Joe Biden no han tenido muchas opiniones en común con Xi Jinping desde que asumió el cargo y todo indica que la relación entre las superpotencias está en deterioro. FOTO: Washington Post por Demetrius Freeman.

James Kynge

Este es el quinto de una serie de artículos publicada por nuestros socios del Financial Times en su Informe Especial Mundial 2022.  Los artículos tratan de varios temas domésticos e internacionales en las áreas de salud, economía, relaciones internacionales, y política.  El Tiempo Latino publica algunos de ellos esta semana, traducidos en su totalidad.

A medida que proliferan los presagios del ascenso de China al estatus de superpotencia, se intensifica el impulso de Washington por desvincularse de su “competidor estratégico”. Pero, en 2022, un mundo cada vez más bipolar que deriva de dicha dinámica está destinado a causar una serie de dolores de cabeza geopolíticos para las potencias más pequeñas y para las corporaciones multinacionales.

La segunda mitad de 2021 estuvo marcada por revelaciones de un sólido repunte en la fortaleza estratégica de China.  Beijing sorprendió al Pentágono y a la comunidad de inteligencia de EEUU en julio al disparar un arma hipersónica, en una prueba que sugiere que el ejército chino está en capacidad de impactar con armas nucleares objetivos en cualquier parte de EEUU.

El general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto de EEUU, reaccionó comparando el evento a un "momento Sputnik", en referencia al lanzamiento del satélite artificial de ese nombre por parte de la Unión Soviética en 1957, que demostró la creciente destreza espacial de Moscú e intensificó la competencia durante la Guerra Fría.

El comentario de Milley forma parte de una tendencia más amplia. En un artículo de principios de diciembre, Graham Allison de Harvard University y Eric Schmidt, exdirector ejecutivo de Google, argumentaron que “China pronto superará a EEUU en tecnología”.

Sin embargo, a medida que crece el avance tecnológico de China, la contraofensiva de Washington se fortalece. En un ejemplo reciente, el mes pasado, EEUU puso a la Academia de Ciencias Médicas Militares de China, y a 11 institutos de investigación biotecnológica afiliados a ésta, en una lista negra de exportadores, por supuestamente ayudar al ejército chino a desarrollar armas de "control cerebral".

Exactamente de qué se tratan tales armas sigue siendo un enigma, pero un alto funcionario estadounidense dijo que China está utilizando biotecnologías emergentes para desarrollar futuras aplicaciones militares, incluida la "edición de genes, la mejora del rendimiento humano [y] las interfaces cerebro-máquina".  El jefe del Centro Nacional de Contrainteligencia y Seguridad de EEUU, Michael Orlando, identificó la biotecnología como uno de los cinco sectores clave en los cuales los actores chinos están tratando de obtener tecnologías estadounidenses.

Estos acontecimientos, analizados en su conjunto, muestran la profundidad de la rivalidad entre EEUU y China que al parecer caracterizará el 2022.  El ascenso de China hacia las alturas dominantes de la tecnología no sólo es obvio en varios sectores, sino que la línea divisoria entre los usos civiles y militares de la tecnología evidentemente se hace cada vez más difusa.

Xi Jinping, el líder de China, no se hace ilusiones. “La innovación tecnológica se ha convertido en el principal campo de batalla del juego por el poder global, y la competencia por el dominio tecnológico se volverá más feroz que nunca”, afirmó el año pasado.

Como resultado, el impulso hacia el “desacoplamiento” se está intensificando en ambos países. Los inversionistas estadounidenses tienen prohibido invertir en unas cinco docenas de grupos chinos que han sido vetados por Tesoro de EEUU. Washington los acusa de participar en el desarrollo de un complejo militar-industrial chino que comete abusos contra los derechos humanos de los pueblos uigures y otras minorías étnicas en la región noroccidental china de Sinkiang.

Pekín, por su parte, ha dicho que las empresas chinas deben obtener la aprobación del gobierno antes de cotizar en el extranjero si operan en sectores considerados fuera del alcance de los inversionistas extranjeros.  La medida parece ensombrecer las cotizaciones de corporaciones chinas en los mercados estadounidenses, poniendo en peligro una vía de recaudación de fondos que permitió a 248 empresas chinas, con un valor total de 2,1 millones de millones(tn) de dólares, cotizar en bolsas estadounidenses.

Todas estas tensiones se entrelazan y derivan impulso del principal problema estratégico entre las dos superpotencias: Taiwán.  La isla, a 161 kilómetros de la costa sureste de China, es la zona cero del rencor entre los rivales.  China reclama a Taiwán como parte de su territorio nacional y amenaza con atacar si Taipéi declara su independencia. Para EEUU, Taiwán es un aliado crucial en Asia, a pesar de que Washington y Taipéi no tienen relaciones diplomáticas formales.

En diciembre del año pasado, Antony Blinken, secretario de Estado de EEUU, advirtió sobre las “terribles consecuencias” de una invasión a Taiwán por parte de China. “Estamos comprometidos con ayudar a Taiwán a desarrollar y a mantener su capacidad para defenderse”, dijo, y agregó que nadie quiere que estalle un conflicto.

Lejos de la geopolítica, el papel de China en el mundo está cambiando de otras formas importantes. Durante varios años, China ha contribuido más que cualquier otro país al crecimiento del PIB mundial y, antes de que se desatara la pandemia del coronavirus, a menudo representaba cerca de un tercio del crecimiento mundial.

Pero, en 2021, China sólo contribuyó con alrededor de una cuarta parte del crecimiento del PIB mundial, ya que su sector inmobiliario perdió impulso, las tasas de natalidad disminuyeron y los niveles de deuda aumentaron. Es poco probable que estos vientos en contra se disipen pronto. Lo que sí se vislumbra ahora es un cambio en la naturaleza del modelo de crecimiento de China: menos dependencia en la inversión en propiedades e infraestructura y un giro hacia aumentar la innovación en alta tecnología y un incremento en el gasto de consumo como impulso para la creación de riqueza.

En este sentido, Beijing ha presentado dos grandes mantras políticos: la prosperidad común y la doble circulación.  Es probable que se haga más hincapié en ambos durante este año y en los años por venir.

La prosperidad común significa un intento por elevar el nivel de vida de unos 600 millones de chinos "desposeídos".  La doble circulación implica un cambio hacia una mayor autosuficiencia del país, principalmente mediante el desarrollo de una cadena de suministros basada en la producción local.

El lugar de China en el mundo está cambiando. Desde una perspectiva internacional, es probable que su creciente poder avive una mayor rivalidad con Estados Unidos y otras potencias occidentales. Mientras tanto, en casa, un perfil de crecimiento en proceso de maduración, junto con un fuerte incentivo para el desarrollo local, puede hacer que el legendario mercado chino sea cada vez más difícil de navegar para las corporaciones multinacionales.

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