetría le da a Trump una ventaja.  Pero no deberíamos confundirla con haber logrado la victoria.

Las matemáticas de los hábitos mediáticos de Estados Unidos son extrañamente reconfortantes.  La mayoría de los estadounidenses se han desconectado. El presentador más demagógico de Fox News cuenta con unos 3,5 millones de televidentes por noche.  Apostar por una mayoría apática parecerá raro.  Pero siguen siendo muchos más que los fanáticos.

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